Crímenes ejemplares parte II

Por Aub Max
Crímenes ejemplares parte II

SE MONDABA los dientes como si no supiese hacer otra cosa. Dejaba el palillo al lado del plato para, tan pronto como dejaba de masticar, volver al hurgo. Horas y horas, de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de adelante para atrás, de atrás para adelante. Levantándose el labio superior, leporinándose, enseñando sus incisivos —uno tras otro— amarillentos; bajándose el inferior hasta la encía carcomida: hasta que le sangró; un poco nada más. Le transformé la biznaga en bayoneta, clavándosela hasta los nudillos.
Se atragantó hasta el juicio final. No temo verle entonces la cara. Lo gorrino quita lo valiente.
§
SOY PELUQUERO. Es cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy buen peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mí me molestan los granos.
Sucedió así: me puse a afeitar tranquilamente, enjaboné con destreza, afilé mi navaja en el asentador, la suavicé en la palma de mi mano. ¡Yo soy un buen barbero! ¡Nunca he desollado a nadie! Además aquel hombre no tenía la barba muy cerrada. Pero tenía granos. Reconozco que aquellos barritos no tenían nada de particular. Pero a mí me molestan, me ponen nervioso, me revuelven la sangre. Me llevé el primero por delante, sin mayor daño; el segundo sangró por la base. No sé qué me sucedió entonces, pero creo que fue cosa natural, agrandé la herida y luego, sin poderlo remediar, de un tajo, le cercené la cabeza.
§
EMPEZÓ A DARLE VUELTA al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.
Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.
§
YO ESTOY SEGURO de que se rió. ¡Se río de lo que yo estaba aguantando! Era demasiado. Me metía y me volvía a meter la fresa sobre el nervio. Con toda intención. Nadie me quitará esa idea de la cabeza. Me tomaba el pelo: «Que si eso lo aguantaba un niño.» ¿Acaso a ustedes no les han metido nunca esas ruedecillas del demonio en una muela careada? Debieran felicitarme. Yo les aseguro que de aquí en adelante tendrán más cuidado. Quizá apreté demasiado. Pero tampoco soy responsable de que tuviese tan frágil el gaznate. Y de que se me pusiera tan a mano, tan seguro de sí, tan superior. Tan feliz.

LA VERDAD ES que me porté mal con él. Me dejé llevar por un arrebato y lo insulté. El tenía la razón, pero yo soy así. No hubo más. Nos seguimos viendo, sin hablarnos. Pero, para mí, era muy molesto. Claro está que podía haberle pedido perdón, y todo hubiese seguido como antes. Pero yo no soy de ésos. El no me hacía caso: como si no existiera. Pero estaba ahí. Había que acabar. Lo dejé seco. No dijo ni ¡ay! Estoy seguro de que ni siquiera le dolió. Los dos hemos quedado tranquilos.
§
ME INSULTÓ sin razón alguna. Así, porque se le subió la sangre a la cabeza. Estábamos jugando rommy, hizo una trampa, se lo advertí. Decidí no jugar más. Lo resintió como un bofetón. No nos volvimos a hablar. El era el culpable. Lo malo es que teníamos que vemos a diario en la oficina. Yo esperaba que me pidiese perdón. Pero ¡ca!, no era de ésos. Su presencia me molestaba cada vez más hasta que aquel día le vacié la pistola. Ni modo.
§
LO MATÉ sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez.
§
ESTABA TAN FURIOSO que cuando quise abalanzarme había desaparecido. Si la rematé con tanta saña fue por eso.
§
¿QUÉ CULPA tengo, señor, de que el machete estuviese bien afilado? Fue casualidad. Por eso no se castiga a nadie. Le juro que no lo sabía. No fue por furia, ni como Julito, que destroncó a su papá de un golpe, la verdad es que estaba a su lado, de rodillas, arreglando no sé qué y el chamaco no había cumplido los nueve. No es más que por ver si cortaba —dijo—. Y como era verdad, lo creyeron. Y lo mandaron con su mamacita, y él bien que lo sabía. ¿Y yo que no estaba enterado voy a tener que pagar toda una vida porque el Nicho lo mandó amolar? El amolado, señor juez, un servidor. Bien dicen que la ignorancia es la madre de todos los males. Y no me malmodié.
§
¡ME ASEGURÓ que no había comprado aquel tomo III en su librería: y le faltaba de la página 161 a la 177!
—Sí, le falta un pliego.
—Menudo pliego le metí.
§
SÍ, SEÑOR JUEZ: no intento justificarme sino explicar, darle noticia. Soñé que mi socio me estafaba. Lo vi tan claro, tan evidente, que aunque al despertar me di cuenta de que era una imagen de la modorra, tuve que degollarle. Porque no podía deshacer nuestra sociedad sin razón valedera y no podía aguantar verle cada día teniendo presente la sombra del sueño que llegó a quitármelo.
§
¡CÓMO IBA a permitir que se acostara con una mujer a la que le habían trasplantado el corazón de María!
§
LO MATÉ porque bebí lo justo para hacerlo.
§
LLEGÓ, ECHÓ un ojo, ganó. No se pueden hacer las cosas demasiado aprisa. No, señor, no fue con el as de espadas, con el siete del mismo palo para no perder —por lo menos— la tradición.
§
¡TENÍA EL CUELLO tan largo!
§
¡LA NUEZ!, señor juez, ¡la nuez tan sólida, tan mal afeitada, con esa piel de gallina vieja, desplumada y papandujante y ese cartílago —¿la nuez es un cartílago?— subiendo y bajando, deglutiendo, hablando, roncando! No me lo recuerde. No vale la pena; debió pasar muy malos ratos mirándose en el espejo aunque sólo fuera para rasurarse.
§
ES QUE USTEDES NO SON mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes. Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.
§
AQUEL MALDITO perrazo amarillo, cada vez que yo pasaba frente al portal de la casa, surgía para olerme los fondillos de una manera vergonzosa, como si oliese lo peor —o lo mejor— pegado su hocico húmedo a mi as de oro, y yo sintiendo en mi centro su morro caliente y pegajoso, empujándome, impidiéndome andar, haciéndome tropezar; ridículo.
Y no tenía más remedio que pasar por allí. No había otro camino, a menos de dar una vuelta tremenda. Y no fallaba. Tampoco yo, el día que me decidí a partirle la cabeza con una varilla de hierro, que, de lejos, podía parecer bastón.
Entonces surgió el dueño del animal y me atravesó. Perdónesele.
§
SUBIRSE SOBRE un montón de cadáveres para ver el campo a través de una tronera, esperar con cuidado, mirar con atención para ver si se descubre al enemigo; disparar a mansalva, sin errar el tiro, resentir el golpe en el hombro derecho, el golpe que arma caballero. Acabar de una vez con los que molestan para no volvérselos a encontrar mañana estorbando el paso. ¿O es que mis enemigos no son enemigos de Dios?
§
ESTA CORRIENTE de aire, ¿cómo matarla? Están cerradas las ventanas, atrancada la puerta. Y sin embargo, el aire corre, se arrastra y espía. Me envuelve. Se mete por los adentros y me hiela. ¿Desde dónde y adonde? Matarla. Como si fuera el pabilo de una vela y dejarla retorcida, negra, en el suelo, como una serpiente muerta, machucada la cabeza con su sangre fría en un charco menudo, inmundo y viscoso. Un soplo que matara ese soplar frío que me atraviesa la espalda, hálito de afuera, del mundo que me oye, ese frío fabricado contra mí. Ese aire: asesinarlo. Soplar, y que se quede sin soplo. ¡Qué buen decir: matar una vela! Pero esa corriente de aire ¿cómo matarla, ella que me está matando?

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0 (from 0 votes)

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: