LA PIEDRA CON FORMA DE RIÑÓN QUE SE DESPLAZA DÍA TRAS DÍA

Por Haruki Murakami
LA PIEDRA CON FORMA DE RIÑÓN QUE SE DESPLAZA DÍA TRAS DÍA

Junpei tenía dieciséis años cuando su padre se lo dijo. Pese a correr por sus venas la misma sangre, padre e hijo jamás habían estado lo bastante unidos como para abrirse el corazón el uno al otro, y, además, muy pocas veces su padre expresaba una opinión filosófica (porque aquello debía de serlo, posiblemente) sobre la vida, así que aquella conversación quedó grabada con nitidez en su memoria. Aun así, Junpei no logra recordar qué llevó a su padre a pronunciar aquellas palabras.

—Un hombre, a lo largo de su vida, sólo conoce a tres mujeres que signifiquen verdaderamente algo para él. Ni una más, ni una menos —dijo su padre. Mejor dicho. Lo afirmó. Pronunció estas palabras con tono monótono, pero tajante. Como si hubiera dicho que la tierra tarda un año en dar una vuelta completa alrededor del sol. Junpei lo escuchó en silencio. Estaba tan sorprendido ante esa repentina afirmación que, en aquel instante, no se le ocurrió qué manifestar al respecto.

»O sea, que si tú, en el futuro, cuando conozcas o salgas con mujeres —prosiguió su padre—, te equivocas de pareja, no harás más que perder el tiempo. Ten esto bien presente.

Más adelante, varias preguntas afloraron a la mente del joven: «¿Habrá encontrado mi padre ya a esas tres mujeres?». «¿Es mi madre una de ellas? En ese caso, ¿qué diablos ocurrió con las otras dos?» Pero a su padre no pudo formularle estas preguntas. Porque, y con ello volvemos a lo de antes, entre ambos no había la intimidad suficiente como para que hablaran con el corazón en la mano.

A los dieciocho años, Junpei dejó su casa e ingresó en una universidad de Tokio y, a partir de entonces, conoció y salió con varias mujeres. Entre ellas hubo una que «significó verdaderamente algo» para él. Junpei estaba convencido de ello entonces y todavía lo sigue estando ahora. Pero ella, antes de que Junpei pudiera dar una forma concreta a sus sentimientos y expresarlos (por naturaleza, él tardaba más que el resto de los mortales en darle una forma concreta a cualquier cosa), se casó con el mejor amigo de él. Y fue madre. Quedó, por lo tanto, excluida de las opciones vitales de Junpei. Y él tuvo que hacer de tripas corazón y quitársela de la cabeza. En consecuencia, el número de mujeres que pudieran «significar verdaderamente algo» en la vida de Junpei —de tomarse al pie de la letra la teoría de su padre— quedó reducido a dos.

Cada vez que conocía a una mujer, Junpei se hacía esta pregunta. Si aquella mujer significaba verdaderamente algo para él. Y la cuestión siempre le suponía un dilema. Porque, mientras esperaba a que la mujer que acababa de conocer «significara verdaderamente algo» (¿y quién no lo espera?), al mismo tiempo temía agotar, ya en la primera fase de su vida, las cartas que le quedaban. A causa de su fracaso en establecer relaciones con la primera mujer decisiva que había encontrado, Junpei empezó a dudar de su capacidad —de aquella capacidad que reviste un significado tan importante como el de saber materializar el amor en el momento adecuado y de la manera adecuada—. Tal vez era, en definitiva, una persona que dejaba escapar las cosas más importantes de la vida mientras se quedaba con un montón de cosas insignificantes. Lo pensaba a menudo. Y, cada vez que le sucedía, su corazón se hundía en un agujero falto de calor y de luz.

Por esta razón, después de salir varios meses con una mujer nueva, cuando encontraba en el carácter de ella, en sus palabras o en su proceder, algo, aunque fuera una única cosa y por más insignificante que ésta fuese, que no le gustara o que le irritase, Junpei sentía, en el fondo de su corazón, cierto alivio. En consecuencia, establecer relaciones tibias e indecisas con muchas mujeres se convirtió en una constante de su vida. Como si fuera probando, salía un tiempo con una mujer y, luego, al llegar a cierto punto, cortaba la relación con toda naturalidad. En el momento de la separación no había ni discordias ni discusiones. Porque, de buen principio, él evitaba relacionarse con mujeres con las que la ruptura pudiera ser conflictiva. Junpei poseía un olfato que le permitía elegir a la pareja conveniente.

Si esa facultad era innata o producto de las circunstancias, eso no podía decirlo ni el mismo Junpei. De ser fruto de las circunstancias, podía muy bien hablarse de una maldición de su padre. En la época en que se graduó por la universidad, Junpei tuvo una violenta disputa con su padre, a raíz de la cual cortó todo contacto con éste y únicamente su teoría de las «tres mujeres», cuyo fundamento continuaba siendo una incógnita, se había convertido en una idea obsesiva que lo perseguía. Incluso se había planteado, medio en broma, si decantarse por la homosexualidad. De ese modo podía escapar de esa estúpida cuenta atrás. Sin embargo, por suerte o por desgracia, a Junpei sólo le interesaban sexualmente las mujeres.

Lo supo más adelante, pero aquella mujer era mayor que él. Tenía treinta y seis años. Y Junpei, treinta y uno. Un conocido abrió un pequeño restaurante francés en una calle que lleva de Ebisu a Daikanyama y lo invitó a la fiesta de inauguración. Junpei se puso una camisa de seda azul marino Perry Ellis con una chaqueta de verano de la misma tonalidad. Y como el amigo con el que había quedado para juntarse en la fiesta, de repente, había cancelado su asistencia, él se encontró no sabiendo cómo matar el tiempo. Se sentó solo en un taburete del bar de la sala de espera con una gran copa de borgoña en la mano. Cuando, decidido a volver a casa, buscaba con la mirada al dueño del restaurante para despedirse, se le acercó una mujer alta con un cóctel púrpura, cuyo nombre desconocía, en la mano. La primera impresión que le vino a la cabeza fue que tenía muy buen tipo.

—Por allá he oído decir que eres novelista, ¿es cierto? —le preguntó ella acodándose en la barra.

—Pues, en cierto sentido, eso parece —le respondió él.

—Vamos, que eres novelista en cierto sentido.

Junpei asintió.

—¿Cuántos libros has publicado?

—Dos libros de relatos y una traducción. Pero ninguno se vende demasiado bien.

Ella estudió de nuevo el aspecto de Junpei. Y sonrió, al parecer, bastante satisfecha.

—En todo caso, es la primera vez en mi vida que conozco a un escritor.

—Encantado.

—Mucho gusto —dijo ella.

—Pero conocer a un novelista no tiene nada de interesante —dijo Junpei en tono de disculpa—. No posee ningún talento artístico especial. Un pianista puede tocar el piano, un pintor, aunque sólo sea un boceto, puede dibujar, un mago puede hacer un juego de manos sencillo… Pero un novelista no puede ofrecer nada.

—Pero, mira, quizá pueda apreciar tu aura artística.

—¿Mi aura artística? —preguntó Junpei.

—Sí, una especie de brillo que no se distingue en las personas normales.

—Cada mañana, cuando me afeito, veo mi cara reflejada en el espejo, pero nunca he notado que tuviera algo así.

Ella sonrió cálidamente.

—¿Qué tipo de novela escribes?

—La gente suele hacerme esta pregunta, pero mis novelas son muy difíciles de clasificar. No se adscriben a ningún género concreto…

Ella deslizó un dedo por el borde de su copa de cóctel.

—Vamos, que escribes obras de alta literatura.

—Quizás. Aunque eso me suena a «envía la carta a alguien o te sucederá una desgracia».

Ella volvió a sonreír.

—Me pregunto si habré oído tu nombre alguna vez.

—¿Lees revistas literarias?

Ella hizo un pequeño, pero resuelto, movimiento negativo de cabeza.

—Entonces, no lo creo. No soy tan famoso —dijo Junpei.

—¿Has sido candidato alguna vez al premio Akutagawa?

—Cuatro veces en cinco años.

—¿Pero no lo has ganado?

Él se limitó a sonreír en silencio. La mujer, sin pedirle permiso, se sentó en el taburete contiguo. Y se bebió, a pequeños sorbos, el resto del cóctel.

—¡Qué más da! Los premios, en realidad, son una cuestión comercial —dijo ella.

—Claro que si esta afirmación la hiciera una persona que hubiera obtenido realmente el premio ganaría en credibilidad.

Ella me dio su nombre. Se llamaba Kirie.

—Suena como si formara parte de una misa —dijo Junpei.

A simple vista, ella parecía medir unos dos o tres centímetros más que Junpei. Llevaba el pelo corto, estaba bronceada y su cabeza tenía una forma muy bonita. Vestía una chaqueta de lino de color verde pálido y una falda acampanada hasta la rodilla. Las mangas de la chaqueta se las había arremangado hasta el codo. Debajo de la chaqueta llevaba una sencilla camisa de algodón y, en la solapa, un pequeño broche con turquesas. El pecho no lo tenía ni grande ni pequeño. Vestía con estilo, sin detalles superfluos, pero, al mismo tiempo, su indumentaria reflejaba un gusto muy personal. Tenía los labios carnosos y, cada vez que terminaba de decir algo, los estiraba o fruncía. Eso le confería una viveza asombrosa y una gran frescura. Su frente era ancha y, cada vez que reflexionaba, se dibujaban en ella tres arrugas paralelas. Cuando terminaba de pensar, las arrugas se borraban de golpe.

Junpei se dio cuenta de que se sentía atraído por aquella mujer. Poseía algo que excitaba su corazón de una manera confusa, pero persistente. Su corazón, habiendo recibido aquella descarga de adrenalina, enviaba señales secretas emitiendo unos pequeños sonidos. De repente, Junpei sintió sed y pidió una Perrier a un camarero que pasaba por allí. Y se preguntó, como acostumbraba hacer, si aquella mujer significaría algo para él. Si sería una de las dos mujeres que le quedaban. O si representaría un segundo golpe fallido. Si debía dejar pasar la oportunidad o si tenía que aprovecharla.

—¿Querías ser escritor desde siempre? —preguntó Kirie.

—Sí. Nunca he querido ser otra cosa. No se me ocurría ninguna otra alternativa.

—Vamos, que tus sueños se han cumplido.

—Pues no sé qué decirte. Yo quería ser un gran escritor —explicó Junpei abriendo los brazos y dejando entre ambos unos treinta centímetros—. Pero me da la sensación de que me falta mucho todavía.

—Todo el mundo tiene un punto de partida. Aún te queda mucho tiempo por delante. Es imposible ser perfecto desde el principio —dijo ella—. ¿Cuántos años tienes?

Entonces, los dos se dijeron sus respectivas edades. A ella no le importó lo más mínimo ser mayor que él. Junpei tampoco le concedió al hecho la menor importancia. En realidad, prefería una mujer madura a una jovencita. Además, en la mayoría de los casos, a la hora de separarse, era más fácil hacerlo de una mujer de más edad.

—¿Y de qué trabajas? —le preguntó Junpei.

Kirie estiró los labios formando una línea recta y puso, por primera vez, cara seria.

—A ver. ¿De qué dirías que trabajo?

Junpei agitó el vaso e hizo dar una vuelta completa al vino en su interior.

—¿Me das una pista?

—Nada de pistas. ¿Te parece muy difícil? Pero tu trabajo consiste en esto, ¿no? En observar y juzgar.

—Eso no es cierto. La tarea de un novelista es observar, observar, volver a observar y, luego, posponer el juicio tanto como se pueda.

—Entiendo —dijo ella—. Entonces observa, observa, vuelve a observar e imagina. Porque supongo que esto no entrará en contradicción con tu ética profesional.

Junpei alzó la cabeza y volvió a observar, con gran atención, el rostro de su interlocutora intentando leer los signos secretos que había en él. Ella clavó sus ojos en los de Junpei y él clavó los ojos en los de ella.

—No es más que una intuición sin ningún fundamento, pero yo diría que eres una profesional de algún tipo —dijo él un poco después—. Vamos, que no haces un trabajo que pueda realizar cualquiera, sino algo que requiere un talento o técnica especiales.

—Has acertado de lleno. Realmente, no es algo que pueda hacer cualquiera. Tal como dices. Pero ¿no podrías precisar un poco más?

—¿Tiene que ver con la música?

—No.

—¿Diseñadora de ropa?

—No.

—¿Jugadora de tenis?

—No —respondió ella.

Junpei sacudió la cabeza.

—Estás muy bronceada. Tienes un cuerpo atlético, los brazos musculosos. Quizá sea porque haces mucho deporte al aire libre. Porque no me da la impresión de que trabajes en el exterior. No tienes ese aire.

Kirie se subió las mangas de la chaqueta, posó su brazos desnudos sobre la barra, les dio la vuelta y los observó.

—Vas por buen camino.

—Pero no logro dar con la respuesta correcta.

—Es importante tener pequeños secretos —dijo Kirie—. No voy a robarte el placer profesional de observar e imaginar… Pero una pista sí te la daré. A mí me sucede como a ti.

—¿Como a mí?

—Sí, que trabajo de lo que había querido hacer desde niña. Igual que tú.

Aunque no me ha sido nada fácil llegar hasta aquí.

—¡Fantástico! —exclamó Junpei—. Esto es algo muy importante. El trabajo, de base, debe ser un acto de amor. No una boda de conveniencia.

—Un acto de amor —dijo Kirie admirada—. ¡Qué comparación tan preciosa!

—Oye, ¿crees que habré oído tu nombre alguna vez? —preguntó Junpei.

Ella sacudió la cabeza.

—No lo creo. No soy tan conocida.

—Todo el mundo tiene un punto de partida.

—Exacto —dijo Kirie con una sonrisa. Luego se puso seria—. Pero, en mi caso, a diferencia del tuyo, desde el principio he tenido que ser perfecta. A mí no se me permite ningún error. O la perfección, o nada. No hay punto medio. No hay vuelta atrás posible.

—Esto debe de ser otra pista, supongo.

—Tal vez.

Se acercó un camarero que rondaba con una bandeja llena de copas de champán y ella cogió dos. Le ofreció una a Junpei y dijo: «Brindemos».

—Por nuestras profesiones —dijo Junpei.

Y entrechocaron sus copas. Con un tintineo ligero y secreto.

—Por cierto, ¿estás casado?

Junpei sacudió la cabeza.

—Yo tampoco —dijo Kirie.

Ella pasó la noche en la habitación de Junpei. Se bebieron el vino que les habían regalado como recuerdo de la inauguración, hicieron el amor y se durmieron. Cuando Junpei se despertó a las diez de la mañana pasadas, ella ya no estaba. A su lado sólo quedaba un hueco en la almohada con forma de falta de memoria. «Me voy a trabajar. Si quieres, llámame», rezaba una nota que había dejado en la almohada. También había apuntado su número de teléfono móvil.

Él la llamó a ese número y los dos se vieron el sábado al atardecer. Cenaron en un restaurante, bebieron un poco de vino, hicieron el amor en la habitación de Junpei y durmieron juntos. Por la mañana, ella había vuelto a desaparecer. Era domingo, pero había dejado una nota sencilla diciendo: «Desaparezco porque tengo que ir a trabajar». Junpei aún no sabía a qué se dedicaba Kirie. Pero debía de ser un trabajo que empezara a primera hora de la mañana. Y ella trabajaba los domingos, al menos, algunos de ellos.

No les faltaban temas para hablar. Kirie era muy lista y buena conversadora. Podía tocar muchos temas distintos. Excepto novelas, a ella le encantaba leer todo tipo de libros: biografías, historia, psicología, libros científicos de divulgación. Y retenía sobre esa diversidad de campos una cantidad asombrosamente grande de información. Un día, Junpei se admiró de los conocimientos tan precisos que tenía sobre la historia de las casas prefabricadas. ¿Casas prefabricadas? ¿Se dedicaba Kirie a algo relacionado con la arquitectura?

—No —le respondió ella—. Es que me interesa cualquier tema que tenga que ver con la realidad. Sólo eso.

Sin embargo, cuando leyó los dos libros de relatos que había publicado Junpei, los encontró magníficos. «Son muchísimo más interesantes de lo que esperaba», dijo.

—¡Uf! La verdad es que estaba preocupada —admitió ella—. Pensaba en qué haría si, al leerlos, no me parecían nada interesantes. Qué debía decirte y demás. Pero no tenía por qué preocuparme. He disfrutado mucho leyéndolos.

—¡Menos mal! —exclamó Junpei con alivio. Lo cierto es que él había sentido la misma preocupación al entregarle, a petición de ella, los libros para que los leyera.

—Que conste que no es un cumplido dijo Kirie—. Pero tienes algo especial. Ese algo que un buen escritor debe poseer. En tus historias se respira un aire muy tranquilo, pero muchas de ellas están escritas con una gran viveza y el estilo es precioso. Y, por encima de todo, guardan el equilibrio. A decir verdad, es en el equilibrio en lo primero en lo que me fijo. Tanto en la música como en las novelas como en la pintura. Y cuando me topo con una obra de arte o con una interpretación que no mantiene el equilibrio, en definitiva, cuando me encuentro con obras imperfectas de escasa calidad, me siento fatal. Es como si me mareara al subir a un vehículo. Posiblemente sea por eso por lo que no voy a conciertos y apenas leo novelas.

—¿Porque detestas encontrarte con obras que no guardan cierto equilibrio?

—Sí.

—¿Y para evitar ese riesgo ni lees novelas ni vas a conciertos?

—Exacto.

—Pues, no sé. Me parece una idea muy radical, la verdad.

—Es que soy Libra. Y no puedo soportar las cosas desequilibradas. Más que no soportarlas, es que… —Aquí ella enmudeció, buscando las palabras apropiadas. Pero no las encontró. A cambio, lanzó un suspiro—. En fin, dejémoslo. Lo fundamental es que a mí me da la impresión de que tú, alguna vez, escribirás novelas más largas. Y que, haciéndolo, te convertirás en un escritor de mayor peso. Claro que quizá tardes algún tiempo.

—Yo, en principio, soy un autor de relatos. No estoy hecho para las novelas de largo recorrido —dijo Junpei con voz seca.

—A pesar de ello.

Junpei no manifestó su opinión al respecto. Enmudeció y se quedó escuchando el rumor que hacía el aire acondicionado. La verdad es que había intentado en varias ocasiones escribir una novela larga. Sin embargo, en cada una de ellas había desistido a medias. Porque era incapaz de mantener, a lo largo de un dilatado periodo de tiempo, la fuerza de concentración necesaria para escribirla. Al principio le daba la sensación de que estaba creando algo magnífico. La prosa era viva, el futuro le parecía prometedor. La historia fluía espontáneamente. Sin embargo, conforme iba avanzando, le iban fallando poco a poco pero a ojos vistas, el vigor y el brillo necesarios para proseguir. Y al final se le agotaban del todo, como un tren que va reduciendo la velocidad hasta detenerse por completo.

Ambos yacían sobre la cama. Era otoño. Tras un acto sexual largo y lleno de intimidad, los dos estaban desnudos. Kirie apretaba el hombro contra los brazos de Junpei, que la rodeaban. Sobre la mesilla de noche había dos copas con vino blanco.

—Oye —dijo Kirie.

—¿Sí?

—Tú quieres a otra mujer, ¿verdad? Hay una mujer a la que no puedes olvidar.

—Sí —admitió él—. ¿Te has dado cuenta?

—Claro —dijo ella—. Las mujeres somos muy receptivas a este tipo de cosas.

—No creo que lo sean todas, la verdad.

—Tampoco yo digo que todas las mujeres lo sean.

—Ya —dijo Junpei.

—¿Y no puedes estar con ella?

—No, hay circunstancias que lo impiden.

—¿Y no hay absolutamente ninguna posibilidad de que esas circunstancias dejen de existir?

Junpei hizo un breve y resuelto movimiento de cabeza.

—No.

—O sea, que son razones de peso.

—No sé si son de peso o no, pero ahí están.

Kirie tomó un sorbo de vino.

—En mi vida no hay nadie así —dijo ella en un susurro—. Y tú me gustas mucho. Me atraes muchísimo y, cuando estoy así, contigo, me siento increíblemente relajada y feliz. Pero en absoluto tengo ganas de llegar a algo más serio. ¿Qué? ¿Te sientes más tranquilo?

Junpei introdujo los dedos entre los cabellos de ella. Y, sin responder a su pregunta, le hizo otra a su vez.

—¿Y eso por qué?

—¿Que por qué no tengo ninguna intención de llegar a nada contigo?

—Sí.

—¿Te preocupa?

—Un poco.

—Porque yo no puedo establecer una relación profunda, cotidiana, con nadie. No sólo no puedo contigo, no puedo con nadie —dijo ella—. Quiero estar centrada por completo en lo que hago. Si viviera junto a alguien, si me involucrara emocionalmente de un modo muy profundo con alguien, quizá no podría seguir haciendo lo que hago. Así que a mí ya me va bien seguir como estamos.

Junpei reflexionó un poco sobre ello.

—Es decir, que no quieres que te desorienten.

—Sí.

—Porque, si te desorientaran, perderías el equilibrio y eso, tal vez, representaría un gran obstáculo para tu carrera.

—Exacto.

—Y para eludir ese riesgo, no quieres vivir con nadie.

Ella asintió.

—Al menos, mientras me dedique a este trabajo.

—¿Y no piensas decirme en qué trabajas?

—Adivínalo.

—Ladrona —dijo Junpei.

—No —respuso Kirie con expresión seria. Luego hizo una mueca divertida—. Es una hipótesis muy interesante. Pero los ladrones no trabajan desde primeras horas de la mañana.

—¿Asesino a sueldo?

—Será asesina —corrigió ella—. Pero la respuesta, en ambos casos, es no. ¿Por qué se te ocurren cosas tan horribles?

—¿O sea, que es un trabajo que está dentro del marco de la ley?

—Exacto —dijo ella—. Está perfectamente dentro del marco de la ley.

—¿Agente secreto?

—No —dijo ella—. Mira, dejémoslo por hoy. Prefiero hablar de tu trabajo. ¿Te importa que hablemos de la novela que estás escribiendo ahora? Porque estarás escribiendo algo, supongo.

—Estoy escribiendo un relato —dijo Junpei.

—¿Qué tipo de relato?

—Aún no he llegado hasta el final. Ahora estoy a medias, tomándome un descanso.

—Si no te importa, me gustaría que me contaras la historia, hasta donde has llegado.

Junpei enmudeció. Tenía como norma no hablar jamás del contenido de las novelas que estaba escribiendo. Era una especie de superstición. Hay cierto tipo de cosas que, una vez traducidas en palabras, se desvanecen como la niebla matutina. Los sutiles matices se convierten en delgadas bambalinas. El secreto deja de serlo. Pero, en la cama, mientras pasaba los dedos por entre los cortos cabellos de Kirie, Junpei decidió que a ella sí podía contárselo. De todos modos, estaba bloqueado y, durante los últimos días, no había dado ni un solo paso hacia delante.

—El relato está escrito en tercera persona y la protagonista es una mujer. Se encuentra a principios de la treintena —empezó a contar Junpei—. Es una internista muy buena que trabaja en un gran hospital. Está soltera, pero mantiene una relación en secreto con un cirujano, que ronda la cincuentena, empleado en el mismo hospital. Él está casado.

Kirie se imaginó el personaje.

—¿Es atractiva?

—Mucho —dijo Junpei—. Pero no tanto como tú.

Kirie sonrió y besó a Junpei en el cuello.

—Respuesta correcta.

—Yo siempre intento dar la respuesta correcta cuando he de darla.

—Especialmente en la cama.

—Especialmente en la cama —repitió él—. La doctora se toma unas vacaciones y se va de viaje. Justo en la misma época del año en que estamos ahora. Se aloja en un pequeño balneario entre las montañas y pasea tranquilamente siguiendo el curso de los arroyuelos. A ella le gusta mucho observar los pájaros. Sobre todo al martín pescador. Y un buen día, caminando por el cauce seco de un río, se encuentra una piedra extraña. Es de tonalidad negrorrojiza, lisa, con una forma que le resulta familiar. De repente se da cuenta de que le recuerda a un riñón. No te olvides de que estamos hablando de una especialista en medicina interna. Tanto en el tamaño como en la tonalidad y en el grosor es idéntica a un riñón de verdad.

—Y entonces ella recoge la piedra con forma de riñón y se la lleva a casa.

—Eso es —dijo Junpei—. Se lleva la piedra a su despacho del hospital y decide utilizarla como pisapapeles. Tiene la medida justa para sujetar papeles y, también, el peso adecuado.

—Y, además, su imagen cuadra mucho con un hospital.

—Exacto —asintió Junpei—. Pero, unos días después, ella se da cuenta de que sucede algo extraño.

Kirie permanecía en silencio, esperando a que él prosiguiera. Junpei había hecho una pausa como si con ello pretendiera avivar la curiosidad del oyente. Pero no era algo intencionado. Lo cierto es que todavía no había escrito la continuación de la historia. Se había quedado en ese punto. Se encontraba plantado en un cruce sin poste indicador alguno y miraba a su alrededor estrujándose los sesos. Pensó en cómo debía proseguir el relato.

—Cada mañana, la piedra había cambiado de posición. Antes de volver a casa, ella la dejaba sobre su escritorio. Tenía un carácter muy metódico y siempre la ponía exactamente en el mismo lugar. Pero, por la mañana, se la encontraba sobre el asiento de la silla giratoria. O al lado del jarrón, o tirada por el suelo. Al principio pensó que se equivocaba. Luego, sospechó que tal vez le sucediera algo a su memoria. Porque la puerta estaba cerrada con llave y nadie podía entrar en la habitación. El guarda tenía una llave, por supuesto. Pero hacía mucho tiempo que trabajaba en el hospital y era una persona de toda confianza que no se dedicaba a entrar por las buenas en los despachos. Además, ¿qué sentido tenía que cada noche irrumpiera en su despacho y le cambiara el pisapapeles de sitio? En los demás objetos de la estancia no se apreciaba nada anómalo. No faltaba nada, nadie había tocado nada. Sólo que la piedra cambiaba de posición. Ella se sentía desconcertada. ¿Y a ti qué te parece? ¿Por qué crees que la piedra cambiaba todas las noches de sitio?

—Porque la piedra con forma de riñón tenía sus propios designios —dijo sencillamente Kirie.

—¿Y qué designios eran ésos?

—La piedra con forma de riñón quería hacerle sentir una sacudida. Ir sacudiéndola poco a poco. A lo largo de un periodo de tiempo. Ésos eran los designios de la piedra con forma de riñón.

—¿Y por qué la piedra con forma de riñón quería hacer sentir una sacudida a la mujer?

—Pues, no lo sé —respondió ella. Luego soltó una risita—. Ishi o yusaburu ishi no ishi[1].

—Eso no tiene ninguna gracia —replicó Junpei con voz de fastidio.

—Eres tú quien debe decidirlo. El escritor eres tú, no yo. Yo me limito a escuchar.

Junpei hizo una mueca. Por haber estado concentrado estrujándose el cerebro sentía un dolor sordo en las sienes. Quizás había bebido demasiado vino.

—Ahora mismo soy incapaz de ordenar mis ideas. Para desarrollar el argumento de una historia tengo que sentarme frente a la mesa y ponerlo por escrito. Espérate un poco más. Hablando he tenido la impresión de que la historia me va a salir.

—No importa —dijo Kirie. Alargó la mano, alcanzó la copa de vino blanco y tomó un sorbo—. Esperaré. Es una historia muy interesante. Me muero de ganas de saber cómo termina la historia de la piedra con forma de riñón.

Kirie cambió de posición y presionó sus senos de bonita forma contra el costado de Junpei.

—¿Sabes, Junpei? En este mundo, todas las cosas tienen sus propios designios —le dijo en voz baja, como si le hiciera una confesión. Junpei estaba medio dormido. No pudo responder. Las frases que ella pronunciaba perdían su estructura en el aire y, mezcladas con el aroma del vino, alcanzaban furtivamente los recovecos de su conciencia—. El viento, por ejemplo, tiene su voluntad. Nosotros vivimos sin darnos cuenta de ello. Pero, a veces, nos vemos obligados a advertirlo. El viento te envuelve impelido por sus propios propósitos y te sacude. El viento conoce todo cuanto hay en tu interior. Y no sólo el viento. Todas las cosas. Incluso las piedras. Ellos nos conocen muy bien. De arriba abajo. En ciertas ocasiones, nosotros lo recordamos. No tenemos otra solución que convivir con todo ello. Y, al aceptarlos, sobrevivimos y ganamos en profundidad.

Durante los cinco días siguientes, Junpei permaneció sentado frente a la mesa, sin apenas pisar la calle, escribiendo el relato de la piedra con forma de riñón. Tal como le había pronosticado Kirie, la piedra con forma de riñón iba sacudiendo en silencio a la doctora. Despacio, tomándose su tiempo, pero de forma certera. Un atardecer, durante un encuentro precipitado en una habitación anónima de un hotel, ella deposita con sigilo la mano en la espalda de su amante y va palpando con los dedos el contorno del riñón. Ella sabe que allí se oculta su piedra en forma de riñón. Es un informador secreto que ella ha introducido en el cuerpo de su amante. Bajo sus dedos, su riñón zumba como un insecto. Envía mensajes nefríticos. Ella conversa con el riñón, intercambia información. Puede notar su tacto húmedo y resbaladizo bajo la palma de la mano.

La doctora se va acostumbrando, poco a poco, a la existencia de la piedra negrísima con forma de riñón que va cambiando cada noche de sitio. Empieza a aceptarlo como algo natural. Deja de sorprenderle que se desplace durante la noche. Al llegar al hospital, encuentra la piedra en algún rincón de su despacho, la recoge y vuelve a ponerla encima de la mesa. No turba en absoluto su rutina diaria. Mientras ella está en su despacho, la piedra no se mueve. Permanece inmóvil en su sitio como un gato dormido al sol. Cuando ella sale y cierra la puerta con llave, la piedra abre los ojos y empieza a desplazarse.

Cuando tiene un momento libre, la doctora alarga la mano y acaricia con suavidad su superficie negra y lisa. Le cuesta cada vez más apartar los ojos de la piedra. Como si ejerciera sobre ella un poder hipnótico. Gradualmente, va perdiendo el interés por las otras cosas. Deja de leer. Ya no va al gimnasio. Aparte de la consulta, en la que consigue centrarse a duras penas, todos sus pensamientos están dominados por la inercia y la provisionalidad. Deja de interesarle hablar con sus colegas. No cuida su indumentaria. Pierde el apetito. Le produce fastidio que su amante la tome entre los brazos. Cuando no hay nadie a su alrededor, le habla a la piedra en voz baja y aguza el oído para escuchar lo que la piedra le cuenta sin palabras. De la misma manera que las personas solas les hablan a los perros y a los gatos. Ahora la piedra negra con forma de riñón controla la mayor parte de su vida.

«Esta piedra no debe de ser un objeto que proceda del exterior.» Junpei llega a esta conclusión conforme va escribiendo el relato. El punto esencial es algo que se halla dentro de ella. Y ese algo de su interior está activando la piedra negra con forma de riñón. E impulsa a la doctora a hacer unas acciones concretas. Con este objetivo, envía señales sin cesar. Cambiando de sitio todas las noches.

Mientras escribe este relato, Junpei piensa en Kirie. Ella (o algo que está en su interior) hace avanzar la historia. Él lo siente. Porque, en principio, él no tenía la intención de escribir un relato tan alejado de la realidad. La historia que Junpei había esbozado en su mente era mucho más tranquila, un relato psicológico. Y en éste no tenía que aparecer, en absoluto, una piedra que se desplazara a su antojo.

El amor de la doctora por su amante, el cirujano casado y con hijos, posiblemente acabaría enfriándose, había imaginado Junpei. O tal vez ella empezara a odiarlo. Es probable que eso fuera lo que la doctora, inconscientemente, deseara.

Una vez tuvo una visión general de la historia, le resultó bastante fácil escribirla. Sentado ante el ordenador y escuchando sin parar, a bajo volumen, canciones de Mahler, Junpei escribió el final de la novela a una velocidad inusualmente rápida para él. Ella toma la decisión de separarse de su amante, el cirujano. Le dice que no pueden volver a verse. Él le pregunta si pueden hablar de ello. Ella le responde, tajante, que no. Un día libre, la doctora coge el ferry de la bahía de Tokio y, desde cubierta, arroja la piedra con forma de riñón al mar. La piedra se sumerge en las negras y profundas aguas y se hunde directa hacia el corazón de la tierra. Ella decide empezar una nueva vida. Siente un gran alivio al haberse desprendido de la piedra.

Sin embargo, al día siguiente, cuando acude a su despacho, la piedra la está esperando sobre la mesa. Está en su lugar exacto. Negra, pesada, con forma de riñón.

Al terminar de escribir el relato, Junpei llamó enseguida a Kirie. Tal vez a ella le apeteciera leerlo. Porque, en cierto sentido, ella le había hecho escribir la obra. Pero nadie se puso al teléfono. Sólo una voz grabada en una cinta: «La compañía telefónica le informa de que actualmente no existe ninguna línea en servicio con esta numeración». Junpei llamó repetidas veces. Pero el resultado fue el mismo. No había ninguna línea con aquel número. Debía de haberle ocurrido algo al teléfono, pensó Junpei.

Junpei decidió quedarse en casa, esperando a que Kirie se pusiera en contacto con él. Pero no lo hizo. Transcurrió un mes. Luego transcurrieron dos, y después tres. Empezó el invierno, llegó Año Nuevo. El relato que había escrito Junpei se publicó en una revista literaria, en el número del mes de febrero. En la propaganda de la revista que salía en el periódico figuraba el nombre de Junpei y el título del cuento: «La piedra con forma de riñón que se desplaza día tras día». Quizá Kirie viera el anuncio, comprara la revista, leyera el relato y lo llamara para comentarle sus impresiones. Junpei confiaba en esa posibilidad. Pero sólo consiguió que el silencio se sobrepusiera al silencio.

La desaparición de Kirie de la vida de Junpei le supuso a éste un dolor mucho más intenso de lo que había podido prever. El vacío dejado por ella lo hacía estremecerse. Muchas veces al día pensaba: «¡Si Kirie estuviera aquí!». Añoraba su sonrisa, las palabras que ella pronunciaba, el tacto de su piel cuando la tenía entre los brazos. Ni su música preferida, ni la lectura de las nuevas publicaciones de los autores que le gustaban conseguían consolarlo. Le parecía que todas las cosas pertenecían a un mundo remoto, muy alejado de él. «Kirie debía de ser la mujer número dos», pensó Junpei.

Volvió a encontrar a Kirie una tarde de principios de primavera. No, hablando con exactitud, no se la volvió a encontrar. Escuchó su voz.

Junpei se hallaba en un taxi. En medio de un embotellamiento. El joven taxista tenía puesto un programa de FM. Se oía una voz de mujer. Al principio, Junpei no estaba seguro. «Tiene la voz parecida», se limitó a pensar. Sin embargo, cuanto más la escuchaba, más se convencía de que era la voz de Kirie, de que aquélla era su manera de hablar. Su voz bien modulada, su tono relajado. Sus pausas características.

—Oye, ¿puedes subir un poco el volumen, por favor? —le preguntó al conductor.

—Sí, claro —dijo el conductor.

Era una entrevista en los estudios de una emisora de radio. Una locutora le hacía preguntas.

—¿Así pues, usted, desde pequeña, se ha sentido atraída por los lugares elevados? —le preguntó la presentadora.

—Sí, en efecto —respondió Kirie, o una mujer que tenía la voz idéntica a la de Kirie—. Desde que tengo uso de razón, me han gustado las alturas. De niña, cuanto más alto era el lugar, más a gusto me sentía en él. Así que siempre estaba pidiéndoles a mis padres que me llevaran a edificios altos. Debía de ser una criatura un poco rara. (Risas)

—Por eso empezó usted a hacer este trabajo.

—Primero trabajé como analista en una compañía de valores. Pero comprendí que aquel trabajo no estaba hecho para mí. Así que, tres años después, dejé la empresa y empecé a trabajar como limpiacristales de edificios. En realidad hubiera querido trabajar en la construcción, pero aquél es un mundo de hombres y no admiten fácilmente a las mujeres. Así que, de momento, empecé trabajando a media jornada como limpiacristales.

—Un gran cambio: de analista a limpiacristales.

—A decir verdad, esto último es mucho más fácil. A diferencia del mercado de valores, si te caes, te caes tú sola. (Risas)

—Por limpiacristales se refiere usted a esas personas que están subidas a una plataforma y que van deslizándose hacia abajo desde el tejado, ¿no es así?

—Exactamente. Estamos sujetos por un arnés de seguridad, claro está. Pero hay lugares en los que tenemos que soltarnos. A mí no me importa en absoluto desatarme. Por más alto que sea el lugar no paso miedo. Por eso soy muy apreciada en mi trabajo.

—¿Hace usted alpinismo?

—Las montañas no me interesan especialmente. He intentado escalar en varias ocasiones, siempre porque me lo han propuesto, y no me gusta. Por muy alta que sea la montaña, no me divierto. Lo que a mí me interesa son las estructuras arquitectónicas de gran altura construidas por el hombre. Aunque no sabría decirle por qué.

—En la actualidad, usted dirige una empresa de limpieza especializada en rascacielos en el área metropolitana de Tokio, ¿verdad?

—Exacto —dijo ella—. Ahorré dinero de mi trabajo de media jornada y, hace unos seis años, me independicé y abrí una pequeña empresa. Yo también salgo a trabajar, claro está, pero ahora, ante todo, llevo la empresa. Ahora no tengo que recibir órdenes de nadie y puedo decidir las normas. Es muy práctico.

—¿Como poder soltarse del arnés de seguridad cuando uno quiera?

—En resumen. (Risas)

—¿A usted no le gusta estar sujeta al arnés de seguridad?

—No. Hace que me sienta como si fuera otra persona. Se parece a llevar un corsé ajustado. (Risas)

—A usted realmente le gustan las alturas, ¿verdad?

—Sí, me gustan. Estar en un lugar alto es mi vocación. No me imagino trabajando en otra cosa. El trabajo tiene que ser un acto de amor. No un matrimonio de conveniencia.

—Y ahora vamos a poner un poco de música —dijo la locutora—. Up on the Roof, de James Taylor. Y, luego, seguiremos escuchando más sobre funambulismo.

Mientras sonaba la música, Junpei se inclinó hacia delante y le preguntó al taxista:

—¿Qué diablos hace esta mujer?

—Pues tensa una cuerda entre dos edificios altos y anda por ella —le explicó el taxista—. Lleva un palo largo en las manos para mantener el equilibrio. Es una especie de performer. Yo tengo acrofobia y, sólo con montarme en un ascensor de cristal ya me da algo. Realmente, en este mundo hay para todos los gustos. Pero ésa es un poco rara. Además, parece que ya no es muy joven.

—¿Y trabaja de eso? —preguntó Junpei. Se daba cuenta de que su voz sonaba seca, desprovista de todo peso. Parecía la voz de un extraño que se colara por una rendija del techo.

—Pues sí. Por lo visto tiene varios patrocinadores y va trabajando por ahí. Hace poco, en Alemania, lo hizo en una catedral famosa. La verdad es que quería cruzar unos edificios más altos todavía, pero, según ha dicho, las autoridades de allá le denegaron el permiso, porque, al parecer, llegada a cierta altura, la red de seguridad ya no sirve para nada. Y ella quiere cruzar por lugares cada vez más altos, intentando superar su propio récord. Pero, como sólo del funambulismo no se puede vivir, tal como ha dicho antes, dirige su empresa de limpieza de cristales de grandes edificios. Dice que en un circo no le gustaría trabajar, porque sólo le interesan los edificios altos. ¡Mira que es rara esa mujer!

—Lo más magnífico de todo es que, cuando estás allí, se produce un cambio en ti como ser humano —le explicaba Kirie a la locutora—. Porque, si no cambias, no puedes sobrevivir. Cuando me hallo en lo alto de un edificio, allí sólo estamos el viento y yo. No hay nada más. El viento me envuelve, me sacude. El viento me comprende. Y, al mismo tiempo, yo lo comprendo a él. Y nosotros nos aceptamos el uno al otro, decidimos vivir juntos. El viento y yo. No hay lugar para nada más. Ése es el instante que más me gusta. No, no tengo miedo. Una vez piso un lugar alto y me sumerjo por completo en ese estado de concentración, el miedo desaparece. Nosotros estamos en un íntimo vacío. Ese instante lo prefiero a cualquier otra cosa.

Junpei no sabía si la locutora comprendía el sentido de las palabras de Kirie. Pero, en cualquier caso, Kirie seguía hablando con naturalidad. Cuando acabó la entrevista, Junpei bajó del taxi e hizo el resto del camino a pie. De vez en cuando levantaba la vista hacia los edificios altos, contemplaba las nubes que cruzaban el cielo. «Entre ella y el viento no hay lugar para nadie más», pensó. Y sintió un violento ramalazo de celos. ¿Pero de qué estaba celoso? ¿Del viento? ¿Quién iba a tener celos del viento?

Junpei se pasó unos meses esperando que Kirie se pusiera en contacto con él. Quería verla, hablar con ella de muchas cosas. De la piedra con forma de riñón, por ejemplo. Pero el teléfono no sonó. Si intentaba llamarla él, seguía sin «existir la línea». Al llegar el verano, él ya había perdido las esperanzas. Kirie no quería volver a verlo. Sí. Sin disputas, sin discusiones, su relación había acabado de un modo pacífico. Pensándolo bien, era así como él se había comportado con las mujeres durante mucho tiempo. Un buen día dejaba de llamar. Y todo terminaba de un modo apacible y natural.

¿Tenía que incluirla en su cuenta atrás? ¿Era una de las tres mujeres que significarían algo en su vida? A Junpei le torturó la duda. Sin embargo, fue incapaz de sacar una sola conclusión. Optó por aplazarlo medio año. Ya lo decidiría más adelante.

Durante ese medio año siguió trabajando muy concentrado y escribió una gran cantidad de relatos. Cuando, sentado ante la mesa, se disponía a depurar el estilo, pensaba que, tal vez, en aquellos instantes Kirie se encontraba en las alturas acompañada del viento. Que mientras él estaba allí escribiendo la novela, ella se encontraba en el lugar más alto que había alcanzado nadie, completamente sola. Sin arnés de seguridad. «Una vez me concentro, no tengo miedo. Sólo estamos el viento y yo.» Junpei recordaba a menudo sus palabras. Y acabó dándose cuenta de que sentía por Kirie algo muy especial, algo que jamás había sentido por ninguna otra mujer. Un sentimiento muy profundo, de claros contornos, provisto de respuesta. Junpei no sabía cómo llamarlo. Pero, como mínimo, aquél sentimiento no podía cambiarse por nada. Aunque no pudiera volver a ver a Kirie jamás, ese sentimiento permanecería eternamente dentro de su corazón o, quizás, en la médula de sus huesos. Y él continuaría sintiendo siempre la ausencia de Kirie en algún lugar de su cuerpo.

Cuando se acercaba fin de año, Junpei lo decidió. Ella era la segunda mujer. Kirie había sido una de las mujeres que «significaban algo» para él. Segundo golpe fallido. Ahora sólo le quedaba una. Sin embargo, ya no tenía miedo. Lo importante no era el número. La cuenta atrás carecía de sentido. Lo importante era la determinación de aceptar a alguien sin reservas. Junpei lo había comprendido. Siempre es la primera vez y, siempre, ha de ser la última.

Por la misma época, la piedra negra con forma de riñón desapareció de la mesa de la doctora. Una mañana, ella se dio cuenta de que la piedra ya no estaba allí. Ya no iba a volver jamás. Y, eso, ella ya lo sabía.

[1] Los designios de la piedra de sacudir al médico.» Aquí hay un juego de palabras entre tres palabras que suenan igual: ishi (médico), ishi (piedra) y ishi (designio). Cada una de las palabras se escribe, sin embargo, con un carácter diferente. (N. de la T.)

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