LA VELA PERPETUA

Por cuentos, Jorge Ibarguengoitia
LA VELA  PERPETUA

?Julia y t? ¿me dijo uno que ahora tiene fama de buen novelista?, han sido muy buenos amigos y volverón a serlo. Esto no es más que un pleito pasajero.

Se equivoc?. El pleito se acabó hace mucho, pero Julia y yo no volvimos a ser amigos, ni buenos ni malos.

Supongo que la gente habrá creído que nos pele?bamos por celos, porque en aquella ¿poca se podía pensar que Julia me pon?a los cuernos con el gringo aquíl que se llamaba Ed Hole; también se podía pensar que el celoso era el marido de Julia, porque Julia tenía marido cuando sucedi? el pleito y que Julia y yo le poníamos los cuernos. Pero las dos versiones carecen de fundamento. Ni Julia me puso los cuernos con Ed Hole, ni se los puso conmigo a su marido, por la sencilla razón de que Julia y yo nunca fuimos amantes.

Pero esto no es más que el final de la aventura. Lo interesante fue el principio.

Yo entró en la Escuela de Filosofáa y Letras, que entonces estaba en Mascarones, y allí la conoc?. Ni yo le gustaba a ella, ni ella me gustaba a mí; ni yo le simpatizaba, ni me simpatizaba ella. A Julia le gustaban los hombres esmirriados y muy cultos, así que me consideraba un ingenierote bajado del cerro a tamborazos. Yo, por mi parte, pensaba que a ella le faltaban pechos, le faltaban piernas, le faltaban nalgas y le sobraban dos o tres idiomas que ella cre?a que hablaba a las mil maravillas.

Nos avergonz?bamos el uno del otro. Un día subí al segundo piso de Mascarones y la encontr? allí platicando con Jaime Salines, el gran poeta, que ya desde entonces se cre?a Cristo Crucificado. Ella me vio venir con mi chamarra beige, mis pantalones beige, mi camisa beige y mis zapatos beige, muy quitado de la pena y me ech? una mirada que me dejó helado. Cuando llegu? junto a ellos, Julia me trat? como si apenas me conociera y Salines, que estaba pensando en la condición humana, ni me miró. En otra ocasión, tuvimos examen de Fon?tica; ella termin?, se levanté del asiento, entreg? su prueba y saliá de clase. Llevaba una bolsa de mecate con barbas de estropajo, porque era medio folkl?rica. Amancio Bola?o e Isla, que era el maestro, se le quedó mirando muy extraíado y cuando ella saliá me pregunt?:

?¿qué es lo que traía en la mano? Y yo, como San Pedro, contestá: ¿No sí, Maestro. No me fij?.

Pero si yo no le gustaba, si le parecía tan grandote y tan ignorante, ¿por qué estaba esperóndome aquella noche cuando salí de clase de Italiano y fui a mirar a las que estaban tomando clase de Danza? Si no tenía intenciones er?ticas, ¿por qué me propuso que caminóramos un rato y me llevó al Parque Sullivan? Misterio. Y si a mí no me gustaba, si la encontraba f?sicamente tan deficiente, ¿por qué le cogí la mano primero, por qué la besí después y por qué estuve besíndola cada vez que encontramos un rinc?n oscuro en el camino a su casa? Misterio. Y si pasó todo esto, ¿por qué no pasó nada despuésí Es decir, ¿por qué no acabamos donde deben acabar estas cosas: en la cama? también misterio.

Al día siguiente de aquella noche, llegu? muy galante a la Escuela y le pregunt?, con un tono medio arrebatado: ¿?Quieres que sea tu amante, tu marido, tu novio, tu amigo? ¿qué vamos a hacer?

?No haremos nada ¿me contestá, con una indiferencia bastante teatral?. Cuando salgamos de clase iremos al parque y allí nos besaremos. Eso es todo.

Y eso fue todo. Durante los cinco años que siguieron, nunca supe si fui su amante, su marido, su novio, o su amigo. Creo que ella tampoco llegó a saberlo.

Cuando la conoc?, acababa de divorciarse de su primer marido; cuando tuvimos el pleito, cinco años después, tenía tres de casada con su segundo marido. Es decir, que yo la conduje, con mano firme, de un matrimonio al otro y todavía la acompa?? durante los tres primeros años del segundo.

Durante una ¿poca me consol? pensando que no me había casado con ella porque no quería compromisos. ¿sta es una explicación simplista, porque supone que ella quería casarse conmigo, lo cual es una de las partes oscuras del misterio. Julia me dijo que no quería casarse conmigo y me dijo que quería casarse conmigo; me dijo que no me necesitaba y me dijo que no podía vivir sin mi apoyo; me dijo que ¿ramos como hermanos y me dijo que si en tal circunstancia yo hubiera “insistido”, ella no hubiera podido negarme nada.

Pero como “insist?” solamente en momentos inoportunos, todo comenzó en el Parque Sullivan, siguiá en el Parque Sullivan y termin? en el Parque Sullivan. Digo, todo lo er?tico. Lo no er?tico, en cambio, fue un verdadero margallate.

Por ejemplo, sus confesiones. La primera fue, como es l?gico, que estaba divorciada y que tenía un hijo. Esta revelación me pareció tr?gica, porque en aquella ¿poca me parecía que era tr?gico casarse, tr?gico parir y tr?gico divorciarse. La segunda revelación fue todavía peor: su marido había sido un homosexual de siete suelas. Esta tesis no dur? mucho tiempo y probablemente fue inspirada, no en hechos reales, sino en Un tranvía llamado Deseo, que en aquella ¿poca estaba muy de moda; en confesiones subsecuentes, su marido se convirti? en un man?aco sexual, que no se bajaba de ella. La tercera confesión fue que Fulano de Tal, que era tan su amigo, no era su amigo en realidad, sino que había sido su amante. habían tenido un coito en un departamento prestado, que les había salido muy mal. El caso es que desde esa ocasión, cada vez que se encontraban se quedaban como electrizados. Me confesó un embarazo y una hemorragia que le había venido cuando estaba parada en un c?sped esperando un camión; me confesó un “rechazo hacia el ser amado”; me confesó un principio de enamoramiento con un maric?n, un affaire con su mídico de cabecera y la ligera tentación lesbiana que le provocaba una argentina imb?cil que después se suicid?. Ahora estoy convencido de que la mitad de estas confesiones fueron ap?crifas, pero en esa ¿poca me las tragu? como si fueran el Evangelio; aprendí psicología, porque ella se tenía la terminología muy bien sabida y me quedó como quien va a la playa y ve de repente salir del agua a Laocoonte en aprietos.

Las confesiones fueron factor muy importante en las relaciones entre Julia y yo, porque por una parte me convert? en una especie de Doctora Corazón y por otra, me convenc? de que irse a la cama con Julia era una de las empresas más complicadas que pudiera intentar el hombre y la de ¿xito más problemático.

Un día me dijo, como para complicar más las cosas: éle platiqué a mi amiga María Elena de ti y ella me felicit?.

-¿Por qué te felicit??

? ¿Porque es tan raro que estas cosas sucedan!

Deb? preguntar cu?les eran las cosas que estaban sucediendo, pero me dio miedo y prefer? quedarme callado. Me quedó en la duda de si se refería a que había encontrado un buen confidente, o si le había “confesado” a María Elena que estábamos am?ndonos como locos.

María Elena nos invit? a comer un domingo y fuimos, la Sagrada Familia: ella, el niño y yo.

 

Al principio de nuestra relación, teníamos que pasar juntos cuatro horas diarias cinco veces por semana; por obligación, porque estábamos en la misma escuela y tom?bamos las mismas clases; después, cuando ya estábamos hechos uno al otro, no podíamos separarnos, ¿bamos a clase juntos, ¿bamos al café juntos y después la acompa?aba hasta su casa; en el camino entróbamos en un café de Insurgentes y ella com?a una ensalada de frutas y yo tomaba café; así pasaban otras dos horas.

En la Escuela, las mujeres mayores me decían: ¿Usted no se meta con ¿sa, que no le conviene. Julia tenía un halo tr?gico, que después de todo, era lo que la hacía atractiva. Escrib?a unas obronas en donde la gente sufría mucho, se aburría mucho y odiaba mucho y las le?a con voz lenta y precisa, con una sobriedad rayana en la monoton?a. Yo la escuchaba alelado, asombrado de que se le ocurrieran cosas tan tremendas.

Una estudiante americana, que nos conoci? el primer año, vino a fines del segundo y me pregunt? impaciente: ¿?Todavía no te has liberado de ¿sa? Pero yo no quería liberarme. No podía vivir sin ella, cre?a yo. Hubo dos viajes en los que ocurrieron cosas que determinaron el curso de la historia.

El primero fue un viaje… de estudio, digamos. No importa qué clase de estudio, ni a dónde fue; lo que importa es que los hombres estábamos en un cuarto y ella, que era la ¿nica mujer, estaba en otro. Cuando la encontr? lav?ndose los dientes y ella me miró y se rió con la boca enjabonada, comprendí que la relación de confesionario que estábamos teniendo en esa ¿poca iba a dar un salto. Dicho y hecho. Una tarde, después de dos días de investigaciones fruct?feras pero bastante aburridas, se fueron los demás al cine y nos dejaron solos en el hotel. Nos tomamos una botella de ron ”Potrero” sentados en una cama y después, recostados en la misma, hicimos actos previos bastantes para una vida de coitos. Pero cada vez que yo, con gran timidez quería llegar a mayores, ella me decía: “No, no”, y yo la obedecía. Después, se levanté y se fue a acostar en su cuarto, porque todo esto había pasado en el mío. aquí quisiera contar que cuando se fue, esper? un rato y después la segu? a su cuarto y la encontr? dormida, pero la verdad es que me quedó un rato pensando qué hacer y antes de decidir nada, me dorm?.

No vaya a pensarse que ella pasó horas retorcióndose en la cama. Lo más probable es que se haya dormido inmediatamente. Y si las pasó, muy su culpa, porque antes me dijo tantos “noes” como para acabar con las ganas de otro más apasionado que yo. El caso es que al día siguiente ella estaba encantada. Fuimos a dar un pase?to por unas arboledas y ella me tom? de la mano y me dijo: ¿ ¿qué feliz soy! ¿Siento que nada me falta! Al verme mirado con ojos de enamoramiento, me vino una solemnidad insoportable, que dur? varios días. Ella acabó dicióndome, cuando ¿bamos caminando por la calle, ya en México:

? ¿Pero no te sientas obligado a casarte conmigo!

Le agradec? mucho esta frase y no volví a sentirme obligado y volví a ser su confidente.

Este episodio termin? aquí te?ricamente; pero en realidad, dejó un sedimiento que había de causar más complicaciones. Quedaron frases como “aquella noche”, “si hubi?ramos seguido hubiera pasado tal cosa”, y en momentos de mal humor: “Te falt? pasión.”

Esta era la situación cuando surgi? el segundo viaje.

Yo tenía que ir a Veracruz a un asunto y un día, sin darme bien cuenta de lo que hacía, la invit?. Ella acept? inmediatamente. Al cabo de unos días, la desinvit?.

-¿Por qué? ¿me pregunt? ella, bastante molesta.

?Porque si vamos a Veracruz, estoy seguro de que no voy a resistir la tentación y voy a intentar “lo peor”.

En realidad, lo que yo quería era no gastar.

?No te preocupes ¿me dijo ella?. Si no quieres que pase nada, no pasar? nada. Te lo prometo.

Al ver que no quedaba más remedio, compr? los boletos, dos camas de pullman y allí vamos. Durmi? cada cual en su cama y muy de mañana nos arreglamos y nos bajamos del tren en La Antigua, que era donde tenía yo el asunto.

Al ver el estuario, ella dijo:

??A qué lugares tan bellos me traes!

Yo la tom? de la cintura y fuimos caminando hasta una casa, en donde almorzamos; después fuimos a arreglar el asunto famoso y para eso hubo que caminar diez kil?metros y a ella se le ampollaron los pies. Por último, nos desnudamos, de espaldas uno al otro, nos pusimos los trajes de baño y nos metimos en el r?o. Cuando estábamos ba??ndonos, ella me abraz? y me dijo:

? él?stima de que yo sea una mujer que tiene que vivir sola!

Yo no le contestaba cuando decía frases cr?pticas. Después, salimos del r?o, y de espaldas uno al otro, otra vez, nos quitamos los trajes de baño y nos pusimos la ropa seca. Regresamos a La Antigua, comimos y en la tarde tomamos el tren a Veracruz. allí fue donde ocurrió lo siguiente:

Me llevó al hotel en donde había pasado la luna de miel con su primer marido. Pedimos dos habitaciones. El due?o nos miró como quien ve visiones.

??Dos habitacionesí

Nos las dio, pero quedamos completamente desprestigiados y bajo grave sospecha. A Julia le toc? la habitación en donde había pasado su luna de miel, que había sido abominable, seg?n ella.

A mí me toc? un cuarto bastante feo, en donde me ba?? y me arregl? para ir a cenar. Después fui al cuarto de ella. Toqué a la puerta y la o? decirme que entrara. entró y vi a Julia, desnuda, claramente visible a través del vidrio esmerilado de la puerta del baño.

acabó de ba?arse y se sec? tranquilamente, sin darse cuenta de que yo estaba vióndola.

?Mira para otro lado, que voy a salir desnuda ¿me orden?.

Y miró para otro lado y ella saliá desnuda y se visti? a mis espaldas. Después, fuimos a cenar en La Parroquia. Ella estaba cansada y tenía los pies ampollados, así que decidi? irse a la cama temprano.

?Me acostar? y después t? vendr?s un rato y platicaremos.

Regresamos al hotel y ella se acost? y yo fui a su cuarto y cuando me dispon?a a intentar “lo peor”, ella me corrió de la cama e insisti? en leerme una obra de Rosario Castellanos. Me levanté furioso y me fui a la calle a buscar prostitutas.

 

Después de este episodio, me entró el fervor religioso. Iba a misa todos los días y comulgaba y le pedía a Dios Nuestro señor y a la Santésima Virgen que me dieran una compañera que fuera al mismo tiempo decente y cachonda. Fue mi mojigatería lo que precipit? el tel?n del primer acto de este drama de costumbres literarias. La cosa fue así: una tarde, estábamos en el café de Filosofáa y Letras, platicando, cuando me di cuenta de que ella, o, mejor dicho, su alma, “no estaba allí”. ¿En dónde estaba? En una mesa que había al otro extremo del café, ocupada por uno de los fil?sofos jóvenes más brillantes de la última generación. Dicho joven tenía la boca abierta y estaba hacióndole ojitos a Julia. Julia, por su parte, estaba como si le hubieran metido una brasa por el culo: sonrosada, con los ojos chisporroteantes y una risa idiota. Durante años sentí n?usea cada vez que record? esta escena. Ahora me da risa.

A?os después, Julia me cont? que esa noche le dije: “Esto no te lo perdonar? nunca.” No recuerdo haberlo dicho, pero si lo dije, lo dije bien, porque nunca se lo perdon?.

Uno o dos días más tarde, me agarr? la religión más fuerte que nunca y fui al Club Vanguardias y compr? boleto para unos Ejercicios de Encierro, de los que organizaba el Padre P?rez del Valle en una casa que tenían los jesu?tas en Tlalpan.

Mientras tanto, pasada la traición, como si nada hubiera ocurrido, Julia y yo seguíamos yendo a clase, yendo al café, yendo a su casa, etc. Yo le dije que me iba a Ejercicios y ella no le dio importancia al asunto.

El caso es que un jueves, llegu? a la escuela con mi maleta para irme a Tlalpan al salir de clase; dejó la maleta en la portería, entró en clase de Justino Fern?ndez, que era la ¿nica que no tomaba con Julia, tom? la clase y esto es que al salir, me quedó paralizado en la puerta del salín, al contemplar la siguiente escena: Julia estaba parada en una de las escaleras que van del patio a la planta principal, recargada en el barandal, mirando hacia abajo. En ese momento, el joven fil?sofo, que era lo que Julia estaba mirando, cruz? el patio, llegó hasta la escalera, subi? dos o tres pelda?os, le tom? la mano a Julia, le dijo algo, ella hizo un signo afirmativo; el joven le besí la mano y se alej?. Yo llegu? un poco después, como si no hubiera visto nada. Julia estaba muy carióosa y me acompa?? hasta la esquina en que tom? un camión que me llevó hasta el Zócalo. Yo iba temblando, como con calentura. El viaje del Zócalo a Tlalpan fue una pesadilla, lo hice en un camión de segunda, que iba repleto. Estaba en plena locura, porque no sabía por qué me sentía tan mal y cre?a que lo que tenía era temor de no llegar a tiempo a los ejercicios. Por fin llegu? a Tlalpan, pregunt? el camino, caminó unas cuadras, llegu? ante una puerta, llam?, me abrió una monja y entró en la Casa de Ejercicios. En el momento en que puse un pie dentro, se me quit? la angustia. Me sentí en una banca a esperar. No había llegado nadie.

Era octubre y hacía frío. A eso de las ocho empezaron a llegar los que iban a hacer el “retiro”. Eran tres o cuatro jóvenes que no tenían ninguna caracter?stica definida, un señor de unos cuarenta años que tenía aspecto de gran pederasta y un hombre de pelo gris, ex jesuita. llegó el Padre P?rez del Valle con dos de sus achichincles, dio gritos af?nicos y reparti? las habitaciones. Después, llegó el Padre que iba a dar los Ejercicios y cenamos.

El Padre era un santo varón. había pasado varios años en la Tarahumara, tenía el estámago hecho pedazos y no podía comer más que verduras cocidas, decía que Balzac era “froidista” y en un momento de confianza entre él y yo, me dijo lo siguiente:

?Durante muchos años no podía yo resistir los Ejercicios, porque me enfermaba al tercero o cuarto día. Pero ya descubr? el secreto: cada vez que la distribución dice “Meditación”, me duermo. Y mire, salgo de ellos tan campante.

Por si alguien lo ignora, conviene advertir que San Ignacio fue el que invent? el Lavado Cerebral y le puso por nombre Ejercicios Espirituales. Al cabo de tres días de estar metido en aquella casa, rezando en la capilla, oyendo las pl?ticas, paseando en el jard?n y meditando en mi habitación, fui a ver al Padre y le dije que tenía una relación complicad?sima con una mujer divorciada.

?Dale gracias a Dios que te ha iluminado ¿me dijo él Padre?. Este es un fruto muy hermoso de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola?. Le expliqué que no hacíamos el amor; él me dijo?: tanto va el c?ntaro al agua…

?No puedo dejarla ahora, Padre; ella me necesita.

?Hazlo paulatinamente entonces. Consulta con tu confesor, fija? una fecha para dejarla, y d?jala.

Yo promet? dejarla al cabo de un año, pero sucedi? que al día siguiente, lo primero que hice al llegar a la escuela, fue decirle a Julia que el Padre me había ordenado que la dejara. Ella se puso como una v?bora, porque nunca se imagin? que yo fuera a mandarla al diablo.

Los siguientes quince días fueron los más humillantes de mi vida. Julia los pasó del brazo del joven fil?sofo, yendo para arriba y para abajo, hasta que no hubo Cristo que no supiera que ya no andaba conmigo, sino con otro. Esto fue en ¿poca de ex?menes; después vinieron las vacaciones y en diciembre Julia se casí con el fil?sofo.

 

Me gustaría poder contar que fui muy valiente y que soport? imperturbable la gran aventura rom?ntica de Julia. Nada de eso. En una ocasión le dije: “Pero, Julia, yo no quisiera que esto terminara así”; en otra, nomás por conservar las apariencias en clase de Panchito Monterde, le pregunt?: “?Y Cómo está el niño?” Y en otra, que fue la más rid?cula, me la encontr? en la salida de la biblioteca y ella se rió y yo me re? y ella me dijo:

??Hemos sido tan buenos amigos. ..!

La acompa?? a dar una vuelta por Santa María la Ribera, a la hora del crep?sculo y ella me cont? la historia de su gran amor, salpicada de frases como ‘ ‘?l es muy apasionado. . .”, “está muy enamorado de mí. . . “, “no pasa día sin que me proponga matrimonio. ..” y termin? diciendo:

??Es tan raro ver un amor tan grande! ¿Es tan raro, pero es tan bello! ¿No te parece bello este amor que estoy viviendo?

Han pasado trece años pero todavía me acuerdo que cuando ella dijo esta frase, yo estaba comióndome un síndwich con aguacate, que me supo muy mal.

La siguiente vez que la vi, estaba ya casada, embarazada y creo que tejiendo unos zapatitos. El marido se había ido de viaje, pero de todos modos ella estaba feliz, haciendo planes para el futuro.

?Viviremos en la Riviera ¿me dijo, los padres del fil?sofo estaban nadando en pesos.

Lo que más me averg?enza de este episodio es haber sido tan magn?nimo, porque fue entonces cuando deb? golpearla hasta hacerla abortar. Pero nada, le di el medio kilo de chocolates que le llevaba y me fui muy triste, por las calles oscuras, y cuando me detuve para orinar frente a un árbol, casi llor?.

 

Pero me esperaban ratos de gran regocijo. La siguiente vez que la vi tenía tres meses de embarazo y hacía dos que el marido no le escrib?a. estábamos sentados en las escaleras de Filosofáa y Letras. Era ya de noche.

?Me siento abandonada ¿me dijo.

La noche, la Escuela, los naranjos estáriles que había en el patio, todo me pareció más bello, pero lo ocult?.

? ¿Cuánto lo siento! éle dije.

Y volví a ser su confidente.

Cuando el marido regresí del viaje ocurrieron cosas todavía mejores; lo primero que ella le dijo fue lo que ya me había dicho a mí y lo que hubiera podido decirle al mundo entero, si el mundo la hubiera escuchado:

?No necesito de ti.

Y el marido, desconcertado, cogi? sus maletas y se fue a vivir en un hotel.

Mientras tanto, ella alquil? una casa nueva y la decor? con ayuda de un servidor.

?Los libros de Pap?, los quiero allí, y el sillón, ac? ¿me decía ella.

Y yo pon?a los libros allí y el sillón ac?. No había mucho que acomodar, porque la sobriedad de Julia era casi sírdida.

Después, se reconcili? con el marido, pero no se fueron a vivir en la Riviera, sino que él vino a vivir en la casa que acabóbamos de decorar. Ella lo mantenía, porque él no había avisado a sus padres que se había casado y no le habían aumentado su mesada. Yo seguía siendo el brazo derecho de ella.

? Necesito algo que sílo un hombre fuerte puede hacer ¿ me dijo un día. Y me mandí con una chamarra de gamuza blanca, a que se la ti?eran de azul.

En otra ocasión, me mandí a poner un telegrama que decía: “Reserven una habitación con cama matrimonial punto con vista al mar punto para dos personas punto.” En la escuela no se me separaba y como la panza le seguía creciendo, la gente empezó a sospechar que yo era el padre de la criatura. volví a sentirme como San José.

?Mi marido no quiere presentarme a sus amigos ¿ me decía.

?No sí por qué dejaste que me casara con él ¿ me dijo
Julia una vez ¿ . Le hubieras dado un pu?etazo y se hubiera muerto del susto.

Pero a mí no se me ocurrió nunca arreglar la cosa a pu?etazos. De cualquier manera, empecé a sentir que me habían despojado de algo que me pertenecía y escrib? una obra que se llama La lucha con el ¿ngel en la que a uno de los personajes lo despojan de algo que le pertenece.

Pero el parto vino a componerlo todo, o casi todo. Ella dio a luz un rollizo beb? y él no pudo seguir ignoróndola y acabó presentíndola a sus amigos y avisando a sus padres que no sílo estaba casado, sino que ya tenía descendencia. El resultado de este último acto no fue el esperado, porque no se fueron a vivir en la Riviera, sino que siguieron en la misma casa.

Las relaciones no eran muy buenas. ¿ Hago sopa Campbell’ s todos los días y él es tan bruto que no se da cuenta ¿ me dijo Julia.

Pero el día que fui a comer con ellos, nos sentamos a la mesa y cuando Julia fue a traer la comida, el marido me dijo:

? Nos va a dar sopa Campbell’s, pero no le diga que sabe lo que es.

Ella se quejaba bastante:

?Sale con sus amigos y se come un filete, que cuesta un dineral.

O bien:

?Duerme hasta las doce del día y las moscas se le paran en la cara.

Mientras esto le pasaba a Julia, a mí me ocurrían cosas aún más extraías. Una noche, en el café de Insurgentes, se las cont?.

?Creo que me voy a ir de Padre éle dije.

Ella se puso l?vida. Yo segu?:

?Ayer, durante la Comunión, vi en la Hostia Consagrada a Dios Nuestro señor que me decía: “sí mío.”

Ella estaba furiosa, porque su padre había sido librepensador y ella también lo era, pero no discuti?, ni dijo que todo eso le pareciera una tontería.

Cuando salimos del café, estaba lloviendo y tuvimos que guarecernos, y, mientras nos guarecíamos, ella llor? y mientras más lloraba ella, más triunfante me sentía.

Pero pasó el tiempo y no me fui de cura, sino que me volví escritor y empecé a enamorarme de Julia. sí, a enamorarme, es decir, a pensar todo el tiempo en acostarme con ella y no de vez en cuando. Nos veíamos todos los días y pasóbamos muchas horas juntos. El marido nunca estaba en la casa. Una noche que ella estaba cocinando unos filetes, poco falt? para que hici?ramos el amor en la cocina:

??Nos habrá o?do el niño? ¿pregunt? ella.

Y yo me fui de la casa, con un nudo en la conciencia y sin haber despachado el asunto. Ella me reclam? al día siguiente:

?Eres capaz de cualquier cosa. Me dejas entumida y te vas.

Yo me ofendía, pero el affaire había sido tan complicado que ya hasta me sentía impotente.

Como estaba casada con fil?sofo, Julia se volviá muy inteligente y mientras subían mis bonos sexuales, intelectualmente me hundí.

?Dicen los tratadistas. . . ¿dijo una vez. Y otra: Es que cuando digo “realismo”, estoy usando el t?rmino en un sentido más amplio.

En unas reuniones de escritores, a las que asistíamos cada semana, Jorge Portilla, que en paz descanse, ley? un cap?tulo de la Fenomenología del relajo y luego me preguntaron qué opinaba.

?No entiendo bien ¿dije.

?Bueno, pero eso ya no es culpa mía ¿dijo Portilla.

?Pues sí es, porque no entiendo porque está mal escrito.

En esto tenía yo mucha razón. La prueba es que Portilla ley? el mismo cap?tulo tres veces y todos creyeron que eran tres cap?tulos diferentes. Pero Julia no lo consideraba así.

?Te has puesto en evidencia ¿me decía?; ahora todos dicen que eres tonto.

?Que digan lo que quieran. A mí no me importa ¿decía yo.

?A mí tampoco me importaría, si no fueras mi amigo y no tuviera que defenderte.

Era una lata, porque no podía uno abrir la boca con tranquilidad entre tanta lumbrera.

En otra ocasión, en la misma reunión de escritores, se nos presentaron unos individuos que decían que iban a publicar una revista tan buena como el Vogue y querían colaboraciones. Todos estuvieron de acuerdo en colaborar. Todos, menos yo.

??Cuánto van a pagarnosí éles pregunt?. ¿Nada ¿me contestaron.

Yo dije que me parecía rid?culo que estuvieran pensando en pagar tanto en papel, tanto en impresión, tanto en distribución. Mi argumento quedó interrumpido por Julia que me dijo en voz baja y entre dientes: ¿estás port?ndote como un cretino. Los de la revista se fueron convencidos de que ¿bamos a colaborar gratis. Pero no fue así: gracias a Julia, que quince días más tarde llegó y dijo:

?He sabido que el número I de la Revista X va a estar dedicado a Batista.

? Who is Batista? ?pregunt? la señora Shedd.

?A Latin-American despot ?le explic? alguien.

Y ya nadie colabor? en la revista aquella. Pero yo volví a quedar mal, porque todos dijeron que yo no tenía ideales y que si nos hubieran pagado no hubiera vacilado en colaborar en una publicación capaz de dedicarle un número a Batista.

Así andaban las cosas cuando vino el tercer viaje, que iba a ser el Waterloo de nuestros amores.

No importa quién dio las becas, ni Cómo las conseguimos; lo que importa es que cuando querían mandarme a Calcuta, 111., y a ella a Nueva York, ella me dijo:

?Sin ti no voy a ninguna parte.

Y arreglamos, con muchos trabajos y dando mucho qué decir, que también me mandaran a Nueva York. Como yo tenía que irme dos meses antes, tuvimos una despedida bastante oper?tica detr?s de una puerta.

Llegu? a Nueva York a mediados de agosto; había una temperatura de 98?F. Por las noches, en un cuarto de hotel, me sentaba desnudo frente a una mesa y le escrib?a a Julia cartas rom?nticas que empezaban: “Quisiera ser marinero. . .” Después, me levantaba de la silla y me sentaba frente a la ventana abierta a mirar a las tres muchachas que vivían en la casa de enfrente, que iban de un lado a otro sin más ropa que pantaletas transparentes; una vez, vi que una de ellas se rascaba el sexo mientras hablaba por teléfono. Junto a ellas y sin poder verlas, vivía un señor de pelo lamido, anteojos de concha y bigotes de morsa, que se pasaba las horas muertas observ?ndome a mí. Abajo de este hombre vivía un matrimonio del que, por las leyes de la ¿ptica, no alcanc? a ver más que de la cintura para abajo. “Quisiera ver lo que t? ves”, me decía Julia en una de sus cartas, “o?r lo que t? oyes, sentir lo que t? sientes…” Me daba la gran vida, me levantaba muy temprano y me salía a la calle y entraba en donde me daba la gana y salía cuando me daba la gana. En septiembre llegó una carta de Julia con direcciones muy concretas. Pensaba vivir en la Casa Internacional de la Universidad de Columbia, así que había que hacer reservaciones. Pues fui a la Casa Internacional, reserv? dos habitaciones, una para inmediatamente, la otra para la fecha en que se supon?a que llegaría Julia, pagu? por adelantado varios meses de alquiler, y al poco rato llegu? con mis maletas a instalarme. Me llevaron a una habitación del octavo piso que tenía vista al r?o. No me daba todavía cuenta de que había ca?do en una trampa. La Casa Internacional tiene dos secciones perfectamente aisladas; en una viven los hombres y en la otra las mujeres. Así que si quiere uno hacer el amor, tiene que hacerlo con personas de su propio sexo, detr?s de los buzones o en las escaleras de emergencia.

Este descubrimiento me desconcert? mucho, pero más me desconcert? la siguiente carta de Julia. “No quiero faltarle a mi marido. . . ” decía.

Por fin llegó el día en que había de llegar Julia. Me puse el traje azul que acababa de comprar y fui al aeropuerto.

“Se va a rodar en la escalera al bajar del avión”, pensaba yo.

Alquil? unos catalejos para verla rodar por la escalera, pero el avión aterriz? en otro lado y no vi nada. Baj? a los salones de la Aduana y debajo de su inicial la vi. Estaba completamente transformada. Muy bien vestida, con un traje gris que nunca le había visto, tenía el cutis estupendo y los ojos relampagueantes; estaba muy segura de sí misma. Cuando ella salía con su maleta, entró en la Aduana y nos dimos tal beso, que la gente se hizo a un lado para que pudi?ramos besarnos mejor.

Fuimos a la Casa Internacional, ella se instal?, cenamos juntos, fuimos a que ella comprara pasta de dientes, etc., y después, a dar un paseo por Riverside Drive. Entonces me hizo varias revelaciones:

?En México se dice que somos amantes.

?¿qué infamia!

?Pero hay quien opina que t? eres homosexual.

No me hizo ninguna gracia. Después me cont? tres o? cuatro historias que no eran agradables. “Tu obra fue rechazada en tal parte y la mía aceptada”, “Don Julio Jim?nez Rueda no te quiere nada. . .”, etc?tera.

Con la llegada de Julia se acabaron mi movilidad, mi libertad y mi tranquilidad. Ella tenía la costumbre de decir que se levantaba a las seis de la mañana y que escrib?a sus obras de siete a diez; el caso es que en Nueva York no escribi? una letra y nunca la vi bajar antes de las diez de la mañana. Yo me pasaba una hora antes de cada comida sentado en un sofá del lobby. A tal grado, que un negro, que era amigo mío, se me acerc? un día y me dijo: élo hacen esperar mucho.

El dolor que me causí esta observación fue desproporcionado, porque lo tom? en sentido metaf?rico.

En los primeros días ocurrieron cosas que me hicieron concebir esperanzas, porque a estas fechas ya estaba yo, por fin, decidido a irme al infierno por hacer el amor con una mujer casada (dos veces). Pero de buenas a primeras, me dijo:

?Esto no puede seguir así.

Y desde entonces, cada vez que le pon?a una mano encima, me la quitaba. Cuando vi que aquello no llevaba buen camino, me arrepent? de mis pecados, fui a San Patricio y me confesó con un padre que estaba en un confesionario que decía “Confesiones en Espa?ol”.

?He deseado a una mujer casada ¿dije. ¿No es muy serio ¿me dijo el padre?. Tres Aves Marías.

Mientras tanto, ella, de tanto estar sentada en la cafetería de la Casa Internacional, fue creando a su alrededor un círculo, formado por un joto colombiano, un decorador argentino, un imb?cil chiapaneco, un ex seminarista, un vagabundo y un bailarón espa?oles, un negro chileno, un economista irlandís y tres trabajadoras sociales de diferentes partes del Caribe. Era una hu?sped sumamente estricta; por ejemplo, rechaz? del círculo a un joven mexicano que había sido compañero mío de los Boy Scouts, a un colombiano economista que había tenido una larga conversación conmigo, a la novia de ¿ste, que era una americana desabrida (“si ¿sa se para en una esquina”, dijo Julia, “le proponen matrimonio”), y a un escritor filipino que había hecho amistad conmigo. Por otra parte, cuando se le pegaba algún monstruo, venía corriendo conmigo. ¿¿quétamelo, que no hallo qué hacer con él! ¿me decía.

Y había que hacerle la conversación al monstruo mientras Julia pon?a su recato a salvo.

Su tienda favorita era Macy’s pero un día sac? sus ahorros y me dijo:

?Ll?vame a Greenwich Village, porque quiero comprar un suéter.

Y fuimos a Greenwich y después de ver varias tiendas entró en una que estaba en un sítano y saliá con un paquete. Regresamos a la Casa Internacional, yo fui a la cafetería y ella fue a su cuarto y al rato apareció con el suéter famoso, que era color mandarina, tenía cuello de tortuga y le sentaba como una piedra.

?Te queda muy bien éle dije, con una sonrisa helada.

Se sentía inCómoda.

Después llegaron otros miembros del “círculo” y le dijeron lo mismo, que le quedaba muy bien.

Al día siguiente, cuando baj? a desayunar, me dijo: ¿Necesito que hagas algo que sílo un hombre fuerte puede hacer.

había que ir a Greenwich a cambiar el suéter por otro. Ella no podía hacerlo porque le daba verg?enza.

?Pero tienes que ir t?, para probarte y para escoger el suéter nuevo éle dije, con mucha razón, como se ver? después.

?El que t? escojas estar? bien ¿dijo ella. ¿¿qué número usasí ¿Cuarenta.

Me pareció muy raro, pero ella me ense?? el suéter rojo y efectivamente, tenía un número 40, así que fui a la tienda que estaba en el sítano, les expliqué a las due?as que mi esposa había comprado un suéter que a mí no me gustaba y ellas no tuvieron inconveniente en que yo escogiera uno negro con el cuello en forma de V; me cercior? de que fuera del 40 y regresí a la Casa Internacional. Esa noche, Julia apareció con el nuevo suéter. Le llegaba a las rodillas y le sobraban veinte cent?metros de mangas.

?Te lo regalo ¿me dijo.

Pero no lo quise, porque era de mujer. Después se lo regaló a un amigo suyo a quien también le quedaba grande.

 

Julia era bastante sana, pero hipocondríaca, estaba segura de que iba a darle un síncope de un momento a otro. Yo también estaba seguro de eso. Esta seguridad produjo dos incidentes lamentables. El primero ocurrió una noche, en que quedamos de vernos a las ocho en el lobby. Entre ocho y nueve y media, llam? catorce veces a su habitación y cuando ya la hacía muerta y cubierta de moscas, apareció muy campante. había estado en el cuarto de una de las trabajadoras sociales.

?Vamos a algún lado a bailar ¿me dijo.

Yo tenía la boca amarga.

?No quiero bailar.

??Ay, qué ch?pil estás! ¿me dijo y tuvimos un gran pleito.

El otro incidente empezó en la peluquería. Yo iba a una peluquería en donde había dos peluqueros viejos, uno italiano y el otro austríaco; ambos habían estado en el Caporetto y se odiaban. Por fin, el italiano, que era el due?o, pudo más y despidi? al austríaco, que fue sustituido por un siciliano reción desembarcado. Pues esto es que llego a la peluquería, me pela el siciliano, que en su vida había cogido unas tijeras y me deja como Lawrence Olivier en Hamlet.

??No quiere que lo empareje? ¿me pregunt? el italiano viejo, que ve?a perdido un cliente.

?Así d?jelo éle dije y regresí desconsolado a la Casa Internacional.

Era hora de almorzar. Llam? a Julia a su cuarto y no contestá, la busqué en el cuarto de juegos y no estaba, la busqué en el de másica y no estaba, la busqué en los teléfonos y no estaba. Esper? media hora y volví a llamar y no me contestá. Esper? otra media hora; misma operación, mismo resultado. Desesperado, baj? a la cafetería, ¿y qué es lo primero que veo? Nada menos que a Julia, sentada en una mesa con el joto colombiano, que en esos momentos estaba declaróndole su amor.

“Yo a ¿ste, lo mato”, dije para mis adentros. Afortunadamente no cumpl? esta amenaza, porque hubiera sido bastante rid?culo. En vez de eso, me acerqué con toda solemnidad a la mesa.

?Julia, necesito hablar contigo muy seriamente éle dije.

Ella me miraba con la boca abierta. No me reconoCÍA con mi nuevo peinado. El colombiano se levanté discretamente y se fue. Julia y yo salimos al vestábulo. Yo iba dicióndole:

?Tengo una hora busc?ndote. .. Llam? a tu cuarto. . . Cre?a que habías tenido un síncope. . . ¿y termin? con un fervorón?: Piensa que si me preocupo por ti, si te busco, si te llamo, es porque te quiero.

En vez de contestar algo sensato, algo adecuado a esta declaración de principios, ella me pregunt?.

?¿qué te pasó en la cabeza?

Me sentí completamente imb?cil:

?Fui a la peluquería ¿contestá.

Ella solt? una carcajada que todavía me retumba en las entraías.

Esa misma tarde fui otra vez a San Patricio, me equivoqué de padre, me confesó con uno americano y le dije:

?He deseado a una mujer casada.

Me rega?? como si nunca hubiera sabido de un hombre que deseara a una mujer casada.

?No puedo darle la absolución si no me promete. . . ¿no recuerdo qué fue lo que tuve que prometerle para salir de allí absuelto.

Pero mis relaciones con Julia iban de mal en peor. Cada vez que me ve?a con la cabeza trasquilada, se re?a de mí. La descompostura dur? un mes.

 

Un día, no sí por qué causa, decidimos comer bien. Yo me detuve frente a un restaurante ruso y me puse a leer el menú que estaba en la puerta.

? “Boeuf Strogonoff. ..”

-¿Pero, estás loco? ¿Cómo vas a entrar en un lugar en donde no sabes ni lo que vas a pedir? ¿Me dijo Julia, de muy mal humor.

Fuimos a Lobster House y cuando me dispon?a a entrar, Julia me dijo:

?Mejor vamos allí.

Y fuimos a un restaurante de gente pobre que decía “Goodeats”.

Cuando yo estaba d?ndole la segunda cucharada a una sopita de pollo, Julia me dijo, con toda seriedad:

?T? tienes facilidad para escribir, pero no tienes vocación. Yo sí tengo vocación.

Se refería a nuestra profesión de escritores. Luego me dijo:

?T? eres un buen hombre. Lo que se llama “un buen hombre”.

Se refería a mi situación moral.

Compr? un sombrero y los domingos ¿bamos a misa juntos. decía que quería convertirse. Era un engorro, porque las misas americanas son muy malas. Piden limosna todo el tiempo y lo rega?an a uno si da menos de veinticinco centavos.

 

Julia empezó a darme a leer las obras de Ed Hole, que era un americano que ella había conocido en México antes de salir. también me ley? una carta de su marido, en la que decía ” Los labios de Fulana (una de las grandes putas aficionadas que abundan en nuestros círculos intelectuales) me rozaron furtivamente. . .” Julia casi lloraba:

-¿Por qué me dice esto? ¿decía, como si ella nunca hubiera contado una mentira. El caso es que la situación empezó a ser muy cargante. Hasta que explot? en una función de la Comedie Francaise.

Fuimos a ver Le Bourgeois Gentilhomme y cuando estábamos entrando en el teatro me dijo:

?Particip? en tal concurso, porque sabía que no había ning?n concursante de peligro.

Me quedó helado, porque yo había sido uno de los concursantes inofensivos. Julia había ganado el premio con una obra muy mala, en consideración a sus míritos y a su sexo. No dije nada, pero me puse de un humor de todos los diablos.

Cuando ya estábamos sentados, leyendo los programas, ella me dio la oportunidad de darle un palo. Me dijo:

?Hoy tuve un desvanecimiento, ayer, un v?rtigo, antier, jaqueca, mañana me toca c?lico. Debo tener la presión baja.

??Y a mí, qué? éle dije.

Me miró horrorizada por mi indiferencia ante el dolor humano. No volvimos a hablar en el teatro. A la salida, compr? un periódico para protegerme durante el viaje a la Casa Internacional. Tomamos el subway y yo me sentí y me puse a leer y ella se sentí y se quedó callada. Debo confesar que empezaba a tener miedo, porque Julia, igual que las hero?nas de sus obras, era capaz de odiar en silencio durante días enteros; yo, en cambio, soy capaz de pedir perd?n de lo que sea y cuanto antes. Pues iba yo leyendo, digo, y pensando que iba a tener que pedirle perd?n, cuando decid? echarle una miradita con el rabo del ojo para ver qué cara tenía. Me quedó estupefacto. Estaba igual que cuando conquist? a su marido en el café de la Escuela de Filosofáa y Letras: sonrosada, relampagueante, sonriente. Con mucho cuidado, baj? un poco el periódico y miró al asiento de enfrente, para ver a quién estaba mirando Julia. Me quedó más estupefacto todavía. ¿En el asiento de enfrente no había nadie! Julia estaba miróndose a sí misma en el cristal de la ventanilla.

Al llegar a la calle 120, Julia se levanté de su asiento sin decir nada y fue hasta la puerta. La segu? doblando el periódico y nos apeamos en la 126. Bajamos las escaleras de la estación y echamos a andar hacia la Casa Internacional, en silencio y sin tomarnos del brazo. Yo iba pensando Cómo terminar el episodio de nuestro pleito silencioso, cuando, al doblar una esquina o?mos, casi al un?sono, un golpe sordo y un grito de mujer. Julia y yo nos tomamos del brazo, de tan asustados que estábamos. A una cuadra de distancia y precisamente en la mitad de nuestro camino hacia la Casa Internacional había un grupo compuesto por un hombre que estaba envolviándose una mano en un pa?uelo, otro que estaba enjarras y una mujer que estaba recargada en el quicio de una puerta. Ellos eran negros, y ella blanca. Al vernos venir, suspendieron la violenta discusión que tenían. Yo no me atrev? a poner a Julia del lado de la calle y a pasar entre el grupo y ella, porque hubiera sido un acto demasiado violento, aparte de in?til y prefer? seguir de frente y pasar de largo. Pues pasamos junto a ellos y seguimos adelante y a los veinte pasos que dimos, volviá a empezar la discusión. Yo estaba decidido a seguir de frente, porque no tenía intenciones de ponerme a golpes con dos negros para defender, no una, sino dos mujeres; pero nada, Julia, que como suele pasarles a las de su sexo, se sinti? muy valiente, se detuvo y se volviá hacia donde estaba el grupo. A mí no me quedó más remedio que hacer lo mismo. Fue una medida muy afortunada, porque la discusión volviá a suspenderse y al no movernos nosotros, la mujer se atrevi? a salir del quicio de la puerta y a echar a andar hacia donde estábamos. Los negros la insultaron y nos insultaron, pero no se atrevieron a moverse. A unos cuantos pasos de nosotros, la mujer entró en una casa y cerr? la puerta; nosotros seguimos nuestro camino hacia la Casa Internacional y los negros siguieron insult?ndonos. Al llegar al vestábulo de la Casa Internacional, Julia sac? de su bolso las dos mu?equitas japonesas que yo había comprado y que le había dado a guardar y me dijo:

?No me hables mañana. Espero no verte en todo el día.

Creo que tanto a ti como a mí nos hacen buena falta unas vacaciones.

Yo respondí con una frase que usí frecuentemente en mi relación con Julia:

?Te aseguro, Julia, que lo siento much?simo.

Y se fue cada uno por su lado. Ella al departamento de mujeres y yo al de hombres.

Esa noche mi sue?o fue amargo, pero profundo, y al día siguiente hice un plan para pasarlo sin Julia. Record? que ella no tenía dinero y decid?, con gran magnanimidad, dejarle cinco d?lares en su buz?n. Estaba pein?ndome cuando toc? el timbre que anunciaba que me llamaban por teléfono. Corr? a la cabina. Era Julia.

?Quiero pedirte perd?n, porque he sido muy injusta.

Le dije que no había de qué pedir perd?n; me sentía feliz. cambió mis planes y pasamos el día juntos. Al cabo de un rato comprendí que a pesar de lo que me había dicho por teléfono, no se sentía injusta, sino v?ctima de un neurast?nico.

?No quiero que hablemos más del asunto ¿me dijo, cuando quise hablar del pleito que habíamos tenido.

Al día siguiente arregl? que la organización que me había dado la beca me mandara a Calcuta, 111.

??Y vas a dejarme aquí sola? ¿me pregunt? Julia cuando supo esta decisión.

Me sentí muy culpable y los días que precedieron a mi partida fueron muy tiernos.

?Sabes por qué me voy, ¿no? éle pregunt? la v?spera de irme.

?Porque eres hombre y te gusta conocer cosas.

?Eso es éle dije. Pero yo mismo no sabía bien por qué me iba.

No me daba cuenta de que ¿ste era, en realidad, The endofthe affaire. Habíamos hecho todo, menos el amor, y todo había salido mal, y si hubi?ramos hecho el amor, también hubiera salido mal. había llegado el momento de liar el petate.

Y me fui. Pero todo fue salir de Nueva York para no pensar más que en Julia. En cada estación le mandaba una tarjeta dicióndole que la extraíaba. En Calcuta encontr? tres cartas muy carióosas.

Así seguimos, escribióndonos muy seguido, hasta que un viernes, recogí una carta suya en el Correo y la llevó sin abrir a la cafetería donde acostumbraba cenar. Ped? una chuleta de ternera. Quería celebrar la carta de Julia con un pecado mortal, porque era día de vigilia. ¿Cu?l no sería mi sorpresa, cuando abrí la carta y le?, entre otras cosas: “No pienso seguirte en tu próxima aventura espiritual . . . estoy harta… no quiero saber más de ti… eres un advenedizo. . . tus cuentos son muy malos. . . tus clases son p?simas. . .”!

Le escrib? una carta que era un verdadero tango: “… yo, que fui tan sincero. . . nunca te di motivo… no me explico tu actitud…”

Fui a la iglesia y me confesí:

?Ac?some Padre de que com? carne en día de vigilia.

Los siguientes tres días fueron un mon?logo constante, ya estuviera yo caminando por los bosques o recostado en mi cama. empecé diciendo “No entiendo, Julia, qué quieres decir con eso de advenedizo”; y acabó diciendo: “?Advenedizo yo? Advenediza tu chingada madre.” Pasada esta frase, salí a la calle, compr? un suéter y varias camisas y me olvid? de Julia y de la religión. No he vuelto a verla, ni a confesarme.

 

 

 

 

 

 

 

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