Portada de la película Estas Ruinas que ves, de 1997

Compara el libro y la película: Estas ruinas que ves

Por Jorge Ibarguengoitia
Compara el libro y la película: Estas ruinas que ves

En 1975, Jorge Ibargüengoitia publicó “Estas ruinas que ves” Después de su muerte, se comenzó a publicar con el final alternativo que el dejo preparado a su muerte. Es sumamente difícil encontrar el texto de ese final hoy, pero puede verse en la película de 1979, protagonizada por Fernando Luján como Paco Aldebarán, Pedro Armendáriz como Raymundo Rocafuerte y Blanca Guerra en el papel de Gloria.
En ella Blanca Guerra luce espectacular, y tiene un breve desnudo al final.
El texto corresponde al último capítulo de la novela, y puedes ver la película completa, pero estas marcado el momento en que comienza este episodio.
Quien haya leído la primera edición de este libro notará que en esta segunda edición hay un cambio notable en el último capítulo, “Los adioses”. Considero que el final de esta versión es más fiel a la sicología de los personajes y a la realidad.

LOS    ADIOSES

Cada vez que me acuerdo de aquella noche me asombro y me digo, ¡fuiste un santo! Acompañé a Malagón, sosteniéndolo, porque no podía poner el pie en el suelo, hasta su casa del callejón de la Potranca, lo ayudé a subir la escalera y a sentarse en su sillón predilecto, fui a despertar a la criada que tenía sueño de piedra, y no salí de la casa hasta que Malagón estuvo con la pierna estirada, apoyada en un banquito, y la criada envuelta en un rebozo empezó a ponerle fomentos. Ni un reproche le hice. ¡Qué noble fui!

Cuando salí a la calle lo maldije. Me imaginé diciéndole a Malagón en tono severo: decir que una mujer está enferma del corazón cuando está sana, es difamarla. Esa clase de mentiras, agregaba yo en mi mente, no se le cuentan a un amigo. Después me acordé de la escena con Sarita. ¡Libidinoso de mierda! ¡Y además de libidinoso, pendejo! ¡Enseñarle fotos pornográficas a Sarita, que nunca necesitó aliciente!

Había llegado otra vez al lugar donde desemboca el callejón de Loreto en la plaza de la Libertad. Por un momento sentí el impulso de ir a casa de los Espinoza a contarles mi descubrimiento. ¿Y a ellos qué les importa, pensé después, que Gloria esté sana, si no saben que está enferma?

Faltaban cinco para las dos. Tomé un taxi. Me voy a mi cama, pensé, solo, con mi amargura.

Cuando pasé por la casa de las Begonia me acordé de la tristeza que me había dado cuando vi aparecer en el grafógrafo la palabra “corazón”. ¡Lo que es no entender a las mujeres! Y lo que pasó después en la biblioteca, cuando Gloria y yo estábamos leyendo el índice de la Verdadera historia de Berrihondo? “No siga”, me había dicho ella, “que soy una mujer apasionada”. La tuve en mis manos y la dejé ir. Por culpa de Malagón. Si aquel día me hubiera empeñado en conquistarla, lo hubiera conseguido. Soy más feo y más pobre que Rocafuerte, pensé, pero más simpático.

Cuando entré en el vestíbulo del hotel noté que, cosa rara a aquellas horas, la luz del bar estaba encendida. El Pelón bostezaba detrás de la barra y en una mesa había dos parroquianos: Rivarolo y Angarilla. Ellos no me vieron y pasé de largo. ¿Por qué despedirse en la puerta del café de don Leandro, si iban a volver a encontrarse más tarde? Podían haberse ido en el mismo coche, ¿o no?

Al abrir la puerta de mi cuarto, vi, a través de mi ventana, cuya persiana estaba levantada, la vidriera cerrada y oscura de Gloria. Entonces se me vino encima con toda claridad el tamaño de la tragedia: Gloria era adorable y yo la había perdido para siempre.

Me dejé caer en la cama y pensé, mientras me desataba los zapatos: no voy a poder dormir.

Desperté sólo en dos ocasiones. Alguien en el pasillo dio un portazo, y yo brinqué a la ventana para ver si Rocafuerte estaba escalando el balcón de Gloria. Nada. Todo en orden: la ventana de Gloria cerrada, los oscuros echados, la luz del portal encendida. Volví a la cama y seguí durmiendo.

La segunda vez me despertó un pleito de pájaros.
Portada de la película Estas Ruinas que ves, de 1997
Estaba amaneciendo. Volví a la ventana. ¿Qué esperaba ver? No recuerdo. Vi al joven Angarilla saliendo del hotel, cruzar el arco triunfal, levantarse las solapas del saco para protegerse del frío, detenerse, con la esperanza probablemente de que ya hubiera servicio de camiones a esa hora, comprender que no lo había y echar a andar cuesta abajo por el paseo de los Tepozanes, con las manos en los bolsillos. El misterio de la cama ancha que quería el doctor Rivarolo había sido revelado. Volví a la cama y me quedé dormido.

Cuando volví a despertar el sol entraba por la ventana con fuerza y se alcanzaba a ver un pedacito de cielo azul fuerte. Recordé lo que había pasado la noche anterior y me dije:

—Eres muy infeliz.

Era muy infeliz y eran las nueve y media. Brinqué a la ventana. La vidriera de Gloria estaba abierta, no se veía a nadie en la habitación. El nido está vacío, pensé y entré en el baño.

Más tarde, cuando me ponía la camisa, mirando de vez en cuando la ventana de Gloria, repasé las emociones variadas que me había producido la contemplación de aquella casa ridícula: alegría, cuando vi a Gloria, por primera vez, riendo en el balcón; más que alegría, la impresión de que mi vida estaba a punto de comenzar de nuevo. Melancolía cuando creí que aquel monstruo arquitectónico albergaba a una moribunda. Curiosidad morbosa, cuando vi al Doctor y a la Rapaceja tomando el té aquella mañana. ¿Y ahora, qué sentía? ¿Desesperanza? El cochecito no estaba.

Rocafuerte estaba en el comedor, comiendo papaya. Este tipo toma las cosas con calma, pensé.

Cuando me vio, agitó la mano y movió la silla de junto para indicarme que me sentara. Acepté.

—Quiero disculparme de la escena que hizo mi suegra —me dijo—. Tan agradable que había estado la tarde y ella echó todo a perder.

—Al contrario —le contesté— fue el momento culminante del día. ¡Qué del día! Del semestre. Es un episodio estelar en la lucha de las generaciones.

—Todo esto empezó el día anterior —me dijo; noté que estaba de mal humor, acuchillaba la papaya—, cuando su marido me dijo degenerado. Yo no sé qué pasó. Tanto que me querían esos dos. Y de repente todo cambia nomás porque dije que me gustaba una película que a ellos no les gustó. Ahora ya no hay manera de dar paso atrás, ya es pleito.

—Gloria fue admirable.

—Sí, claro.

—Y muy valiente.

—De acuerdo.

—Logró lo que pocas mujeres en la historia de Cuévano: oponerse con éxito a sus padres.

—Yo hubiera preferido que las cosas siguieran el camino que llevaban. Ahora comprendo que el Doctor tenía razón. Era mucho más conveniente qué esperáramos al año que entra, en vez de casarnos inmediatamente, como va a tener que ser.

—¿Y cómo sigue Gloria?

—¿Cómo sigue de qué?

—De su enfermedad.

—Gloria no tiene ninguna enfermedad. Es una mujer muy sana.

—¿Ah, sí? Entonces debo de estar mal informado.

—¿Mal informado de qué?

—Alguien me ha dicho que Gloria está enferma.

—No es verdad.

—No me lo ha dicho una persona, sino varias. Ayer precisamente estaba comentando con los Pórtico, cuando veíamos que tu matrimonio se venía encima, si no sería una locura la que van ustedes a cometer.

—¿En qué sentido una locura?

—Si fuera verdad lo que sé, tú lo sabrías mejor que nadie. Tú quieres a Gloria, ella te quiere, te vas a casar con ella. Si estuviera enferma te lo hubiera dicho. Es una mujer sincera.

—Por supuesto.

—Ya ves lo que es Cuévano. Alguien inventa una cosa, se la cuenta a otro, éste la repite y en una semana tienes a todo el pueblo convencido de que es verdad.

—¿De modo que tú has comentado con los Pórtico la enfermedad de Gloria?

—Varias veces.

—Yo no sé nada.

—Ni tenías por qué saberlo. Quedamos en que Gloria no tiene nada. Lo cual concuerda con su aspecto físico. Cuando yo la creí enferma, siempre me asombraba lo sana que se ve.

—¿Qué clase de enfermedad dicen que tiene?

—Bueno, pues dicen que Gloria nació con un defecto en una arteria y el corazón tenía que trabajar demasiado y fue creciendo hasta llegar a ser demasiado grande. Parece que. . ., bueno, dicen que Gloria y sus padres han ido a ver a varios especialistas, y que todos los diagnósticos coinciden en que ese corazón no puede resistir cierta clase de esfuerzos, como por ejemplo, bueno, perdóname que sea tan franco, pero es lo que dicen: como por ejemplo, un orgasmo.

—¿Un orgasmo? —preguntó Rocafuerte, como si nunca hubiera oído esa palabra.

—Sí. Un orgasmo.

—¿Gloria no puede resistir un orgasmo?

—Eso dicen —lo vi tan desconcertado que decidí hacerle una explicación científica—. Parece que en el momento de producirse el orgasmo los vasos sanguíneos se contraen y eso hace que la tensión arterial aumente de manera considerable, cosa que para un cardiaco puede resultar fatal.

Me di cuenta de que lo que yo había creído que era horror en la expresión de Rocafuerte era nomás incredulidad. De pronto sonrió.

—Creo que sí, en efecto, estás mal informado —me dijo.

—Bueno, hay esa posibilidad.

—No. No es posibilidad. Es seguridad. ¿Cómo te explicaré? —lo vi dudar—. No quisiera ser indiscreto, pero en vista de que te han contado esa historia, no me queda más remedio. Mira, Gloria sí puede resistir el orgasmo. Aquí arriba, en mi cuarto, ha resistido cuando menos quince. En la huerta de su casa, cerca del rosal de Castilla, también resistió el orgasmo, y en los jardines del doctor Cruchet también ha resistido el orgasmo varias veces, ayer, nada menos, cuando empezó a llover, acababa de resistir un orgasmo sin ninguna dificultad. También en Pedrones ha resistido el orgasmo una docena de veces. Te doy este dato, porque Pedrones es mucho más bajo que Cuévano y la diferencia de altitudes podría afectar el funcionamiento del corazón, pero no, Gloria no ha tenido ningún problema en Pedrones. Lo cual me hace pensar que, como ya te dije, la información que te han dado no es correcta. Yo te suplico que cuando platiques con los Pórtico y con las demás personas que te han dicho que Gloria está enferma del corazón, les digas esto que acabo de explicarte para que no estén con el pendiente.

Miró su reloj y dijo:

—Me voy, porque tengo cita con el Gobernador.

Se levantó de la mesa y cogió un palillo.

—Espero que vengas a la boda.

Sonrió y salió del comedor picándose los dientes.

Antes de terminar el desayuno lo vi cruzar el vestíbulo con su traje azul pavo.

El camión me dejó en Campomanes, fui por el pasaje donde venden los churros a la calle del Triunfo de Bustos, la crucé y llamé a la puerta de los Espinoza. ¡Qué cosa tan rara!, pensé, cuando Gloria me abrió la puerta: tenía rizadores en la cabeza. Al verme se sobresaltó, trató de cerrar la puerta, rió y echó a correr hacia el interior de la casa.

—No quiero que me veas así —dijo.

Fue la primera vez que me habló de tú.

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