RECORDANDO A MELODY

Por George RR Martin
RECORDANDO A MELODY

Ted estaba afeitándose cuando sonó el timbre. El ruido le sobre­saltó tanto que se cortó. Su apartamento de propiedad se hallaba en la planta treinta y dos, y Jack, el portero, solía avisarle por anticipado de cualquier posible visita. Así pues, debía ser alguien del edificio. Pero Ted no conocía a ningún vecino, al menos no más allá del intercambio de sonrisas en el ascensor.

—¡Voy! —gritó.

Con aspecto ceñudo, tomó una toalla y se limpió la espuma de la cara. Luego dio unos toques a la herida con una gasa.

—¡Mierda! —exclamó a su cara reflejada en el espejo.

Tenía que estar en el tribunal esta tarde. Si se trataba de otro Testigo de Jehová como el que consiguió superar la vigilancia de Jack el mes anterior, los dos iban a pasar un mal rato, cierta­mente.

El timbre sonó otra vez.

—¡Ya voy, maldita sea! —chilló Ted.

Dio un último toque a la sangre de su cuello, echó la gasa en la basura y cruzó a grandes zancadas la hundida sala en dirección a la puerta. Atisbó recelosamente por la mirilla antes de abrir.

—Oh, mierda —murmuró. Antes que ella llamara de nuevo, Ted quitó la cadena y abrió la puerta—. Hola, Melody.

La mujer sonrió lánguidamente.

—Hola, Ted —replicó.

Llevaba en la mano un bolso viejo, una raída bolsa de tela con un horrible diseño de cuadros rojos y negros, y la rota asa estaba sustituida por un trozo de cuerda. La última vez que Ted vio a Melody, haría tres años, ella tenía un aspecto terrible. En ese mo­mento su apariencia era peor. Su vestimenta (pantalones cortos y una camiseta estampada de manga corta) estaba arrugada y sucia, y resaltaba su delgadez. Sus costillas asomaban claramente, sus pier­nas eran palillos. Su cabello rubio, largo y lacio, no parecía reciente­mente lavado, y tenía la cara enrojecida e hinchada, como si acabara de llorar. Eso no era ninguna sorpresa. Melody siempre llo­raba por una u otra cosa.

—¿No vas a decirme que pase, Ted?

Ted hizo una mueca. No quería decirle que pasara. Sabía por experiencia lo difícil que era deshacerse de Melody. Pero no podía dejarla en la puerta con el bolso en la mano. Al fin y al cabo, pensó con amargura Ted, ella era una vieja y querida amiga.

—Oh, claro —dijo. Hizo un gesto—. Entra.

Le tomó el bolso y lo dejó junto a la puerta. Luego la condujo a la cocina y puso agua a hervir.

—Parece que te vendría bien una taza de café —dijo Ted, esfor­zándose en mantener amistosa la voz.

Melody sonrió de nuevo.

—¿No te acuerdas, Ted? No tomo café. No me sienta bien, Ted. Te lo he dicho muchas veces. ¿No te acuerdas? —Se levantó de la mesa y empezó a rebuscar por los armarios—. ¿Puedes hacer choco­late caliente? —preguntó—. Me encanta el chocolate caliente.

—No tomo chocolate —repuso Ted—. Solamente café, mucho.

—No deberías —dijo ella—. No te sienta bien.

—Sí —contestó él—. ¿Te apetece un zumo de fruta? Tengo zumo.

Melody asintió.

—Estupendo.

Ted llenó un vaso de zumo de naranja e hizo que Melody vol­viera a sentarse a la mesa. Después puso unas cucharadas de café en una taza y esperó a que hirviera el agua.

—Y bien —dijo—, ¿qué te trae a Chicago?

Melody se echó a llorar. Ted se recostó en la cocina y la contem­pló. Era una llorona muy ruidosa, y producía una asombrosa canti­dad de lágrimas para ser una persona que lloraba tan a menudo. Melody no levantó la cabeza hasta que el agua empezó a hervir. Ted llenó su taza y añadió una cucharada de azúcar. La cara de Melody estaba más roja e hinchada que nunca, y sus ojos se clavaron en Ted de modo acusador.

—Las cosas me han ido francamente mal —dijo ella—. Necesito ayuda, Ted. No tengo ningún sitio donde vivir. Pensé que podría quedarme contigo algún tiempo. Las cosas han ido francamente mal.

—Siento oír eso, Melody —replicó Ted mientras sorbía pensati­vamente café—. Puedes quedarte aquí unos días, si quieres. Pero sólo unos días. No ando a la caza de un compañero de apartamento.

Ella siempre le haría sentirse como un bastardo, pero era prefe­rible mostrarse firme desde el principio, pensó Ted.

Melody prorrumpió en llanto otra vez al oír hablar de un compa­ñero de apartamento.

—Tú solías decir que yo era una estupenda compañera de piso —se lamentó—. Nos divertíamos, ¿no te acuerdas? Eras mi amigo.

Ted dejó la taza de café y miró el reloj de cocina.

—Ahora no tengo tiempo para hablar de la vieja época —dijo—. Estaba afeitándome cuando llamaste. Tengo que ir al despacho. —Frunció el ceño—. Bébete el zumo y ponte cómoda. Yo debo ves­tirme.

Salió bruscamente y la dejó llorando ante la mesa de la cocina.

De nuevo en el cuarto de baño, Ted acabó de afeitarse y atendió con más corrección su herida, con la cabeza saturada de Melody. Ya sabía que la situación iba a ser difícil. Sentía pena por ella, era una chica tan confundida, tan miserablemente infeliz, sin nadie a quien recurrir… Pero no permitiría que le impusiera sus problemas perso­nales. No esta vez. Ella lo había hecho demasiadas veces anterior­mente.

En el dormitorio, Ted observó pensativamente el armario du­rante largo rato antes de seleccionar el traje gris. Se puso cuidadosa­mente la corbata ante el espejo, con el ceño fruncido al contemplar su herida. Luego examinó el maletín para comprobar que todos los documentos del caso Syndio estaban en orden, asintió y volvió a la cocina.

Melody se hallaba ante el horno, preparando unas tortas. Se volvió y sonrió muy contenta a Ted cuando éste entró.

—¿Recuerdas mis tortas, Ted? —preguntó—. Te encantaba que yo hiciera tortas, especialmente tortas de arándano, ¿te acuerdas? Pero no tienes arándanos, así que haré tortas sencillas. ¿Te parece bien?

—Dios —murmuró Ted—. Maldita sea, Melody, ¿quién te ha dicho que hicieras algo? Te he explicado que debo ir al despacho. No tengo tiempo para comer contigo. Ya llego tarde. Además, nunca desayuno. Intento perder peso.

Las lágrimas goteaban de nuevo en los ojos de la mujer.

—Pero…, pero son mis tortas especiales, Ted. ¿Qué voy a hacer con ellas? ¿Qué voy a hacer?

—Cómetelas —repuso Ted—. No te vendrían mal unos kilos de más. Dios, tienes un aspecto terrible. Parece que no has comido en un mes.

La cara de Melody se retorció y afeó.

—Eres un bastardo —dijo—. Se supone que eres mi amigo.

Ted suspiró.

—Tómalo con calma —dijo. Consultó su reloj de pulsera—. Mira, quince minutos tarde ya. Tengo que irme. Cómete las tortas y duerme un poco. Volveré a las seis. Cenaremos juntos y charlare­mos, ¿de acuerdo? ¿Es eso lo que quieres?

—Eso sería fabuloso —contestó ella, repentinamente contrita—. Eso sería estupendo.

 

 

—Dile a Jill que quiero verla en mi despacho, ahora mismo —espetó Ted a la secretaria en cuanto llegó—. Y tráenos café, ¿quieres? Necesito una taza de café.

—Desde luego.

Jill llegó pocos minutos después que el café. Ella y Ted eran socios en la misma firma de abogados. Él le indicó que tomara asiento y empujó una taza hacia la mujer.

—Siéntate —dijo—. Escucha, anulamos la cita de esta noche. Tengo problemas.

—Eso parece —repuso ella—. ¿Qué ocurre?

—Una antigua amiga se ha presentado en mi casa esta mañana —dijo Ted.

Jill arqueó una elegante ceja.

—¿Sí? —contestó—. Los reencuentros pueden ser divertidos.

—No con Melody, imposible.

—Melody? —dijo Jill—. Bonito nombre. ¿Una antigua pasión, Ted? ¿De qué se trata, un amor no correspondido?

—No —replicó Ted—, no, nada de eso.

—Explícame que es, entonces. Sabes que me encantan los detalles sangrientos.

—Melody y yo fuimos compañeros de piso, cuando estudiába­mos. No estábamos solos, no pienses mal. Éramos cuatro. Yo, un chico que se llamaba Michael Englehart, Melody y otra chica, Anne Kaye. Los, cuatro compartimos un viejo caserón en ruinas durante dos años. Éramos amigos…

—¿Amigos? —Jill se mostraba escéptica.

Ted la miró, ceñudo.

—Amigos —repitió—. Oh, diablos, me acosté con Melody algu­nas veces. También con Anne. Y las dos fornicaban de vez en cuando con Michael. Pero cuando pasaba eso, era como una cosa…, como una cosa amistosa, ¿me entiendes? Nuestras relaciones amorosas solían ser con gente de fuera, solíamos contarnos nuestros proble­mas, intercambiábamos consejos, llorábamos en los hombros de los demás… Diablos, sé que parece raro. Pero era 1970. El pelo me llegaba al trasero. Todo era raro. —Revolvió los posos del café, con aspecto pensativo—. Pero fueron buenos tiempos. Tiempos espe­ciales. A veces lamento que acabaran. Los cuatro éramos amigos íntimos, muy íntimos. Adoraba a aquellos chicos.

—Cuidado —dijo Jill—. Voy a ponerme celosa. Mi compañera de piso y yo nos despreciamos cordialmente. —Sonrió—. ¿Y qué ocurrió?

Ted se encogió de hombros.

—La historia de siempre —dijo—. Nos graduamos, nos separa­mos. Recuerdo la última noche en la vieja casa. Fumamos una tonelada de droga, y nos pusimos muy tontos. Nos juramos amistad eterna. Nunca seríamos extraños, pasara lo que pasara, y si alguno necesitaba ayuda, bien, los otros siempre estarían allí. Cerramos el trato con…, bueno, con una especie de orgía.

Jill sonrió.

—Conmovedor —observó—. Jamás soñé que fueras así.

—Aquello no duró, claro —continuó Ted—. Lo intentamos, debo admitir eso. Pero las cosas cambiaron mucho. Yo me matri­culé en la facultad de derecho, y acabé aquí, en Chicago. Michael consiguió un empleo en una editorial de Nueva York. Ahora es editor de Random House, casado y divorciado, dos hijos. Solíamos escribirnos. Ahora intercambiamos postales de Navidad. Anne es maestra. Estaba en Phoenix, es lo último que sé, pero eso fue hace cuatro o cinco años. A su marido no le gustamos demasiado los demás, la única vez que nos reunimos. Creo que Anne debió con­tarle lo de la orgía.

—¿Y tu huéspeda?

—Melody. —Ted suspiró—. Se convirtió en un problema. En la universidad era maravillosa. Atrevida, bonita, un espíritu real­mente libre. Pero después no supo cambiar. Intentó ganarse la vida como pintora durante dos años, pero no tenía habilidad suficiente. No llegó a ninguna parte. Tuvo un par de relaciones amorosas que al final se avinagraron, se casó luego con un tipo una semana des­pués de conocerlo en una taberna. Eso fue terrible. Él solía embo­rracharse y la golpeaba. Melody aguantó seis meses, y por fin consi­guió el divorcio. El ex marido siguió persiguiéndola durante un año para darle palizas, hasta que finalmente se asustó y se marchó. Después de eso Melody se dio a las drogas, malo. Pasó cierto tiempo en una casa de caridad. Cuando salió, todo continuó más o menos igual. Es incapaz de conservar un empleo, no puede mantenerse apartada de la droga. Sus relaciones afectivas no duran más de unas semanas. Ha dejado estropear su cuerpo.

Ted meneó la cabeza.

Jill se mordió los labios.

—Parece una mujer necesitada de ayuda —dijo.

Ted se sonrojó, y contestó con enfado.

—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no hemos intentado ayu­darla? ¡Dios! Cuando estaba intentando ser artista, Michael le con­siguió un par de portadas para la editorial donde trabajaba. Melody no sólo no respetó el plazo de entrega sino que además se enzarzo en una discusión a gritos con el director artístico. Eso casi le costó el empleo a Michael. Yo viajé a Cleveland y me encargué de su divor­cio, gratis. Volví dos meses más tarde, y estuve bastante tiempo allí para intentar que la policía la protegiera de su ex marido. Anne la acogió en su casa porque no tenía ningún sitio donde vivir, consi­guió que siguiera un programa de rehabilitación para drogadictos. A cambio, Melody trató de seducir al novio de Anne…, dijo que deseaba compartirlo, como habían hecho en los viejos tiempos. Los tres le hemos prestado dinero. Ella jamás ha devuelto un centavo. Y hemos prestado atención a sus problemas, Dios, la hemos escu­chado. Hubo un período, hace pocos años, en que ella telefoneaba todas las semanas, por lo general teniendo que pagar yo la llamada, para contar una nueva tristeza. Lloraba mucho por teléfono. Si «Reina por un día» siguiera en la programación, ¡Melody sería la participante ideal!

—Empiezo a comprender por qué no te emociona su visita —di­jo secamente Jill—. ¿Qué piensas hacer?

—No lo sé —replicó Ted—. No debí dejarla entrar. Las últimas veces que telefoneó, yo le colgaba el teléfono, y eso pareció dar buen resultado. Al principio me sentí culpable, pero eso pasó. Y esta mañana Melody tenía un aspecto tan patético que no supe como echarla. Supongo que tendré que acabar como un bruto, y soportar una escena. No hay otra solución. Ella me acusará de todo, me recordará que fuimos muy buenos amigos, las promesas que nos hicimos, amenazará con suicidarse… Me esperan momen­tos divertidos.

—¿Puedo ayudar? —preguntó Jill.

—Recoge mis restos después —dijo Ted—. Siempre es agrada­ble tener una persona cerca después, una persona que te diga que no eres un hijo de perra por más que hayas tirado a las cloacas a una vieja y querida amiga.

 

 

Estuvo fatal en el juicio esa tarde. Sus pensamientos estaban ocupados con Melody, y la estrategia que más le preocupaba era la relativa a cómo librarse de ella con el menor dolor posible, en lugar del caso que le ocupaba. Melody había bailado flamenco en su psique demasiadas veces, Ted no iba a consentir que le desangrara en esta ocasión, ni que le dejara como recuerdo un fracaso emotivo.

Cuando regresó a su apartamento con una bolsa de comida china bajo el brazo (había decidido que no deseaba invitarla a un restaurante), Melody estaba sentada, desnuda en el centro de la sala, riéndose como una tonta y olisqueando un polvillo blanco. Levantó la cabeza muy contenta al ver a Ted.

—Ven —dijo—. He conseguido un poco de coca.

—Dios —maldijo Ted. Soltó la comida y el maletín y avanzó furioso por la alfombra—. ¡No puedo creerlo! —rugió—. ¡Soy abo­gado, por el amor de Dios! ¿Quieres que me expulsen del colegio?

Melody tenía la coca en un papelito cuadrado, y estaba aspirán­dola con un billete de dólar. Ted le arrebató todo con brusquedad y ella se echó a llorar. El abogado fue al cuarto de baño y tiró la droga por el retrete, con billete de dólar incluido. Pero no era de un dólar, observó Ted mientras el papel era succionado. Era de veinte dóla­res. Eso le enfureció aún más. Cuando volvió a la sala, Melody continuaba sollozando.

—Basta ya —dijo él—. No quiero oírte más. Y ponte algo en­cima. —Tuvo otra sospecha—. ¿De dónde sacaste el dinero para comprar esa porquería? —inquirió—. ¿Eh, de dónde?

Melody gimoteó.

—Vendí algunas cosas —dijo tímidamente—. No pensé que te importara. Era coca de primera.

Melody se apartó de él y se tapó la cara con un brazo, como si Ted fuera a pegarle.

Ted no tenía que preguntar de quién eran las cosas que ella había vendido. Lo sabía. Melody había hecho la misma jugarreta a Michael hacía años, o eso le habían dicho. Suspiró.

—Vístete —repitió en tono de fatiga—. He traído comida china.

Más tarde comprobaría qué faltaba en la casa, y llamaría por teléfono a la compañía de seguros.

—La comida china no te sienta bien —dijo Melody—. Está llena de glutamato monosódico. Te produce dolor de cabeza, Ted.

Pero Melody se levantó muy obediente, si bien con poca fir­meza, y se dirigió al cuarto de baño. Y volvió al cabo de unos minutos vestida con una prenda que dejaba al descubierto hombros y espalda, y unos andrajosos pantalones cortos. Nada más, supuso Ted. Hacía un par de años Melody debía haber decidido que la ropa interior no le sentaba bien.

Olvidando el comentario sobre el glutamato monosódico, Ted tomó unos platos y sirvió la comida china en la parte del salón dedicada a comedor. Melody cenó con aceptable docilidad, mo­jando todos los bocados en salsa de soja. De vez en cuando se reía tontamente de algún chiste secreto, luego se ponía seria y seguía comiendo. Al abrir su galleta china, una amplia sonrisa iluminó su semblante.

—Mira, Ted —dijo muy contenta, y le mostró la envoltura de papel.

Ted la leyó. «Los viejos amigos son los mejores amigos», de­cía.

—Oh, mierda —murmuró.

Ni siquiera desenvolvió su galleta. Melody quiso saber el mo­tivo.

—Deberías leerlo, Ted —le dijo—. Da mala suerte no leer tu galleta china.

—No quiero leerla —repuso él—. Voy a quitarme el traje. —Se levantó—. No hagas nada.

Pero cuando volvió, Melody había puesto un álbum en el esté­reo. Al menos no había vendido eso, pensó Ted, tranquilizado.

—¿Quieres que baile para ti? —preguntó Melody—. ¿Recuer­das cómo bailaba para ti y para Michael? Muy sexy… Tú solías comentarme que bailaba muy bien. Que podía ser bailarina si qui­siera.

Dio algunos pasos en el centro del salón, tropezó y estuvo a punto de caerse. Fue grotesco.

—Siéntate, Melody —dijo Ted, con la máxima severidad posi­ble—. Tenemos que hablar.

Melody se sentó.

—No llores —advirtió Ted antes de empezar—. ¿Me has enten­dido? No quiero que llores. No podemos hablar si lloras en cuanto digo alguna cosa. Ponte a llorar y la conversación habrá terminado.

Melody asintió.

—No lloraré, Ted —prometió—. Ahora me siento mucho mejor que esta mañana. Ahora estoy contigo. Me haces sentir mejor.

—No estás conmigo, Melody. Olvida eso.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—Eres mi amigo, Ted. Tú, Michael y Anne, los amigos espe­ciales.

Ted suspiró.

—¿Qué pasa, Melody? ¿Por qué estás aquí?

—Perdí mi empleo, Ted —dijo ella.

—¿El de camarera? —preguntó él.

La última vez que la había visto, hacía tres años, Melody atendía las mesas de un bar de Kansas City.

Melody parpadeó, confusa.

—¿Camarera? —dijo—. No, Ted. Eso fue antes. Eso fue en Kansas City. ¿No te acuerdas?

—Me acuerdo muy bien —dijo Ted—. ¿Qué empleo perdiste?

—Era un trabajo asqueroso —contestó ella—. En una fábrica. En Iowa. En Des Moines. Es un sitio asqueroso. No fui a trabajar, por eso me echaron. Estaba agotada, ¿sabes? Necesitaba un par de días de reposo. Habría vuelto al trabajo. Pero me echaron. —De nuevo estaba al borde del llanto—. Hace tiempo que no consigo un buen empleo, Ted. Me especialicé en arte. ¿Te acuerdas? Tú, Mi­chael y Anne tenían mis dibujos colgados en vuestras habitacio­nes. ¿Todavía tienes mis dibujos, Ted?

—Sí —mintió él—. Por supuesto. Están por ahí.

Se había desembarazado de ellos hacía años. Le recordaban demasiado a Melody, y eso era espantoso.

—En fin, cuando perdí mi empleo, Johnny dijo que yo no traía dinero a casa. Johnny era el tipo que vivía conmigo. Dijo que no pensaba mantenerme, que tenía que conseguir trabajo, pero no pude. Lo intenté, Ted, pero no pude. Johnny habló con un hombre, y me dieron un empleo en una sala de masajes, ¿sabes? Y me llevó allí, pero era un local de mala muerte. Yo no quería trabajar en una sala de masajes, Ted. Yo estaba graduada en arte.

—Lo recuerdo, Melody —dijo Ted.

Al parecer ella esperaba que contestara algo.

Melody asintió.

—Por eso no lo acepté, y Johnny me echó a la calle. No tenía sitio adonde ir, ¿comprendes? Y pensé en ti, en Anne, en Michael. ¿Recuerdas la última noche? Todos dijimos que si alguno necesi­taba ayuda…

—Lo recuerdo, Melody —repuso Ted—. No tan a menudo como tú, pero lo recuerdo. Ni siquiera nos permites olvidar eso, ¿eh? Pero vamos a dejarlo. ¿Qué quieres esta vez?

Su tono era seco y frío.

—Eres abogado, Ted —dijo ella.

—Sí.

—Bien, pensé… —Sus largos y delgados dedos dieron nerviosos tirones a sus mejillas—. Pensé que podrías conseguirme trabajo. Puedo ser secretaria. En tu despacho. Estaríamos juntos otra vez, todos los días, como antes. O tal vez —su rostro se iluminó vi­siblemente—, tal vez podría ser una de esas personas que toman fotos en la sala del tribunal. Ya me entiendes. Fotos de Patty Hearst y gente así. Para televisión. Yo lo haría muy bien.

—Esos artistas trabajan para las emisoras de televisión —explicó con paciencia Ted—. Y no hay vacantes en mi despacho. Lo siento, Melody. No puedo conseguirte un empleo.

Melody lo aceptó asombrosamente bien.

—De acuerdo, Ted —contestó—. Puedo encontrar trabajo, su­pongo. Buscaré uno yo sola. Pero…, déjame vivir aquí, ¿de acuerdo? Po­demos volver a ser compañeros de piso.

—Oh, Dios —dijo Ted. Se recostó y cruzó los brazos—. No —añadió llanamente.

Melody apartó la mano de su cara y miró a Ted con aire supli­cante.

—Por favor, Ted —gimoteó—. Por favor.

—No —repitió él.

La palabra permaneció suspendida en el aire, fría y definitiva.

—Eres mi amigo, Ted —dijo ella—. Lo prometiste.

—Puedes quedarte aquí una semana —repuso Ted—. Nada más. Tengo mi vida personal, Melody. Tengo mis problemas. Estoy can­sado de resolver los tuyos. Los tres estamos cansados. No eres más que problemas. En la universidad, eras una chica divertida. Pero has dejado de serlo. Te he ayudado, te he ayudado y te he ayudado. ¿Qué más quieres de mí? —Estaba enfadándose más conforme hablaba—. Las cosas cambian, Melody —prosiguió brutalmente—. Las personas cambian. No puedes atarme para siempre a una pro­mesa tonta que hice cuando estaba fuera de juicio en la universidad. No soy responsable de tu vida. Endurécete, maldita sea. Haz un esfuerzo. Yo no puedo hacerlo por ti, estoy harto de todos tus conflictos. Ni siquiera deseo volver a verte, Melody, ¿lo sabías?

Ella gimoteó.

—No digas eso, Ted. Éramos amigos. Tú eres especial. Mientras te tenga a ti, a Michael y a Anne, nunca estaré sola, ¿no lo en­tiendes?

—Estás sola —dijo él.

Melody le enfurecía.

—No, no es verdad —insistió ella—. Tengo mis amigos, mis amigos especiales. Ellos me ayudarán. Tú eres mi amigo, Ted.

—Fui tu amigo en otro tiempo —replicó él.

Melody le miró fijamente, con los labios temblorosos, tan herida que se había quedado muda. Por unos instantes Ted pensó que la presa iba a reventar, que Melody estaba a punto de estallar y a iniciar una de sus maratonianas borracheras de lágrimas. En vez de ello, se produjo un cambio en el semblante de la mujer. Palideció de forma visible, y contrajo los labios poco a poco, y su expresión formó una terrible máscara de cólera. Era espantosa cuando se enfadaba.

—Bastardo —dijo Melody.

Ted ya había pasado por eso. Se levantó del sofá y se acercó al mueble bar.

—No empieces —contestó mientras se servía un whisky con hielo—. A la primera cosa que tires, te echaré de inmediato a la calle. ¿Has oído eso, Melody?

—Eres una basura —dijo ella—. Nunca fuiste mi amigo. Nin­guno de ustedes lo fue. Me mintieron, me hicieron confiar en ustedes, me utilizaron. Ahora han subido mucho y son muy poderosos, y yo no soy nadie, y no quieren saber nada de mí. No quieren ayudarme. Nunca han querido ayudarme.

—Yo te he ayudado —observó Ted—. Varias veces. Me debes una cantidad cercana a los dos mil dólares, creo.

—Dinero —repuso ella—. Eso es lo único que te preocupa, bas­tardo.

Ted sorbió el whisky y la miró ceñudamente.

—Vete al infierno —dijo.

—Podría hacerlo, ya que te importo un comino. —Se le había puesto blanca la cara—. Te envié un telegrama, hace dos años. Les envié telegramas a los tres. Les necesitaba, prometieon que acudi­rían si les necesitaba, que estarían conmigo, prometieron eso. Hi­ciste el amor conmigo y fuiste mi amigo, pero te envié un telegrama y no viniste, bastardo. ¡No viniste, no vino ninguno de los tres, ninguno de los tres vino!

Estaba chillando.

Ted había olvidado el telegrama. Pero lo recordó inmediata­mente. Lo había leído varias veces, y finalmente descolgó el telé­fono y llamó a Michael. Pero su amigo no estaba en casa. Ted leyó por última vez el telegrama, lo estrujó y lo tiró al retrete. Uno de los otros podía atender a Melody aquella vez, recordó que había pen­sado. Tenía un caso importante entre manos, el pleito por la patente de Argrath Corporation, y no podía arriesgarse a abandonarlo. Pero el telegrama era desesperado, y él se sintió culpable durante varias semanas, hasta que por fin logró apartar el asunto de su cabeza.

—Estaba ocupado —dijo, en tono en parte enojado y en parte defensivo—. Tenía cosas más importantes que hacer que tomarte la mano para que superaras otra crisis.

—¡Fue horrible! —chilló Melody—. ¡Les necesitaba y todos me dejaron sola! Estuve a punto de suicidarme.

—Pero no lo hiciste, ¿verdad?

—Pude haberlo hecho —repuso ella—. Pude suicidarme, y nin­guno se habría preocupado.

Amenazar con suicidarse era una de las tretas favoritas de Me­lody. Ted había pasado por eso otras cien veces. En esta ocasión decidió no picar el anzuelo.

—Podías haberte suicidado —dijo tranquilamente— y segura­mente no nos habríamos preocupado. Creo que en esto tienes ra­zón. Te habrías podrido durante semanas hasta que alguien te en­contrara, y seguramente no habríamos tenido noticias tuyas antes de medio año. Y cuando por fin me hubiera enterado yo, creo que habría estado triste un par de horas, recordando todo. Pero luego me habría emborrachado, o habría telefoneado a mi novia, o algo así, y me habría olvidado en seguida. Y me habría olvidado por completo de ti.

—Lo habrías sentido —dijo Melody.

—No —replicó Ted. Caminó tranquilamente hacia el mueble bar y se sirvió otro vaso—. No, de verdad, no creo que lo hubiera sentido. En absoluto. Y tampoco me habría considerado culpable. Así pues, será mejor que dejes de amenazar con suicidarte, Melody, porque no te dará resultado.

La cólera se extinguió en la cara de Melody, que gimoteó de nuevo ahogadamente.

—Por favor, Ted —dijo—. No digas esas cosas. Dime que te importo. Dime que te habrías acordado de mí.

Ted la miró con enorme seriedad.

—No —repuso.

Era más difícil ser duro cuando Melody estaba apenada, cuando se encogía y parecía pequeña y vulnerable, cuando gimoteaba en vez de lanzar acusaciones. Pero Ted tenía que poner fin a la situa­ción de una vez por todas, tenía que librarse de aquella maldición que agobiaba su vida.

—Me iré mañana —dijo dócilmente Melody—. No te molestaré. Pero dime que te importo, Ted. Que eres mi amigo. Que vendrás a verme. Si te necesito.

—No iré a verte, Melody —contestó él—. Esto ha terminado. Y no quiero que vengas aquí nunca más, ni que telefonees, ni que envíes telegramas, tengas el problema que tengas. ¿Lo entiendes? ¿Eh? Quiero que salgas de mi vida, y en cuanto te vayas te olvidaré con la máxima rapidez que pueda, porque señorita, eres un re­cuerdo infernalmente malo.

Melody lanzó un grito como si acabara de recibir un golpe.

—¡No! —exclamó—. ¡No, no digas eso, recuérdame, tienes que recordarme! Te dejaré en paz, lo prometo, nunca volveré a verte Pero di que me recordarás. —Se levantó bruscamente—. Me voy ahora mismo. Si quieres, me voy. Pero antes hagamos el amor, Ted. Por favor. Quiero darte algo para que me recuerdes.

Sonrió lascivamente y empezó a quitarse la prenda superior, y Ted sintió náuseas.

Dejó estruendosamente el vaso en la mesa.

—Estás loca —le dijo—. Necesitas atenciones profesionales, Melody. Pero yo no puedo ofrecértelas, y no pienso seguir sopor­tando esto. Me voy a dar un paseo. Volveré dentro de dos horas. Te habrás ido cuando vuelva.

Ted se dirigió hacia la puerta. Melody lo miró, con la prenda en la mano. Tenía unos pechos menudos y encogidos, y el izquierdo con un tatuaje que Ted no había visto hasta entonces. Melody no poseía un solo rasgo vagamente deseable.

—Sólo quería ofrecerte algo para que te acordaras de mí —dijo lloriqueando.

Ted salió dando un portazo.

 

 

Era medianoche cuando regresó, ebrio y amargado, decidido a llamar a la policía si Melody continuaba allí, y eso sería el final del asunto. Jack estaba detrás del mostrador; acababa de empezar su turno. Ted se detuvo y lo mandó al infierno por haber dejado pasar a Melody aquella mañana, pero el portero lo negó con vehemencia.

—Nadie ha pasado, señor Cirelli. No dejo pasar a nadie sin antes llamar al piso, tendría que saberlo. Llevo aquí seis años, y nunca he dejado pasar a nadie sin llamar al piso.

Ted le recordó enérgicamente el caso del Testigo de Jehová, y los dos acabaron discutiendo a gritos.

Finalmente Ted se fue hecho una fiera y subió en el ascensor hasta la planta treinta y dos.

Había un dibujo clavado a la puerta.

Ted parpadeó, furioso un momento, y luego lo arrancó. Era una caricatura de Melody. No la Melody que había visto él ese día, sino la chica que conoció en la universidad: animada, divertida, bonita. Cuando eran compañeros de piso, Melody ilustraba siempre sus apuntes con pequeñas caricaturas de ella misma. A Ted le sorpren­dió que aún pudiera dibujar tan bien. Debajo de la cara, Melody había escrito un mensaje en letras de imprenta:

 

TE DEJO ALGO PARA QUE ME RECUERDES.

 

Ted miró con aire ceñudo la caricatura, preguntándose si debía conservar o no el dibujo. La misma vacilación le enfureció. Estrujó el papel en su mano y buscó las llaves en el bolsillo. Por lo menos se ha ido, pensó, y quizá para siempre. Había dejado la nota, eso significaba que se había ido. Ted se había librado de ella otros dos años como mínimo.

Entró en el piso, lanzó la arrugada hoja de papel hacia una papelera y sonrió al ver que encestaba.

—Dos puntos —dijo, ebrio y satisfecho de sí mismo.

Se acercó al mueble bar y empezó a prepararse un combinado.

Pero allí ocurría algo.

Ted dejó de agitar la bebida y aguzó el oído. Agua que corría, comprendió. Melody había dejado abierto algún grifo del cuarto de baño.

—Cristo —dijo.

Y en ese momento tuvo un espantoso pensamiento: quizá Me­lody no se había ido. Quizá se hallaba en el cuarto de aseo, duchán­dose o haciendo algo, desvariando, llorando, cualquier cosa.

—¡Melody! —gritó.

No hubo respuesta. El agua seguía corriendo, no había duda. No podía haber otra explicación. Pero ella no respondía.

—Melody, ¿todavía estás aquí? —gritó de nuevo—. ¡Responde, maldita sea!

Dejó el vaso y se dirigió al cuarto de baño. La puerta estaba cerrada. Ted permaneció fuera. Definitivamente, el agua corría.

—¡Melody! —gritó por tercera vez—. ¿Estás dentro? ¡Melody!

Nada. Ted empezaba a estar asustado.

Extendió la mano y asió el pomo de la puerta, que giró con suavidad entre sus dedos. La puerta no estaba cerrada con llave.

El interior del cuarto de baño estaba lleno de vapor. Ted apenas podía ver, pero reparó en que la cortina de la ducha estaba echada. El agua salía a chorros y, a juzgar por la cantidad de vapor, debía estar ardiendo. Ted retrocedió y aguardó a que el vapor se disipara.

—¿Melody? —dijo en voz baja.

No hubo réplica.

—Mierda.

Se esforzó en no asustarse. Ella sólo lo había mencionado, pensó. Jamás lo haría realmente. Las personas que lo dicen jamás lo hacen, él había leído eso en alguna parte. Melody estaba haciendo eso para asustarle.

Dio dos rápidos pasos al frente y de un tirón descorrió la cortina de la ducha.

Ella estaba allí, envuelta en vapor. El agua corría por su des­nudo cuerpo. No se hallaba estirada en la bañera, no. Estaba sen­tada, apretada de costado cerca de los grifos, muy insignificante y patética. Su posición casi parecía fetal. El grifo de la ducha estaba dirigido hacia abajo, hacia las manos. Se había abierto las venas de la muñeca con hojas de afeitar, y había tratado de mantenerlas debajo del agua, pero eso no había bastado. Se había cortado las venas de través, y todo el mundo sabe que la única forma de hacerlo es longitudinalmente. De ahí que hubiera usado las cuchillas en otra parte del cuerpo, y por eso Melody tenía dos bocas, ambas son­riendo a Ted, muy sonrientes. El agua se había llevado casi toda la sangre. No había manchas, pero la segunda boca de la mujer, por debajo de la barbilla, continuaba roja y goteando. El goteo se de­rramaba por su pecho, por la flor tatuada en la mama, y el agua de la ducha se llevaba las gotas de sangre. El cabello le caía por las mejillas, fláccido y mojado. Estaba sonriendo. Parecía muy con­tenta. El vapor la rodeaba. Debía estar allí tres horas, pensó Ted. Estaba muy limpia.

Ted cerró los ojos. No le sirvió de nada. Continuó viéndola. Siempre la vería.

Abrió los ojos. Melody seguía risueña. Ted extendió el brazo por delante de ella y cerró el grifo. Al hacerlo se mojó la manga de la camisa.

Aturdido, huyó al salón. «Dios mío —pensó—. Dios mío. Tengo que llamar a alguien, tengo que dar parte de esto, yo no puedo enfrentarme a eso.» Decidió llamar a la policía. Descolgó el telé­fono, y vaciló con el dedo suspendido sobre los botones. La policía no iba a serle útil, pensó. Marcó el número de Jill.

Cuando acabó de explicarse, hubo un enorme silencio al otro lado de la línea.

—Dios mío —dijo por fin Jill—, qué espanto. ¿Puedo hacer algo?

—Ven —repuso él—. Ahora mismo.

Tomó el vaso que había dejado en la mesa, dio un apresurado trago. Jill vacilaba.

—Eh…, escucha Ted, no se me dan muy bien los cadáveres —dijo ella—. ¿Por qué no vienes tú a mi casa? Yo no quiero…, bueno, compréndelo. No creo que vuelva a ducharme jamás en tu apartamento.

—Jill —contestó Ted, consternado—. Necesito alguien a mi lado ahora mismo.

Se echó a reír, con una risa asustada, incierta.

—Ven a mi casa —le apremió Jill.

—No puedo irme de aquí —dijo Ted.

—Bien, no vengas —contestó ella—. Llama a la policía. Ellos se llevarán el cadáver. Ven después.

Ted telefoneó a la policía.

 

 

—Si esta es la idea que tiene usted de una broma, no es divertida —dijo el oficial.

Su compañero estaba muy serio.

—¿Broma? —contestó Ted.

—No hay nadie en la ducha —dijo el oficial—. Debería llevár­melo a la comisaría.

—¿Nadie en la ducha? —repitió Ted, incrédulo.

—Déjalo en paz, Sam —dijo el otro agente—. Está borracho, ¿no lo ves?

Ted pasó entre ambos hacia el cuarto de aseo.

La bañera estaba vacía. Vacía. Se arrodilló y tocó el fondo. Seco. Totalmente seco. Pero la manga de su camisa aún estaba mo­jada.

—No —dijo—, no.

Corrió al salón. Los dos policías le contemplaron, divertidos. El bolso de Melody había desaparecido, no estaba junto a la puerta. Todos los platos habían ido a parar al lavavajillas, no había forma de saber si alguien había hecho tortas o no. Ted volvió boca abajo la papelera y derramó el contenido en el sofá. Se puso a rebuscar entre los papeles.

—Vaya a la cama, a dormir la mona, caballero —dijo el agente de más edad—. Se encontrará mejor por la mañana.

—Vamos —le dijo su compañero.

Se fueron, dejando a Ted escarbando entre los papeles. Ninguna caricatura. Ninguna caricatura. Ninguna caricatura.

Ted lanzó la vacía papelera al otro lado del salón, que rebotó en la pared con un resonante estruendo metálico.

Paró un taxi para ir a casa de Jill.

 

 

Casi amanecía cuando Ted se incorporó de pronto en la cama, con el corazón latiéndole apresuradamente y la boca reseca de miedo.

Jill murmuraba en sueños.

—Jill —dijo Ted mientras la sacudía.

La mujer parpadeó y levantó la cabeza.

—¿Qué? —dijo—. ¿Qué hora es, Ted? ¿Qué pasa?

Se sentó y tiró de la sábana para taparse.

—¿No lo oyes?

—Oír, ¿qué?

De la boca de Ted brotó una risita.

—Tienes abierto el grifo de la ducha.

Esa mañana se afeitó en la cocina, a pesar que allí no había espejo. Se cortó dos veces. Le dolía la vejiga, pero no quiso cruzar la puerta del cuarto de aseo, pese a que Jill le tranquilizó varias veces diciéndole que no caía agua de la ducha. Maldición, él la oía. Se aguantó hasta que llegó al despacho. Allí no había ducha en el lavabo.

Pero Jill lo miraba de una forma muy extraña.

En el despacho, Ted limpió de papeles su escritorio y trató de pensar. Era abogado. Poseía una mente buena, analítica. Intentó razonar el problema. Bebió café, muchísimo café.

Ningún bolso, pensó. Jack no la había visto. Ningún cadáver. Ninguna caricatura. Nadie había visto a Melody. La ducha estaba seca. Ningún plato. Él había bebido. Pero no el día entero, sólo más tarde, después de cenar. No podía ser la bebida. Imposible. Nin­guna caricatura. Él era la única persona que había visto a Melody. Ninguna caricatura. «te dejo algo para que me recuerdes.» Ha­bía estrujado aquel mensaje, y se había olvidado de Melody arro­jándolo al retrete, igual que había hecho dos años antes con su telegrama. Nadie en la ducha.

Descolgó el teléfono.

—Billie —dijo—, ponme con un periódico de Des Moines, Iowa. Cualquier periódico. No me importa.

Cuando por fin consiguió la comunicación, la mujer que atendía el depósito de cadáveres se mostró reacia a facilitarle información. Pero la encargada se ablandó al saber que hablaba con un abogado que precisaba la información para un caso importante.

La nota necrológica era muy breve. Melody sólo estaba identifi­cada como una «empleada de una sala de masajes». Se había suici­dado en la ducha.

—Gracias —dijo Ted.

Colgó el auricular. Durante largo rato permaneció mirando por la ventana. La vista era magnífica, se veía el lago y la imponente torre del edificio de la Standard Oil. Ted pensó qué iba a hacer. Tenía un grueso nudo de miedo en el estómago.

Podía tomarse el día libre, y volver a casa. Pero la ducha estaría abierta, y tarde o temprano tendría que entrar en el cuarto de baño.

Podía ir a casa de Jill. Si ella quería. Se había mostrado espanto­samente fría después de la pasada noche. Le había recomendado un psiquiatra mientras iban en taxi al despacho. Ella no lo comprendía, nadie lo comprendería…, a menos que… Ted descolgó de nuevo el teléfono, mientras buscaba en su archivo circular. No había una sola tarjeta, ni un número telefónico, hasta ese punto se habían sepa­rado… Llamó a Billie por el interfono.

—Ponme con Random House de Nueva York —dijo—. Con el señor Michael Englehart. Es editor de la empresa.

Pero cuando por fin consiguió comunicarse, la voz que sonó al otro lado de la línea era extraña y distante.

—¿El señor Cirelli? ¿Era usted amigo de Michael? ¿O autor li­terario?

Ted tenía la boca seca.

—Un amigo —respondió—. ¿No está Michael? Necesito hablar con él. Es… urgente.

—Me temo que Michael ya no está con nosotros —dijo la voz—. Sufrió un colapso nervioso, hace menos de una semana.

—¿Ha…?

—Vive. Lo llevaron a una clínica, creo. En fin. Tal vez pueda facilitarle el número de teléfono.

—No —dijo Ted—, no, no importa.

Colgó.

El servicio de información de Phoenix no tenía dato alguno de una tal Anne Kaye. Claro qué no, pensó Ted. Ella se había casado. Intentó recordar el apellido del marido. Tardó mucho tiempo. Era un apellido polaco, pensó. Por fin lo recordó.

No esperaba encontrarla en casa. Era día de escuela, al fin y al cabo. Pero alguien descolgó el teléfono a la tercera llamada.

—Hola —dijo Ted—. Anne, ¿eres tú? Aquí Ted, desde Chica­go. Anne, tengo que hablar contigo. De Melody. Anne, necesito ayuda.

Estaba jadeante.

Hubo una risita.

—Anne no está en este momento, Ted —dijo Melody—. Está en la escuela, y además tiene que visitar a su marido. Están separados, ¿sabes? Pero prometió regresar a las ocho.

—Melody —dijo Ted.

—Claro que…, no sé si puedo confiar en ella. Ustedes tres nunca fueron buenos cumplidores de promesas. Pero es posible que vuelva, Ted. Así lo espero.

»Quiero dejarle algo para que me recuerde.

“Recordando a Melody” aparece en el libro “canciones que cantan los muertos

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