En el huerto

Por Virginia Wolf
En el huerto

Miranda dormía en el huerto, recostada en una hamaca bajo el manzano. El libro había caído al césped y los dedos todavía parecían señalar una oración: «Ce pays est vraiment un des coins du monde oui le rire des filles elate le mieux…». Como si se hubiera quedado dormida mientras la leía. El ópalo en el dedo se teñía de verde, de rosado, y nuevamente de naranja, como el sol, que se filtraba entre los manzanos y los rebalsaba de luz. Después se levantó una brisa, y el vestido púrpura comenzó a agitarse como un capullo prendido a su tallo; el césped se movía de atrás a adelante; y la mariposa blanca volaba de un lado al otro justo sobre el rostro de Miranda.

Las manzanas colgaban a un metro de su cabeza. De repente, se escuchó un chillido estridente, como platillos de metal resquebrajado chocando violenta y torpemente. Eran tan sólo los niños del colegio repitiendo la tabla de multiplicar al unísono. La maestra los interrumpía, los regañaba, y los niños comenzaban otra vez. El vocerío pasó a un metro de la cabeza de Miranda, atravesó las ramas de los manzanos, alcanzó al hijo del granjero —que juntaba zarzamoras en el seto cuando debía estar en el colegio— y lo hizo pincharse con una espina.

A continuación, un grito solitario, triste, humano, descarnado. El viejo Parsley estaba completamente borracho.

Las hojas más altas del manzano, planas como pececillos contra un manto azul, a casi diez metros del suelo, repiqueteaban en un tono lúgubre y meditabundo. Era el órgano de la iglesia tocando uno de los Himnos Antiguos y Modernos. El sonido salía flotando al aire y una bandada de tordos volando a extrema velocidad lo deshacía. Miranda dormía diez metros más abajo.

Más arriba del manzano y el peral, sesenta metros más arriba del huerto donde Miranda dormía, alguien daba sordos campanazos, pausados, secos, doctrinarios, pues seis pobres mujeres recibían la ceremonia de purificación y el párroco daba gracias al cielo.

Más arriba aún, con un fuerte crujido en la campana dorada de la iglesia, el viento viró de sur a este. Empezó a soplar por encima de todo, del bosque, de la pradera, de las colinas; miles de metros por encima de Miranda que dormía en el huerto. Sopló y sopló, sin mirar, sin pensar, sin toparse con nada que pudiera hacerle frente, hasta que, volviéndose, comenzó a soplar hacia el sur otra vez. Kilómetros más abajo, ocupando un diámetro no mayor que el de una cabeza de alfiler, Miranda se incorporó y dijo a viva voz: «¡Oh, llegaré tarde al té!».

Miranda dormía en el huerto, o quizás no estaba dormida, pues sus labios se movían apenas, como si dijeran: «Ce pays est vraiment un des coins du monde… oui le rire des filles… eclate… eclate… eclate». Después sonrió y dejó que su cuerpo se hundiera con todo su peso sobre la tierra infinita, la tierra que se eleva, pensaba, para cargarme en su espalda como si fuera una hoja, o una reina (aquí los niños repetían las tablas de multiplicar). O, seguía pensando Miranda, estoy recostada en la cima de un acantilado y las gaviotas chillan sobre mi cabeza. Cuanto más alto vuelan —pensó mientras la maestra regañaba a los niños y golpeaba a Jimmy en los nudillos hasta hacerlo sangrar—, más profundo miran hacia el mar. Hacia el mar, repitió, y sus dedos se relajaron, y sus labios se cerraron tranquilamente, como si estuviera flotando en el mar. Y después, al oírse el grito del borracho, inhaló profundamente, pues creía escuchar el clamor de la vida misma, saliendo de una lengua áspera, en una boca roja, en el viento, en las campanas, en las hojas onduladas de los repollos.

Naturalmente, se estaba casando cuando el órgano interpretó los acordes de los Himnos Antiguos y Modernos; y cuando las campanas sonaron después de que las seis pobres mujeres recibieran la ceremonia de purificación, el sonido seco y espaciado le hizo sentir que la misma tierra se sacudía con el golpe de los vasos del caballo que galopaba hacia ella. («¡Oh, sólo debo esperar!», suspiró). Y le pareció que todo había empezado a moverse, a gritar, a galopar, a volar alrededor de ella, frente a ella, hacia ella, siguiendo un patrón.

Mary corta leña, pensó; Pearman arrea las vacas; los carros cruzan las praderas; el jinete… Y trazó las líneas que los hombres, los carros, los pájaros y el jinete dibujaban sobre el horizonte, hasta que todos parecían empujados por el latir de su propio corazón.

Kilómetros más arriba el viento cambió; la campana dorada en la torre de la iglesia crujió; Miranda se incorporó sobresaltada y dijo «¡Oh, llegaré tarde al té!».

Miranda dormía en el huerto, ¿estaba dormida o no? El vestido púrpura se extendía entre los dos manzanos. Había veinticuatro manzanos en el huerto; algunos algo inclinados, otros crecían rectos; los troncos se abrían en ramas y formaban redondos frutos rojos o amarillos. Cada manzano tenía suficiente espacio. El cielo encajaba a la perfección con las hojas. Cuando el viento soplaba, la línea de ramas junto a la pared se inclinaba apenas y luego regresaba. Una lavandera volaba en diagonal de un rincón a otro; un tordo se acercaba saltando cuidadosamente a una manzana caída; desde la otra pared un gorrión voló al ras del césped. Estos movimientos contenían el ascenso de los árboles; los muros del huerto lo compactaban todo. Kilómetros más abajo la tierra yacía apiñada, revolviéndose en la superficie por el aire agitado; y al otro lado del huerto una línea púrpura rajaba el azul verdoso. Al cambiar el viento una rama cargada de manzanas salió volando tan alto que tapó a las dos vacas en la pradera («¡Oh, llegaré tarde al té!», gimió Miranda), y las manzanas volvieron a colgar rectas por encima del muro.

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