Crímenes ejemplares parte IV

Por Aub Max
Crímenes ejemplares parte IV

¿USTED NO HA MATADO NUNCA a nadie por aburrimiento, por no saber qué hacer? Es divertido.
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ESTABA LEYÉNDOLE el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho, como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a transponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle lo descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró.
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¡QUE SE DECLARE en huelga ahora!
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LO MATÉ porque me dieron veinte pesos para que lo hiciera.
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AQUEL ACTOR era tan malo, tan malo que todos pensaban —de esto estoy seguro—: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el telar y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte.
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RONCABA. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó:
—Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo…
Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero en seguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido. Una catarata. Un volumen tremendo de aire, una fiera acorralada, el estertor de cien moribundos, me rasgaba las entrañas emponzoñándome el oído, y no podía dormir nunca, nunca. Y no me daba la gana de cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.
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NO PUEDO TOCAR el terciopelo. Tengo alergia al terciopelo. Ahora mismo se me eriza la piel al nombrarlo. No sé por qué salió aquello en la conversación. Aquel hombre tan redicho no creía más que en la satisfacción de sus gustos. No sé de dónde sacó un trozo de aquel maldito terciopelo y empezó a restregármelo por los cachetes, por el cogote, por las narices. Fue lo último que hizo.
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¡YO TENÍA RAZÓN! Mi teoría era irrefutable. Y aquel viejo gaga, denegando con su sonrisilla imperturbable, como si fuese la divina garza, y estuviese revestido, por carisma, de una divina infalibilidad. Mis argumentos eran correctísimos, sin vuelta de hoja. Y aquel viejo carcamal imbécil, barba sucia, sin dientes, con sus doctorados honoris causa a cuestas, poniéndolos en duda, emperrado en sus teorías pasadas de moda, sólo vivas en su mente anquilosada, en sus libros que ya nadie lee. Viejo putrefacto. Todos los demás callaban cobardemente ante la cerrazón despectiva del maestro. No valían ya argumentos, dispuesto como lo estaba a hundir mis teorías con su sonrisilla sardónica. ¡Como si yo fuera un intruso! Como si defender algo que estaba fuera del alcance de su mente en descomposición fuese un insulto a la ciencia que él, naturalmente, representaba. Hasta que no pude más. Me sacó de quicio. Le di con la campanilla en la cabeza: lo malo fue que el badajo se le clavó en una fontanela. No se ha perdido gran cosa, como no sean sus ojos de pescado, colorados, muertos.
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SOY MODISTO. No lo digo por halagarme, mi reputación está bien cimentada: soy el mejor modisto del país. Y aquella mujer, que se empeñaba en que yo la vistiese, llegaba a su casa y hacía de su capa un sayo, dicho sea con absoluta propiedad. S o b i e aquel traje verde se echó la echarpe de tul naranja de su conjunto gris del año pasado, y guantes color de rosa. Até disimuladamente el velo a la rueda del coche. El arranque hizo lo demás. ¡Que le echen la culpa al viento!
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ME DIJO que aquel negocio no le interesaba. No tengo por qué aclarar cuestiones personales que nada tienen que ver con el caso. Pero me aseguró que compraba aquellos calcetines de lana más baratos. Y no podía ser: se los ofrecía al costo. Se los saldaba porque tenía necesidad de ese dinero con gran urgencia. Y me salió con que los compraba dos cincuenta más baratos por docena. Era una mentira indecente. Y había que ver con qué seguridad, con qué seriedad lo aseguraba, fumando un mal puro. Le di con la pesa de dos kilos que estaba sobre el mostrador.
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ME QUEMÓ, duro, con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve —yo, tampoco— intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.

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