Crímenes ejemplares parte III

Por Aub Max
Crímenes ejemplares parte III

LA HENDÍ de abajo a arriba, como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor.
§
AHÍ ESTÁ LO MALO: Que ustedes creen que yo no le hice caso al alto. Y sí. Me paré. Cierto que nadie lo puede probar. Pero yo frené y el coche se detuvo. En seguida la luz verde se encendió y yo seguí. El policía pitó y yo no me detuve porque no podía creer que fuera por mí. Me alcanzó en seguida con su motocicleta. Me habló de mala manera: «Que si por ser mujer creía que las leyes de tránsito se habían hecho para los que gastan pantalones.» Yo le aseguré que no me pasé el alto. Se lo dije. Se lo repetí. Y él que si quieres. Me solivianté: la mentira era tan flagrante que se me revolvió la sangre. Ya sé yo que no buscaba más que uno o dos pesos, o tres a lo sumo. Pero bien está pagar una mordida cuando se ha cometido una falta o se busca un favor. ¡Pero en aquel momento lo que él sostenía era una mentira monstruosa! ¡Yo había hecho caso a las luces! Además el tono: como sabía que no tenía razón se subió en seguida a la parra. Vio una mujer sola y estaba seguro de salirse con la suya. Yo seguí en mis trece. Estaba dispuesta a ir a Tránsito y a armar un escándalo. ¡Porque yo pasé con la luz verde! El me miró socarrón, se fue delante del coche e hizo intento de quitarme la placa. Se inclinó. No sé qué pasó entonces. ¡Aquel hombre no tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo! Yo tenía la razón. Furiosa, puse el coche en marcha, y arranqué…
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ÍBAMOS COMO SARDINAS y aquel hombre era un cochino. Olía mal. Todo le olía mal, pero sobre todo los pies. Le aseguro a usted que no había manera de aguantarlo. Además el cuello de la camisa, negro, y el cogote mugriento. Y me miraba. Algo asqueroso. Me quise cambiar de sitio. Y, aunque usted no se lo crea, ¡aquel individuo me siguió! Era un olor a demonios, me pareció ver correr bichos por su boca. Quizá lo empujé demasiado fuerte. Tampoco me van a echar la culpa de que las ruedas del camión le pasaran por encima.
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LO MATÉ en sueños y luego no pude hacer nada hasta que lo despaché de verdad. Sin remedio.
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LO MATÉ porque estaba seguro de que nadie me veía.
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LO MATÉ porque me despertó. Me había acostado tardísimo y no podía con mi alma. «De un revés, zas, le derribé la cabeza en el suelo.» (Cervantes. Quijote I, 37).
§
—UN POQUITO MÁS.
No podía decir que no. Y no puedo sufrir el arroz.
—Si no repite otra vez, creeré que no le gusta.
Yo no tenía ninguna confianza en aquella casa. Y quería conseguir un favor. Ya casi lo tenía en la mano. Pero aquel arroz…
—Un poco más.
—Un poquitín más.
Estaba empachado. Sentí que iba a vomitar. Entonces no tuve más remedio que hacerlo. La pobre señora se quedó con los ojos abiertos, para siempre.
§
¿USTEDES NO HAN TENIDO nunca ganas de asesinar a un vendedor de lotería, cuando se ponen pesados, pegajosos, suplicantes? Yo lo hice en nombre de todos.
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HACÍA TRES AÑOS que soñaba con ello: ¡estrenaba traje! Un traje clarito, como yo lo había deseado siempre. Había estado ahorrando, peso a peso, y, por fin, lo tenía. Con sus solapas nuevecitas, su pantalón bien planchado, sus valencianas sin deshilachar… Y aquel tío grande, sordo, asqueroso, quizá sin darse cuenta, dejó caer su colilla y me lo quemó: un agujero horrible, negro, con los bordes color café. Me lo eché con un tenedor. Tardó bastante en morirse.
§
LO MATÉ porque, en vez de comer, rumiaba.
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NO HICE MÁS que rozarla. Se revolvió hecha una fiera. ¡Total por un estregón de nada! Y, además, no valía la pena, blandengucha. Quizá por eso se indignó tanto. Yo no lo iba a consentir. Se agolpó la gente. Yo empecé a bofetadas. Si aquel pequeñito cayó bajo un camión que pasaba nada tengo que ver con eso.
§
ERA TAN FEO el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.
§
ESTÁBAMOS EN EL BORDE de la acera, esperando el paso. Los automóviles se seguían a toda marcha, el uno tras el otro, pegados por sus luces. No tuve más que empujar un poquito. Llevábamos doce años de casados. No valía nada.
§
TENÍA UN FORÚNCULO muy feo. Con la cabeza gorda, llena de pus. El médico aquel —el mío estaba de vacaciones— me dijo:
—¡Bah! Eso no es nada. Un apretón y listos. Ni siquiera lo notará.
Le dije que si no quería darme una inyección para mitigar el dolor.
—No vale la pena.
Lo malo es que al lado había un bisturí. Al segundo apretujen se lo clavé. De abajo arriba: según los cánones.

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