Una mano en las cuerdas

Por Alfredo Bryce Echenique
Una mano en las cuerdas

(Páginas de un diario)
El «Country Club» es uno de los hoteles más elegantes de Lima, y dicen que tiene más de cien habitaciones. Está situado en San Isidro, barrio residencial, a unos veinte minutos en automóvil del centro de Lima, y rodeado de hermosos jardines. Durante el verano, mucha gente viene a bañarse en las piscinas del club, y a jugar tenis. Para los muchachos en vacaciones escolares o universitarias, es un entretenido centro de reunión.

3 de enero
Esta mañana he ido al «Country» por primera vez en estas vacaciones. Encontré, como siempre, a muchos amigos. Todos fuman, y me parece que Enrique fuma demasiado. Enrique me ha presentado a su enamorada. Es muy bonita, pero cuando me mira parece que se burlara de mí. Se besan todo el tiempo, y es muy incómodo estar con ellos. Yo sé que a Enrique le gusta estar conmigo, pero si siguen así, no voy a poder acercarme. Enrique no hace más que fumar y besar a Carmen. Carlos también tiene enamorada, pero creo que lo hace por pasar el verano bien acompañado. No es ni bonita, ni inteligente. Es fea. Los demás no tenemos enamorada. Este verano empieza bien. Hay muchas chicas nuevas, y algunas mocosas del año pasado se han puesto muy bonitas. Veremos. Regresaré como siempre a almorzar a mi casa…

11 de enero
Hoy he visto a la chica más maravillosa del mundo. Es la primera vez que viene a la piscina, y nadie la conoce. Llegó cuando ya iban a cerrar la puerta. Sólo vino a recoger a un chiquillo que debe ser su hermano. Me ha encantado. ¿Qué puedo hacer? No me atreví a seguirla. ¿Quién será? Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo para nada. Me puse demasiado nervioso. Hacía rato que estaba sentado en esa banca, sin saber que ella estaba detrás de mí. No sé cómo se me ocurrió voltear. Se ha dado cuenta de que la he mirado mucho, pero no nos hemos atrevido a mirarnos al mismo tiempo. Si no regresa, estoy perdido. Tengo que ir a la piscina todos los días por la mañana y por la tarde. Tengo que…

15 de enero
Parece que seguirá viniendo todos los días. Nadie la conoce, y tengo miedo de pedirle ayuda a Carlos o a Enrique. Serían capaces de tomarlo a la broma…

16 de enero
La he seguido. No se ha dado cuenta de que la he seguido. Vive cerca de mi casa. No me explico cómo no la he visto antes. Tal vez sea nueva por aquí…¡Qué miedo me dio seguirla! Ya sé donde vive. Tengo que conocerla. Mañana…

20 de enero
¡Se llama Cecilia!
No sé qué pensar de Piltrafa. Todos dicen que es un ladrón, que es maricón, y que es un hipócrita. No sé qué pensar, porque, a mí me ha hecho el más grande favor que se me podía hacer. Me la ha presentado. Y, sin embargo, tengo ganas de matarlo. Me cobró un sol. Yo hubiera pagado mil. Fue la forma en que me la presentó, lo que me da ganas de matarlo. Me traicionó. Le dijo que yo le había pagado un sol para que me la presentara. Ella se rió, y yo no sabía qué cara poner. Se ha dado cuenta de que me gusta. La quiero mucho, pero me molesta que lo sepa desde ahora. Mis amigos dicen que eso me ayudará. No sé…

30 de enero
¡La adoro! La veo todos los días. Viene a la piscina por las mañanas y por las tardes. Tenemos nuestra banca, como Enrique y Carlos. Los mocosos son una pesadilla. Nos miran y se ríen de nosotros. Ella tiene miedo de que su hermano nos vea.
Se la he presentado a Carlos y a Enrique. Dicen que es muy bonita, pero no me gusta cuando Carlos dice que tiene muy buenos brazos. Lo dice en broma, pero no me gusta. Carmen, la enamorada de Enrique, me ha prometido hacerme el bajo. Ella es mayor y entiende de esas cosas. ¡Qué complicado es todo! Ahora me dicen que disimule; que no la deje entender que estoy templado. ¡Qué difícil! Además ella ya lo sabe. Mañana voy a decirle para acompañarla hasta su casa…

31 de enero
Hoy la acompañé hasta su casa. Nadie sabe cuánto la quiero.
Salieron. Habían estado toda la mañana sentados en su banca, y por la tarde se habían bañado juntos. Ahora, él la acompañaba hasta su casa por primera vez. Cecilia se moría de miedo de que su hermano le acusara a su mamá. Manolo también tenía miedo. «Ese mocoso es una pesadilla», pensaba, pero al mismo tiempo se sentía feliz de acompañarla. ¡Cuánto la quería mientras caminaba a su lado! La veía con su traje blanco y sus zapatos blancos, y eso de que fuera hija de austriacos le parecía la cosa más exótica del mundo. La adoraba mientras la miraba de perfil y comprobaba que su nariz era muy respingada, y que tenía las manos muy blancas y limpias. Adoraba el movimiento de sus pies al caminar. «Es linda. Debe ser buenísima. Parece un pato.» Y desde entonces la llamó «pato», y a ella no le molestaba porque le gustaban los patos, y le gustaban las bromas. La adoraba cuando se reía, y se le arrugaba la nariz: «es tan linda». Al llegar a una esquina, Cecilia le señaló su casa, y le dijo que era mejor que se despidieran allí. Manolo le confesó que ya conocía la casa, y que la había seguido un día. Ella sonrió, y le dijo que mañana también iría a la piscina.

7 de febrero
La acompañó todos los días hasta la puerta de su casa. Su mamá nos ha visto, pero se hace la que no se da cuenta, y no se molesta. Creo que es buena gente. ¡Cecilia no sabe cuánto la quiero! Es tan difícil decir todo lo que uno siente. Hoy, por ejemplo, cuando regresábamos de la piscina, ella me dijo que sus padres la habían amenazado con ponerla interna porque sus notas no habían sido muy buenas. Me di cuenta de que eso la preocupaba mucho. Hubiera querido abrazarla. Hubiera querido decirle que si la mandaban interna, yo iría a verla todos los días por la ventana del colegio (no sé cómo, porque yo también estoy interno). Quise decirle tantas cosas, y sólo me atreví a decir que no se preocupara, que todos los padres dicen lo mismo. Es terrible lo poco que uno dice, y lo mucho que siente. La quiero tanto…

10 de febrero
Podría morirme. Ayer Cecilia no vino a la piscina porque una compañera de clase la había invitado. La extrañé mucho. Carlos y Enrique se burlaban. Hoy la he visto nuevamente. ¡Qué maravilloso fue verla entrar! Parecía un pato. Ya todos mis amigos la llaman «pato», y yo le he regalado una figura de un pato que hizo uno de mis hermanos. Pero Cecilia me ha contado algo terrible. Ayer, en casa de su amiga, estuvo con César. César es el don Juan de mi colegio. Es el mayor de todo el colegio y un matón. No puedo tolerarlo. Me parece que me voy a volver loco encerrado aquí, en mi cuarto. ¿Cómo hacer para que no regrese donde esa amiga? Tengo que hablar con Carmen. No debo escribir más. Esto no es de hombre. Pero podría morirme…

12 de febrero
Hoy Cecilia y yo casi nos hemos muerto de vergüenza. Estábamos regresando a su casa. No sé por qué me sentía tan decidido. Me parecía que de un momento a otro me iba a declarar. ¡Si no hubiera sido por esos malditos perros! Casi nos hemos muerto de vergüenza. Estaba uno montado sobre el otro. Yo los vi desde que entramos a esa calle, pero no sabía qué hacer. Quería regresar, pero cómo le explicaba a Cecilia. No podía pensar, y cuando traté de hablar ya ella estaba más colorada que yo. Los perros seguían. Estaban cachando… No pudimos hablar hasta que llegamos a su casa. Pero «no hay mal que por bien no venga», porque Cecilia me presentó a su mamá, y con lo confundido que estaba casi no me importó. Creo que la señora…

15 de febrero
Y ahora tengo que invitar a Cecilia al cine. Mis amigos están preparando todo. En el cine, tengo que pasarle el brazo un rato después de que empiece la película. Si no protesta, debo tratar de acariciarle el hombro. En la fila de atrás estarán Enrique con Carmen y Carlos con Vicky. Ellos se encargarán de darme valor. Pepe y el Chino se sentarán, uno a cada lado nuestro, y hacia la mitad de la película cambiarán de asiento, alegando no ver bien. Así podré actuar sin que los vecinos me molesten. Ellos llegarán antes que yo, para coger asiento. Todo esto me parece imposible. Si Cecilia se da cuenta podría molestarse. Hasta cuándo durará todo esto. Sería tan fácil que la llamara por teléfono en este instante y le dijera cuánto la quiero. ¡Qué manera de complicarme la vida! Si todo terminara en el cine; pero no: por la noche, iremos al Parque Salazar, y allí tengo que declararme.

16 de febrero
¡Estoy feliz! Estoy muy nervioso. Cecilia ha aceptado mi invitación. Iremos todos al cine «Orrantia». Sus padres la llevarán, y yo debo esperarla en la puerta a las tres y media de la tarde. Mis amigos entrarán un rato antes para coger los asientos. Dice Cecilia que después irá a tomar el té a casa de una amiga, en Miraflores, y que luego irán al Parque Salazar juntas. Creo que la primera parte ha salido bien. Estoy muy nervioso, pero estoy contento.

17 de febrero
Soy el hombre más feliz de la tierra. Cecilia. ¡Cecilia! No puedo escribir. No podré dormir. ¡No importa!
No se hizo esperar. A las tres y media, en punto, Manolo la vio descender del automóvil de sus padres, en la puerta del cine. ¡Qué linda! ¡Qué bien le quedaba aquel traje verde! Era la primera vez que la veía con tacón alto. Más alta, más bonita, más graciosa. Parecía un pato en una revista en colores para niños.
—Cecilia.
—Hola, Manolo. ¿Y tus amigos?
—Nos esperan adentro. Están guardándonos sitio. Ya tengo las entradas.
—Gracias.
Manolo sabía dónde estaban sus amigos. Avanzó hacia ellos, y esperó de pie, mientras Cecilia los saludaba. Se sentía incapaz de hacer lo que tenía que hacer, pues temía que ella se diera cuenta que todo aquello estaba planeado. Sin embargo, Cecilia muy tranquila y sonriente, parecía ignorar lo que estaba pasando. Se sentaron.
—No se vayan —le decía Manolo al Chino, que estaba a su izquierda. Pero el Chino no le hacía caso—. No te vayas, Pepe.
—No te muñequees, Manolo —dijo Pepe, en voz baja, para que Cecilia no lo escuchara.
Las luces se apagaron, y empezó la función. Manolo sentía que alguien golpeaba su butaca por detrás: «Es Carlos.» Cecilia miraba tranquilamente hacia el ecran, y no parecía darse cuenta de nada. Estaban pasando un corto de dibujos animados. Faltaba aún el noticiario, y luego el intermedio. Manolo no sabía cómo se llamaba la película que iban a ver. Había enmudecido.
Durante el intermedio, Cecilia volteó a conversar con Carmen y Vicky, sentadas ambas en la fila de atrás. Manolo, por su parte, conversaba con Carlos y Enrique. Le parecía que todo eso era un complot contra Cecilia, y se ponía muy nervioso al pensar que podía descubrirlo. Miró a Carmen, y ella le guiñó el ojo como si quisiera decirle que las cosas marchaban bien. Cecilia, muy tranquila, parecía no darse cuenta de lo que estaba pasando. De vez en cuando miraba a Manolo y sonreía. Las luces se apagaron por segunda vez, y Manolo se cogió fuertemente de los brazos de su asiento.
No podía voltear a mirarla. Sentía que el cuello se le había endurecido, y le era imposible apartar la mirada del ecran. Era una película de guerra y ante sus ojos volaban casas, puentes y tanques. Había una bulla infernal, y, sin embargo, todo aquello parecía muy lejano. No lograba comprender muy bien lo que estaba ocurriendo, y por más que trataba de concentrarse, le era casi imposible seguir el hilo de la acción. Recordó que Pepe y el Chino se iban a marchar pronto, y sintió verdadero terror. Cecilia se iba a dar cuenta. Se iba a molestar. Todo se iba a arruinar. En el ecran, un soldado y una mujer se besaban cinematográficamente en una habitación a oscuras.
—No veo nada —dijo Pepe—. Voy a cambiarme de asiento.
—Yo también —agregó el Chino, pidiendo permiso para salir.
«Se tiene que haber dado cuenta. Debe estar furiosa», pensó Manolo, atreviéndose a mirarla de reojo: sonriente, Cecilia miraba al soldado, que continuaba besando a la mujer en el ecran. «Parece que no se ha dado cuenta», pensó mientras sentía que sus amigos, atrás, empezaban nuevamente a golpear su butaca. «Tengo que mirarla». Pero en ese instante estalló una bomba en el ecran y Manolo se crispó. «Tengo que mirarla». Volteó: en la oscuridad, Cecilia era la mujer más hermosa del mundo. «No pateen, desgraciados.» Pero sus amigos continuaban. Continuaron hasta que vieron que el brazo derecho de Manolo se alzaba lentamente. Lenta y temblorosamente. «¿Por qué no patean ahora?» se preguntaba suplicante. Se le había paralizado el brazo. No podía hacerlo descender. Se le había quedado así, vertical, como el asta de una bandera. Alguien pateó su butaca por detrás, y el brazo empezó a descender torpemente, y sin dirección. Manolo lo sintió resbalar por la parte posterior del asiento que ocupaba Cecilia, hasta posarse sobre algo suave y blando: «La pierna de Vicky», se dijo, aterrorizado. Pero en ese instante, sintió que alguien lo levantaba y lo colocaba sobre el hombro de Cecilia. La miró sonriente, la mirada fija en el ecran, Cecilia parecía no haberse dado cuenta de todo lo que había ocurrido.
La moda: formidable solución para nuestra falta de originalidad. El Parque Salazar estaba tan de moda en esos días, que no faltaban quienes hablaban de él como del «parquecito». Hacía años que muchachos y muchachas de todas las edades venían sábados y domingos en busca de su futuro amor, de su actual amor, o de su antiguo amor. Lo importante era venir, y si uno vivía en el centro de Lima y tenía una novia en Chucuito, la iba a buscar hasta allá, para traerla hasta Miradores, hasta el «parquecito» Salazar. Incomodidades de la moda: comodidades para nuestra falta de imaginación. Esta limeñísima institución cobró tal auge (creo que así diría don Ricardo Palma), que fue preciso que las autoridades intervinieran. Se decidió ampliar y embellecer el Parque. Lo ampliaron, lo embellecieron, y los muchachos se fueron a buscar el amor a otra parte.
Manolo no comprendía muy bien eso de ir al Parque Salazar. Le incomodaba verse rodeado de gente que hacía exactamente lo mismo que él, pero no le quedaba más remedio que someterse a las reglas del juego. Y dar vueltas al Parque, con Cecilia, hasta marearse, era parte del juego. No podía hablarle, y tenía que hablarle antes que se enfriara todo lo del cine. «Esperaré unos minutos más, y luego le diré para regresar a casa de su amiga», pensó. Era la mejor solución. Ella no se opondría, pues, allí la iban a recoger sus padres, y en cuanto a la amiga, lo único que le interesaba era estar a solas con su enamorado. Tampoco se opondría. Sus amigos habían decidido dejarlo en paz esa noche. Les había prometido declararse, y estaba dispuesto a hacerlo.
Caminaban hacia la quebrada de Armendáriz. Cecilia había aceptado regresar a casa de su amiga, y pasarían aún dos horas antes de que vinieran a recogerla. Tendrían tiempo para estar solos y conversar. Manolo sabía que había llegado el momento de declararse, pero no sabía cómo empezar, y todo era cosa de empezar. Después, sería fácil.
—Llegamos —dijo Cecilia.
—Podemos quedarnos aquí, afuera.
Era una casa de cualquier estilo, o como muchas en Lima, de todos los estilos, un muro bastante bajo separaba el jardín exterior de la vereda. Al centro del muro, entre dos pilares, una pequeña puerta de madera daba acceso al jardín. Manolo y Cecilia se habían sentado sobre el muro, y permanecían en silencio mientras él buscaba las palabras apropiadas para declararse, y ella estudiaba su respuesta. Una extraña idea rondaba la mente de Manolo.
—Cecilia ¿Me permites hacer una locura?
—Todo depende de lo que sea.
—Di que sí. Es una tontería.
—Bueno, pero dime de qué se trata.
—¿Lo harás?
—Sí, pero dímelo.
—¿Podrías subirte un momento sobre este pilar?
—Bueno, pero estás chiflado.
La amaba mientras subía al muro, y le parecía que era una muchacha maravillosa porque había aceptado subir. Desde la vereda, Manolo la contemplaba mientras se llevaba ambas manos a las rodillas, cubriéndolas con su falda para que no le viera las piernas.
—Ya, Manolo. Apúrate. Nos van a ver, y van a pensar que estamos locos.
—Te quiero, Cecilia. Tienes que ser mi enamorada.
—¿Para eso me has hecho subirme aquí?
Cecilia dio un salto, y cayó pesadamente sobre la vereda como una estatua que cae de su pedestal. Lo miró sonriente, pero luego recordó que debía ponerse muy seria.
.—Cecilia…
—Manolo —dijo Cecilia, en voz muy baja, y mirando hacia el suelo—. Mis amigas me han dicho que cuando un muchacho se te declara, debes hacerlo esperar. Dicen que tienes que asegurarte primero. Pero yo soy distinta. Manolo. No puedo mentir. Hace tiempo que tú también me gustas y te mentiría si te dijera que… Tú también me gustas, Manolo…
A las nueve de la noche, los padres de Cecilia vinieron a recogerla. Manolo la vio partir, y luego corrió a contarles a sus amigos, por qué esa noche era la noche más feliz de su vida.

2 de marzo
Nos vemos todos los días, mañana y tarde, en la piscina. Tenemos nuestra banca, y ahora tenemos derecho a permanecer largo rato con Carmen y con Enrique, con Carlos y con Vicky. Hoy le he cogido la mano por primera vez. Sentí que uno de los más viejos sueños de mi vida se estaba realizando. Sin embargo, después sentí un inmenso vacío. Era como si hubiera despertado de un sueño. Creo que es mejor soñar. Me gustaría que las cosas vinieran con más naturalidad. Todavía me falta besarla. Según Carlos, debo besarla primero disimuladamente, mientras estamos en nuestra banca. Después tendré que llevarla a pasear por los jardines, entre los árboles. ¿Hasta cuándo no podré quererla en paz? La adoro. Tenemos nuestra banca. Tenemos nuestro cine, pero nada es tan importante como la calle y el muro que tenemos en Miraflores…

6 de marzo
Hoy llevé a Cecilia por los jardines. Nos escondimos entre unos árboles, y la besé muchas veces. Nos abrazábamos con mucha fuerza. Ella me dijo que era el primer hombre que la besaba. Yo seguí los consejos de Enrique, y le dije que ya había besado a otras chicas antes. Enrique dice que uno nunca debe decirle a una mujer que es la primera vez que besa, o cualquier otra cosa. Me dio pena mentirle. Hacía mucho rato que nos estábamos besando, y yo tenía miedo de que alguien viniera. Cecilia no quería irse. Un jardinero nos descubrió y fue terrible. Nos miraba sin decir nada, y nosotros no sabíamos qué hacer. Regresamos corriendo hasta la piscina. Todo esto tiene algo de ridículo. Cecilia se quedó muy asustada, y me dijo que teníamos que ir a misa juntos y confesarnos…

7 de marzo
Hoy nos hemos confesado. No sabía qué decirle al padre. Enrique dice que no es pecado, pero Cecilia tenía cada vez más miedo. A mí me provocaba besarla de nuevo para ver si era pecado. No me atreví. Gracias a Dios, ella se confesó primero. Yo la seguí y creo que el padre se dio cuenta de que era su enamorado. Me preguntó si besaba a mi enamorada antes de que yo dijera nada. Al final de la misa nos vio salir juntos y se sonrió.
Cecilia me ha pedido que vayamos a misa juntos todos los domingos. Me parece una buena idea. Iremos a misa de once, y de esa manera podré verla también los domingos por la mañana. Además, estaba tan bonita en la iglesia. Se cubre la cabeza con un pañuelo de seda blanco, y su nariz respingada resalta. Se pone linda cuando reza, y a mí me gusta mirarla de reojo. Tiene un misal negro, inmenso, y muy viejo. Dice que se lo regaló una tía que es monja, cuando hizo su primera comunión. Lo tiene lleno de estampas, y entre las estampas hay una foto mía. Me ha confesado que le gusta mirarla cuando reza. Cecilia es muy buena…

14 de marzo
No me gusta tener que escribir esto, pero creo que no me queda más remedio que hacerlo. Dejar de decir una cosa que es verdad, es casi como mentir. Nunca dejaré que lean esto. Sólo sé que ahora odio a César más que nunca. Lo odio. Si Cecilia lo conociera mejor, también lo odiaría.
La estaba esperando en la puerta del cine «Orrantia» (nuestro cine). Todo marchaba muy bien hasta que pasó el imbécil de César. Me preguntó si estaba esperando a Cecilia. Le contesté que sí. Se rió como si se estuviera burlando de mí, y me preguntó si alguna vez me había imaginado a Cecilia cagando. Luego se largó muerto de risa. No sé cómo explicar lo que sentí. Esa grosería. La asquerosidad de ese imbécil. Me parecía ver imágenes. Rechazaba todo lo que se me venía a la imaginación. Sólo sé que cuando Cecilia llegó, me costaba trabajo mirarla. Le digo que la adoro, y siento casi un escalofrío. Pero la voy a querer toda mi vida.
La amaba porque era un muchacho de quince años, y porque ella era una muchacha de quince años. Cuando hablaba de Cecilia, Manolo hablaba siempre de su nariz respingada y de sus ojos negros; de sus pecas que le quedaban tan graciosas y de sus zapatos blancos. Hablaba de las faldas escocesas de Cecilia, de sus ocurrencias y de sus bromas. Le cogía la mano, la besaba, pero todo eso tenía para él algo de lección difícil de aprender. De esas lecciones que hay que repasar, de vez en cuando, para no olvidarlas. No prestaba mucha atención cuando sus amigos le decían que Cecilia tenía brazos y bonitas piernas. Su amor era su amor. Él lo había creado y quería conservarlo como a él le gustaba. Cecilia tenía más de pato, de ángel, y de colegiala, que de mujer. Cuando le cogía la mano era para acariciarla. Le hablaba para que ella le contestara, y así poder escuchar su voz. Cuando la abrazaba, era para protegerla. (Casi nunca la abrazaba de día). No conocía otra manera de amar. ¿Había, siquiera, otra manera de amar? No conocía aún el amor de esa madre, que sonriente, sostenía con una mano la frente del hijo enfermo, y con la otra, la palangana en que rebalsaba el vómito. Sonreía porque sabía que vomitar lo aliviaría. Manolo no tenía la culpa. Cecilia era su amor.

18 de marzo
Hoy castigaron a Cecilia, pero ella es muy viva, y no sé qué pretexto inventó para ir a casa de una amiga. Yo la recogí allí, y nos escapamos hasta Chaclacayo. Somos unos bárbaros, pero ya pasó el susto, y creo que ha sido un día maravilloso. Llegamos a la hora del almuerzo. Comimos anticuchos, choclos, y picarones, en una chingana. Yo tomé una cerveza, y ella una gaseosa. Por la radio, escuchamos una serie de canciones de moda. Dice Cecilia que cuando empiece el colegio, nos van a invitar a muchas fiestas, y que tenemos que escoger nuestra canción. La chingana estaba llena de camioneros, y a mí me daba vergüenza cuando decían lisuras, pero Cecilia se reía y no les tenía miedo. Ellos también se rieron con nosotros. Nos alcanzó la plata con las justas, pero pudimos guardar lo suficiente para el regreso. Al salir, caminamos hasta Santa Inés. Es un lugar muy bonito, y el sol hace que todo parezca maravilloso. Nos paseamos un rato largo, y luego decidimos bajar hasta el río. Allí nos quitamos los zapatos y las medias, y nos remangamos los pantalones. Nos metimos al río, hicimos una verdadera batalla de agua. Somos unos locos. Salimos empapados, pero nos quedamos sentados al borde del río, y nuestra ropa, empezó a secarse. Cazamos algunos renacuajos, pero nos dio pena, y los devolvimos al río antes de que se murieran. Debe haber sido en ese momento que la empecé a besar. Estaba echada de espaldas, sobre la hierba. Sentía su respiración en mi pecho. Cecilia estaba muy colorada. Hacía un calor bárbaro. Nos besamos hasta que el sol empezó a irse. Nos quedamos mudos un rato largo. Cecilia fue la primera en hablar. Me dijo que nuestra ropa ya se había secado.
Era ya de noche cuando regresamos a Lima. Nadie sabrá nunca cuánto nos queríamos en el ómnibus. Nos dio mucha risa cuando ella encontró un pedazo de pasto seco entre sus cabellos. La quiero muchísimo. Volveremos a Chaclacayo y a Santa Inés.

25 de marzo
Detesto esas tías que vienen de vez en cuando a la casa, y me dicen que he crecido mucho. Sin embargo, parece que esta vez es verdad. Cecilia y yo hemos crecido. Hoy tuvimos que ir, ella donde la costurera, y yo donde el sastre, para que le bajen la basta a nuestros uniformes del colegio. La adoraba mientras me probaba el uniforme, y me imaginaba lo graciosa que quedaría ella con el suyo. Le he comprado una insignia de mi colegio, y se la voy a regalar para que la lleve siempre en su maleta. Estoy seguro de que ella también pensaba en mí mientras se probaba su uniforme.

11 de abril
Es nuestro último año de colegio. Vamos a terminar los dos de dieciséis años, pero yo los cumplo tres meses antes que ella. Estoy nuevamente interno. Es terrible. No nos han dejado salir el primer fin de semana. Dicen que tenemos que acostumbrarnos al internado. Recién la veré el sábado. Tengo que hacerme amigo de uno de los externos para que nos sirva de correo.
Estoy triste y estoy preocupado. Estaba leyendo unos cuentos de Chejov, y he encontrado una frase que dice: «Porque en el amor, aquel que más ama, es el más débil». Me gustaría ver a Cecilia.
Alfredo Bryce Echenique, Huerto cerrado

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8 comentarios en “Una mano en las cuerdas

  1. alguien sabe a que se refiere Manolo al decir: Cecilia tenias más de pato, de angel, y de colegiala, que de mujer. Si lo saben diganmelo porfavor

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