El camino es así

Por Alfredo Bryce Echenique
El camino es así

(Con las piernas, pero también con la imaginación)
Todo era un día cualquiera de clases, cuando el hermano Tomás decidió hacer el anuncio: «El sábado haremos una excursión en bicicleta, a Chaclacayo». Más de treinta voces lo interrumpieron, gritando: «Rah». «¡Silencio! Aún no he terminado de hablar: dormiremos en nuestra residencia de Chaclacayo, y el domingo regresaremos a Lima. Habrá un ómnibus del colegio, para los que prefieran regresar en él. ¡Silencio! Los que quieran participar, pueden inscribirse hasta el día jueves.» Era lunes. Lunes por la tarde, y no se hace un anuncio tan importante en plena clase de geografía. «¡Silencio!, continúo dictando, la meseta del Collao es… ¡Silencio!»
Era martes, y alumnos de trece años venían al colegio con el permiso para ir al paseo, o sin el permiso para ir al paseo. Algunos llegaban muy nerviosos: «Mi padre dice que si mejoro en inglés, iré. Si no, no». «Eso es chantaje.» El hermano Tomás se paseaba con la lista en el bolsillo, y la sacaba cada vez que un alumno se le acercaba para decirle: «Hermano, tengo permiso. Tengo permiso, hermano».
Miércoles. «Mañana se cierran las inscripciones.» El amigo con permiso empieza a inquietarse por el amigo sin permiso. Era uno de esos momentos en que se escapan los pequeños secretos: «Mi madre dice que ella va a hablar con mi papá, pero ella también le tiene miedo. Si mi papá está de buen humor… Todo depende del humor de mi papá». (Es preciso ampliar, e imaginarse toda una educación que dependa «del humor de papá»). Miércoles por la tarde. El enemigo con permiso empieza a mirar burlonamente al enemigo sin permiso: «Yo iré. Él no». Y la mirada burlona y triunfal. Miércoles por la noche: la última oportunidad. Alumnos de trece años han descubierto el teléfono: sirve para comunicar la angustia, la alegría, la tristeza, el miedo, la amistad. El colegio en la línea telefónica. El colegio fuera del colegio. Después del colegio. El colegio en todas partes.
—¿Aló?
—Juan?
—He mejorado en inglés.
—Irás, Juan. Iremos juntos. Tu papá dirá que sí. Le diré a mi papá que hable con el tuyo. Iremos juntos.
—Sí. Juntos.
—Yo siempre le hablo a mis padres de ti. Ellos saben que eres mi mejor amigo —un breve silencio después de estas palabras. Ruborizados, cada uno frente a su teléfono, Juan y Pepe empezaban a darse cuenta de muchas cosas. ¿Hasta qué punto esa posible separación los había unido? ¿Por qué esas palabras: «Mi mejor amigo»? La angustia y el teléfono.
—Mi padre llegará a las ocho.
—Te vuelvo a llamar. Chao.
Miércoles, aún, por la noche. Alegría y permiso. Tristeza porque no tiene permiso. Angustia. Angustia terrible porque quiere ir, y su padre aún no lo ha decidido.
—¿Aló?
—¿Octavio? No, Octavio. No me dejan ir.
«Yo también me quedo. Tengo permiso, pero no iré…», pensó Octavio.
—Si prefieres mi bicicleta, puedes usarla.
—Usaré la mía —fue todo lo que se atrevió a decir.
—Chao.
Jueves. Van a cerrar las inscripciones. Tres nombres más en la lista. Las inscripciones se han cerrado. Nueve no van. Van veinticinco. El hermano Tomás, ayudado por un alumno de quinto de media, tendrá a su cargo la excursión. «¡Rah!» El hermano Tomás es buena gente. Instrucciones: un buen desayuno, al levantarse. Reunión en el colegio a las ocho de la mañana. Llevar el menor peso posible. Llevar una cantimplora con jugo de frutas para el camino. Llegaremos a Chaclacayo a la hora del almuerzo. «¡Rah!»
Jueves: aún. Ya no se habla de permisos. Todo aquello pertenece al pasado, y son los preparativos los que cuentan ahora. «Afilar las máquinas.» Alumnos de trece años consultan y cambian ideas. Piensan y deciden. Se unen formando grupos, y formando grupos se desunen. «Tengo dos cantimploras: te presto una.» Pero, también: «Mi bicicleta es mejor que la tuya. Con ésa no llegas ni a la esquina». Víctor ha traído un mapa del camino. ¡Viva la geografía!
Pero es jueves aún. Todo está decidido. Las horas duran como días. Jueves separado del sábado por un inmenso viernes. Un inmenso viernes cargado de horas y minutos. Cargado de horas y minutos que van a pasar lentos como una procesión. En sus casas, veinticinco excursionistas, con las manos sucias, dejan caer gotas de aceite sobre las cadenas de sus bicicletas. Las llantas están bien infladas. El inflador, en su lugar.
Viernes en el timbre del reloj despertador: unas sábanas muy arrugadas, saliva en la almohada, y una parte de la frazada en el suelo, indican que anoche no se ha dormido tranquilamente. Se busca nuevamente la almohada y su calor, pero se termina de pie, frente a un lavatorio. Agua fresca y jabón: «Hoy es viernes». Una mirada en el espejo: «La excursión». El tiempo se detiene, pesadamente.
Viernes en el colegio. Este viernes se llama vísperas. Imposible dictar clase en esa clase. El hermano Tomás lo sabe, pero actúa como si no lo supiera. «La disciplina», piensa, pero comprende y no castiga. Hacia el mediodía, ya nadie atiende. Nadie presta atención. Los profesores hablan, y sus palabras se las lleva el viento. El reloj, en la pared de la clase, es una tortura. El reloj, en la muñeca de algunos alumnos, es una verdadera tortura. Un profesor impone silencio, pero inmediatamente empiezan a circular papelitos que hablan en silencio: «Voy a sacarle los guardabarros a mi bicicleta para que pese menos». Otro papelito: «Ya se los saqué. Queda bestial».
Todo está listo, pero recién es viernes por la tarde. Imposible dictar clase en esa clase. El hermano Tomás lo sabe, pero actúa como si no lo supiera. Las horas se dividen en minutos; los minutos, en segundos. Los segundos se niegan a pasar. ¡Maldito viernes! Esta noche se dormirá con la cantimplora al lado, como los soldados con sus armas, listos para la campaña. Pero aún estamos en clase. ¡Viernes de mierda! Barullo e inquietud en esa clase. El hermano Tomás se ha contagiado. El hermano Tomás es buena gente y ha sonreído. ¡Al diablo con los cursos! «Aquí hay un mapa.» El hermano Tomás sonríe. Habla, ahora del itinerario: «Saldremos hacia la carretera por este camino…».
Suena el despertador, y muchos corren desde el baño para apagarlo. ¡Sábado! El desayuno en la mesa, jugo de frutas en la cantimplora, y la bicicleta esperando. Hoy todo se hace a la carrera. «Adiós.»
Veinticinco muchachos de trece años. Veinticinco bicicletas. De hermano, el hermano Tomás sólo tiene el pantalón negro: camisa sport verde, casaca color marrón, y pelos en el pecho. El hermano Tomás es joven y fuerte. «Es un hombre.» Veintiséis bicicletas con la suya. Veintisiete con la de Martínez, alumno del quinto año de media que también parte. «Ocho de la mañana. ¿Estamos todos? Vamos.»
Cinco minutos para llegar hasta la avenida Petit Thouars. Por Petit Thouars, desde Miraflores hasta la prolongación Javier Prado Este. Luego, rumbo a la Panamericana Sur y hacia el camino que lleva a la Molina. Por el camino de la Molina, hasta la carretera central, hasta Chaclacayo. Más de treinta kilómetros, en subida. «Allá vamos.»
Una semana había pasado desde aquel día. Desde aquel sábado terrible para Manolo… Aquel sábado en que todo lo abandonó, en que todo lo traicionó. El profesor de castellano les había pedido que redactaran una composición: «Un paseo a Chaclacayo», pero él no presentó ese tema. Manolo se esforzaba por pensar en otra cosa. Imposible: no se olvida en una semana lo que tal vez no se olvidará jamás.
Se veía en el camino: las bicicletas avanzaban por la avenida Petit Thouars, cuando notó que le costaba trabajo mantenerse entre los primeros. Empezaba a dejarse pasar, aunque le parecía que pedaleaba siempre con la misma intensidad. Llegaron a la prolongación Javier Prado Este, y el hermano Tomás ordenó detenerse: «Traten de no separarse», dijo. Manolo miraba hacia las casas y hacia los árboles. No quería pensar. Partieron nuevamente con dirección a la Panamericana Sur. Pedaleaba. Contaba las fachadas de las casas: «Ésta debe tener unos cuarenta metros de frente. Ésta es más ancha todavía». Pedaleaba. «Estoy a unos cincuenta metros de los primeros.» Pero los de atrás eran cada vez menos. «Las casas.» Le fastidió una voz que decía: «Apúrate, Manolo», mientras lo pasaba. Sentía la cara hirviendo, y las manos heladas sobre el timón. Lo pasaron nuevamente. Miró hacia atrás: nadie. Los primeros estarían unos cien metros adelante. Más de cien metros. Miró hacia el suelo: el cemento de la pista le parecía demasiado áspero y duro. Presionaba los pedales con fuerza, pero éstos parecían negarse a bajar. Miró hacia adelante: los primeros empezaban a desaparecer: «Algunos se han detenido en un semáforo». Pedaleaba con fuerza y sin fuerza; con fuerza y sin ritmo. «Mi oportunidad.» Se acercaba al grupo que continuaba detenido en el semáforo. «El hermano Tomás.» Pedaleaba. «Luz verde. ¡Mierda!» Partieron, pero el hermano Tomás continuaba detenido. Lo estaba esperando.
—¿Qué pasa, Manolo?
—Nada, hermano —pero su cara decía lo contrario.
—Creo que sería mejor que regresaras.
—No, hermano. Estoy bien —pero el tono de su voz indicaba lo contrario.
—Regresa. No llegarás nunca.
—Hermano…
—No puedo detenerme por uno. Tengo que vigilar a los que van delante. Regresa. Vamos, quiero verte regresar.
Manolo dio media vuelta a su bicicleta, y empezó a pedalear en la dirección contraria. Pedaleaba lentamente. «Ya debe haberse alejado. No me verá.» Había tomado una decisión: llegar a Chaclacayo. «Aunque sea de noche.» Cambió nuevamente de rumbo. Pedaleaba. «Ya me las arreglaré con el hermano Tomás; también con los de la clase.» Se sentía bastante mejor, y le parecía que solo estaría más tranquilo. Además, podría detenerse cuando quisiera. Pedaleaba, y las casas empezaban a quedarse atrás. Cada vez había menos casas. «Jardines. Terrenos. Una granja.» El camino empezaba a convertirse en carretera para Manolo. Carretera con camiones en la carretera. «Interprovinciales.» Pedaleaba, y un carro lo pasó veloz. «Carreteras.» Pedaleaba. Alzó la mirada: «Estoy solo».
Estaba en el camino de la Molina. «Es por aquí.» Lo había recorrido en automóvil. No se perdería. Perderse no era el problema. «Mis piernas», pero trataba de no pensar. A ambos lados de la pista, los campos de algodón le parecían demasiado grandes. Miraba también algunos avisos pintados en los muros que encerraban los cultivos: «Champagne Poblete». Los leía en voz alta. «¿Cuántos avisos faltarán para llegar a Chaclacayo?» Pedaleaba. «El Perú es uno de los primeros productores de algodón en el mundo. Egipto. Geografía.» Nuevamente empezó a contar los avisos: «Vinos Santa Marta», pero su pie derecho resbaló por un costado del pedal, y sintió un ardor en el tobillo. Se detuvo, y descendió de la bicicleta: tenía una pequeña herida en el tobillo, bajo la media. No era nada. Descansó un momento, montó en la bicicleta, y le costó trabajo empezar nuevamente a pedalear.
Había llegado a la carretera Central. Eran las once de la mañana, y tuvo que descansar. Descendió de la bicicleta, dejándola caer sobre la tierra, y se sentó sobre una piedra, a un lado del camino. Desde allí veía los automóviles y camiones pasar en una y otra dirección: subían hacia la sierra, o bajaban hacia la costa, hacia Lima. Le hubiera gustado conversar con alguien, pero, a su lado, la bicicleta descansaba inerte. Pensaba en su perro, y en cómo le hablaba, a veces, cuando estaban solos en el jardín de su casa. Cogió una piedra que estaba al alcance de su mano, y vio salir de debajo de ella una araña. Era una araña negra y peluda, y se había detenido a unos cincuenta centímetros a su derecha. La miraba: «Pica», pensó. Vio, hacia su izquierda, otra piedra, y decidió cogerla. Estiró el brazo, pero se detuvo. Volteó y miró a la araña nuevamente: continuaba inmóvil, y Manolo ya no pensaba matarla. Era preciso seguir adelante, pues se hacía cada vez más tarde, y aún faltaba la subida hasta Chaclacayo. «La peor parte.» Se puso de pie, y cogió la bicicleta. Montó, pero antes de empezar a pedalear, volteó una vez más para mirar a la araña: negra y peluda; la araña desaparecía bajo la piedra en que acababa de estar sentado. «No la he matado», se dijo, y empezó a pedalear.
Pedaleaba buscando un letrero que dijera «Vitarte». No recordaba a partir de qué momento había empezado a hablar solo, pero oír su voz en el camino le parecía gracioso y extraño. «Ésta es mi voz», se decía, pronunciando lentamente cada sílaba: «És-ta-es-mi-voz». Se callaba. «¿Es así como los demás la oyen?», se preguntaba. Un automóvil pasó a su lado, y Manolo pudo ver que alguien le hacía adiós, desde la ventana posterior. «Nadie que yo conozca. Me hubieran podido llevar», pensó, pero ése no era un paseo en automóvil, sino un paseo en bicicleta. «Cobarde», gritó, y se echó a pedalear con más y menos fuerza que nunca.
«Te prometo que sólo es hasta Vitarte. Te lo juro. En Vitarte se acaba todo.» Trataba de convencerse; trataba de mentirse, y sacaba fuerzas de su mentira convirtiéndola en verdad. «Vamos, cuerpo.» Pedaleaba y Vitarte no aparecía nunca. «Después de Vitarte viene Ñaña. ¡Cállate idiota!» Avanzaba lentamente y en subida; avanzaba contando cada bache que veía sobre la pista, y ya no alzaba los ojos para buscar el letrero que dijera «Vitarte». Tampoco miraba a los automóviles que escuchaba pasar a su lado. «Manolo», decía, de vez en cuando. «Manolo», pero no escuchaba respuesta alguna. «¡Manolo!», gritó, «¡Manolo! ¡Vitarte!». Era Vitarte. «Ñaña», pensó, y estuvo a punto de caerse al desmontar.
Descansaba sentado sobre una piedra, a un lado del camino. De vez en cuando miraba la bicicleta tirada sobre la tierra. «¿Qué hora será?», se preguntó, pero no miró su reloj. No le importaba la hora. Llegar era lo único que le importaba, sentado allí, agotado, sobre una piedra. El tiempo había desaparecido. Miraba su bicicleta, inerte sobre la tierra, y sentía toda su inmensa fatiga. Volteó a mirar, y vio, hacia su izquierda, tres o cuatro piedras. Una de ellas estaba al alcance de su mano. Miró nuevamente hacia ambos lados, hacia la tierra que lo rodeaba, y una extraña sensación se apoderó de él. Le parecía que ya antes había estado en ese lugar. Exactamente en ese lugar. Se sentía terriblemente fatigado, y le parecía que todo alrededor suyo era más grande que él. Escuchó cómo pronunciaba el nombre de su mejor amigo, aunque sin pensar que ya debería estar cerca de Chaclacayo. No relacionaba muy bien las cosas, pero continuaba sintiendo que había estado antes en ese lugar. Cogió un puñado de tierra, lo miró, y lo dejó caer poco a poco. «Exactamente en este lugar.» A su derecha, al alcance de su mano, había una piedra. Manolo la levantó para ver qué había debajo, y luego, al cabo de unos minutos, la dejó caer nuevamente. Tenía que partir. Era preciso volver a creer que ésta era la última etapa; que Ñaña era la última etapa. Se puso de pie, y se dio cuenta de hasta qué punto estaban débiles sus piernas. Cogió la bicicleta, la enderezó, y montó en ella. Ponía el pie derecho sobre el pedal, cuando algo lo hizo voltear y mirar atrás: «Qué tonto», pensó, recordando que la araña estaba bajo la piedra que le había servido de asiento. Empezó a pedalear, a pedalear…
Pedaleaba buscando un letrero que dijera «Ñaña». Miró hacia atrás, leyó «Vitarte» en un letrero, y sintió ganas de reírse: de reírse de Manolo. Ya no le dolían las piernas. Ahora, era peor: ya no estaban con él. Estaban allá, abajo, y hacían lo que les daba la gana. Eran ellas las que parecían querer reírse por boca de Manolo. «Cojudas», les gritó, al ver que una de ellas, la izquierda, se escapaba resbalando por delante del pedal. «¡Van a ver!» Manolo se puso de pie sobre los pedales, y los hizo descender, uno y otro, con todo el cuerpo, pero la bicicleta empezó a balancearse peligrosamente, y sus manos no lograban controlar el timón. «También ellas se me escapan», pensó Manolo, a punto de perder el equilibrio; a punto de caerse. Se sentó, y empezó a pedalear como si nada hubiera pasado; como si siempre fuera dueño de sus piernas y de sus manos. «No descansaré hasta llegar a Ñaña.» Pero Ñaña estaba aún muy lejos, y él parecía saberlo. «¿Qué hacer?» Se sentía prisionero de unas piernas que no querían llevarlo a ningún lado. No debía ceder. ¿Qué hacer? Las veía subir y bajar: unas veces lo hacían presionando los pedales, pero otras resbalaban por los lados como si se negaran a trabajar. Aquello que pasaba por su mente no llegaba hasta allá abajo, hasta sus piernas. «¡Manolo!», gritó, y empezó nuevamente a ser el jefe. Pedaleaba…
Caminaba. Había decidido caminar un rato, llevando la bicicleta a su lado. Se sentía muy extraño caminando, pero después de la segunda caída, no le había quedado otra solución. Desde la caseta de un camión que pasaba lentamente a su lado, un hombre lo miraba sorprendido. Manolo miró hacia las ruedas del camión, y luego hacia las de su bicicleta. Leyó la placa del camión que se alejaba lentamente, y pensó que tardaría aún en desaparecer, pero que llegaría a Ñaña mucho antes que él. Ya no distinguía los números de la placa. Le costaba trabajo pasar saliva.
«¡Manolo!», gritó. Saltó sobre la bicicleta. Se paró sobre los pedales. Se apoyó sobre el timón. Cerró los ojos, y se olvidó de todo. El viento soplaba con dirección a Lima; soplaba llevando consigo esos alaridos furiosos que en la carretera nadie escucharía: «¡Aaaa! ¡Aaaaaah! ¡Aaaaaaah!».
Estaba caído ante una reja abierta sobre un campo de algodón. A ambos lados de la reja, el muro seguía la línea de la carretera. Detrás suyo, la pista, y la bicicleta al borde de la pista, sobre la tierra. No podía recordar lo que había sucedido. Buscaba, tan sólo, la oscuridad que podía brindarle su cabeza oculta entre sus brazos, contra la tierra. Pero no podía quedarse allí. No podía quedarse así. Trató de arrastrarse, y sintió que la rodilla izquierda le ardía: estaba herido. Sintió también que la pierna derecha le pesaba: al caer, el pantalón se le había enganchado en la cadena de la bicicleta. Avanzaba buscando esconderse detrás del muro, y sentía que arrastraba su herida sobre la tierra, y que la bicicleta le pesaba en la pierna derecha. Buscaba el muro para esconderse, y entró en el campo de algodón. Sabía que ya no resistiría más. Imposible detenerlo. «El muro.» Sus manos tocaron el muro. Había llegado hasta ahí, hasta ahí. Ahí nadie lo podría ver. Nadie lo vería. Estaba completamente solo. Vomitó sobre el muro, sobre la tierra y sobre la bicicleta. Vomitó hasta que se puso a llorar, y sus lágrimas descendían por sus mejillas, goteando sobre sus piernas. Lloraba detrás del muro, frente a los campos de algodón. No había nadie. Absolutamente nadie. Estaba allí solo, con su rabia, con su tristeza y con su verdad recién aprendida. Buscó nuevamente la oscuridad entre sus brazos, el muro, y la tierra. No podría decir cuánto tiempo había permanecido allí, pero jamás olvidaría que cuando se levantó, había al frente suyo, al otro lado de la pista, un letrero verde con letras blancas: «Ñaña».
Estaba parado frente a la residencia que los padres de su colegio tenían en Chaclacayo. Oscurecía. No recordaba muy bien cómo había llegado hasta allí, ni de dónde había sacado las fuerzas. ¿Por qué esta parte del camino le había parecido más fácil que las otras? Siempre se haría las mismas preguntas, pero se trataba, ahora, de ingresar a la residencia, de explicar su conducta, y de no dejar que jamás «nadie sepa…». A través de las ventanas encendidas, podía ver a sus compañeros moverse de un lado a otro de las habitaciones. Estaban aún en el tercer piso. «Comerán dentro de un momento», pensó. De pronto, la puerta que daba al jardín exterior se abrió, y Manolo pudo ver que el hermano Tomás salía. Estaba solo. Lo vio también coger una manguera y desplazarla hacia el otro lado del jardín. Tenía que enfrentarse a él. Avanzó llevando la bicicleta a su lado.
—Hermano Tomás…
—¿Tú?
—Llegué, hermano.
—¿Es todo lo que tienes que decir?
—Hermano…
—Ven. Sígueme. Estás en una facha horrible. Es preciso que nadie te vea hasta que no te laves. Por la puerta falsa. Ven.
Manolo siguió al hermano Tomás hasta una escalera. Subieron en silencio y sin ser vistos. El hermano llevaba puesta su casaca color marrón, y Manolo empezó a sentirse confiado. «Llegué», pensaba sonriente.
—Allí hay un baño. Lávate la cara mientras yo traigo algo para curarte.
—Sí, hermano —dijo Manolo, encendiendo la luz. Se acercó al lavatorio, y abrió el caño de agua fría. Parecía otro, con la cara lavada. Se miraba en el espejo: «No soy el mismo de hace unas horas».
—Listo —dijo el hermano—. Ven, acércate.
—No es nada, hermano.
—No es profunda —dijo el hermano Tomás, mirando la herida—. La lavaremos, primero, con agua oxigenada. ¿Arde?
—No —respondió Manolo, cerrando los ojos. Se sentía capaz de soportar cualquier dolor.
—Listo. Ahora, esta pomada. Ya está.
—No es nada, hermano. Yo puedo ponerme el parche.
—Bien. Pero apúrate. Toma el esparadrapo.
—Gracias.
Manolo miró su herida por última vez: no era muy grande, pero le ardía bastante. Pensaba en sus compañeros mientras preparaba el parche. Era preciso que fuera un señor parche. «Así está bien», se dijo, al comprobar que estaba resultando demasiado grande para la herida. «No se burlarán de mí», pensó, y lo agrandó aún más.
Cuando entró al comedor, sus compañeros empezaban ya a comer. Voltearon a mirarlo sorprendidos. Manolo, a su vez, miró al hermano Tomás, sentado al extremo de la mesa. Sus ojos se encontraron, y por un momento sintió temor, pero luego vio que el hermano sonreía. «No me ha delatado.» Avanzó hasta un lugar libre, y se sentó. Sus compañeros continuaban mirándolo insistentemente, y le hacían toda clase de señas, preguntándole qué le había pasado. Manolo respondía con un gesto de negación, y con una sonrisa en los labios.
—Manolo —dijo el hermano Tomás—, cuando termines de comer, subes y te acuestas. Debes estar muy cansado, y es preciso que duermas bien esta noche.
—Sí, hermano —respondió Manolo. Cambiaron nuevamente una sonrisa.
—¿Qué te pasó? —preguntó su vecino.
—Nada. Hubo un accidente, y tuve que ayudar a una mujer herida.
—¿Y la rodilla? —insistió, mientras Manolo se miraba el parche blanco, a través del pantalón desgarrado.
—No es nada —dijo. Conocía a sus compañeros, y sabía que ellos se encargarían del resto de la historia. Hablarían de ello hasta dormirse. «Mañana también hablarán, pero menos. El lunes ya lo habrán olvidado.» Conocía a sus compañeros.
Poco antes de terminar la comida, Manolo vio que el hermano Tomás le hacía una seña: «Anda a dormir, antes de que se te tiren encima con sus preguntas». Obedeció encantado.
Dormía profundamente. Estaba solo en una habitación, que nadie salvo él ocuparía esa noche. Había tratado de pensar un poco, antes de dormirse, pero el colchón, bajo su cuerpo, empezaba a desaparecer, hasta que ya casi no lo sentía. Sus hombros ya no pesaban sobre nada, y las paredes, alrededor suyo, iban desapareciendo en la noche negra e invisible del sueño… Miles de bicicletas se deslizaban fácilmente hacia el sol de Chaclacayo. Se veía feliz al frente de tantos amigos, de tantas bicicletas, de tanta felicidad. El sol se perdía detrás de cada árbol, y reaparecía nuevamente detrás de cada árbol. Estaba tan feliz que le era imposible llevar la cuenta de los amigos que lo seguían. Todos iban hacia el sol, y él siempre adelante, camino del sol. De pronto, escuchó una voz: «¡Manolo! ¡Manolo!» Se detuvo. ¿De dónde vendría esa voz? «Continúen. Continúen», gritaba Manolo, y sus amigos pedaleaban sin darse cuenta de nada. «Continúen.» Buscaba la voz. «Llegaré de noche, pero también mañana brillará el sol.» Buscaba la voz entre unas piedras, a los lados del camino. La escuchó nuevamente, detrás suyo, y volteó: su madre llevaba un prendedor en forma de araña, y el hermano Tomás sonreía. Estaban parados junto a su bicicleta…
Una semana había transcurrido, y ya nadie hablaba del paseo. Manolo se esforzaba por pensar en otra cosa. Imposible: no se olvida en una semana, etcétera.
Las notas que duermen en las cuerdas

Mediados de diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad.
¡El sol! Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán la suerte de parecerse a Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles, y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién sacados del ropero dejarán de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias coloniales. Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades de la moda del año pasado.
«Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos matrimonios dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor Ascencio, abogado de nota, casado, tres hijos, y automóvil más grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera vez, la chompita en casa. Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la moda del escote ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita, Amada (el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que dictarle, y tengo tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.» Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido de blanco. Dos comentarios: «Maricón» (un muchacho de dieciocho años), y «exagera. No estamos en Casablanca» (el ingeniero Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de Fomento). Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres veranos en Lima, y Amor y calor en la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre, y no cierre usted su persiana, señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su moral sea la del desencanto, la edad y los kilos…
El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana.
Acababan de darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse. Cada dos días, un examen. Matemáticas y química seguidas. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo? Empezaban el lunes próximo, y la tensión era grande.
Hay cuatro cosas que se pueden hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos, darse por vencido antes del examen, y hacerse recomendar al jurado.
Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los últimos sabor a Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado, había hecho comprimidos, se había dado por vencido antes de cada examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria lloró al leer el discurso de Adiós al colegio, los primeros de cada clase recibieron sus premios, y luego, terminada la ceremonia, muchos fueron los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay que aprender a desprenderse de las cosas. Manolo estaba libre.
En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El árbol de Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre se rompía un adorno, y nadie lo reponía), y siempre cubierto de algodón, contrastaba con el calor sofocante del día. Manolo no haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería encerrado en su casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera, y que realmente podía disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba tanto como despertarse diariamente a la hora de ir al colegio, comprobar que no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era su pequeño triunfo matinal.
—¡Manolo! —llamó su hermana—. Ven a ver el Nacimiento. Ya está listo.
—Voy —respondió Manolo, desde su cama.
Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en casa. Era veinticuatro de diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió un escalofrío, y luego se dio cuenta de que un extraño malestar se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en Navidad le sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía volver con mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol cubierto de algodón. «Está muy bonito», dijo.
Dio media vuelta, y subió nuevamente a su dormitorio.
Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes. Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió regresar, pues pronto sería la hora del almuerzo.
Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa de Gallo, y que luego volverían para cenar. Su padre se encargaría de comprar el panetón, y su madre de preparar el chocolate. Sus hermanos prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y encontrar asientos, mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas celebraciones. ¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones, que parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros del barrio. Mientras almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba el día en que entró al Estadio Nacional, y se desmayó al escuchar que se había batido el récord de asistencia. Recordaba también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas cuando pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares de Junín. Las retretas, con las marchas que ejecutaba la banda de la Guardia Republicana, eran como la atracción al vacío. Almorzaban: comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas torturas a las que ya se había acostumbrado.
Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado del comedor. Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico, de espaldas a la ventana que daba al patio. La plenitud de ese día de verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo veía cómo todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una mosca, de esas moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir tanta inmovilidad. Sobre la mesa, delante de él, una taza de café se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla hasta sus labios. En una de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el retrato de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor que llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo, que da siempre al interior de la prisión.
—Es terrible —dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre la mesa—. Las tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.
—Dura hasta las cinco, más o menos.
—Deberías buscar a tus amigos, Manolo.
—Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de la tarde en la boca del estómago».
—En los vasos, y en las ventanas.
—Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.
«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor a la sala, y ver cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido. Tenía miedo de esos sillones cuyos brazos parecían querer tragárselo. Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como un hombre que sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía, y que tenía los ojos abiertos, inmensos. Avanzó hasta su dormitorio, y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La próxima vez que me levante», pensó, «será para ir al centro».
A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía cómo las ramas de los árboles se movían lentamente. Disminuía ya la intensidad del sol, y cuando llegara al centro de la ciudad, empezaría a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al centro habían sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba directamente desde el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que partían a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de muchachos que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es muy rica. Es un lomo». Creía ver algo distinto en aquellas colegialas con los dedos manchados de tinta, y sus uniformes de virtud.
Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por una chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba de ella como si fuera una puta. «Son terribles cuando están en grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para dedicarme a darles la contra».
El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello.
Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar, casi para morir.
Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las cosas eran aún peor.
El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo, de pie, se preparaba para bajar. (Le había cedido el asiento a una señora, y la había odiado: temió, por un momento, que hablara de lo raro que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los miraran, etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.) El ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie lo rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció cruzarse con alguien que conocía, pero ya era demasiado tarde para voltear a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y si me encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio. Estaba en un año superior, y nunca se habían hablado. Prácticamente no se conocían, y sería demasiada coincidencia que se encontraran entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba. Oscurecía cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media vuelta y caminar hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías Boza, y miró hacia su reloj: «Las siete de la noche». Continuó hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió repugnancia al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego se reían a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente. «Las tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche», pensó.
«La Plaza de Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar. Una extraña e impresionante palidez en el rostro de la gente era efecto de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de él. La noche caía sobre la gente, y las luces de neón le daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de paquetes, hombres y mujeres pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de Armas, como un bañista nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que sentía, ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión, o correr hacia un despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que era el prisionero de todo lo que lo rodeaba. Una mujer lo rozó al pasar, y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo ante sus ojos una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando. Vestía íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría que la estaba mirando, y él estaba seguro de haberle comunicado algo.
No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros y tan grandes eran como una voz, y que también le hablan dicho algo. Le pareció que las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se estaba electrizando, y era preciso sacarla de allí antes de que se muriera. La muchacha se alejaba, y Manolo la contemplaba calculando que tenía catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.
Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía cómo la gente entraba y salía del templo, y pensaba que entraban más para descansar que para rezar, tan cargados venían de paquetes. Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado ahora de espaldas a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda Monterrey. Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo más que comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba un balde de playa y una pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso traje floreado, y con la basta descosida. Era un traje muy viejo, y le quedaba demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía las piernas chuecas, muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal envueltos en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima calidad. «Los llevará un domingo, en tranvía, a la playa más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará en fustán», pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes abierta de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió hasta sentir que sus ojos estaban bañados en lágrimas. Era preciso marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era preciso desaparecer. Y, sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.
Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero temblor en la boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello comenzara pronto para que terminara de una vez por todas. Se incorporó al escuchar la voz de su padre que los llamaba para partir.
«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente las escaleras. Partieron.
Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de los domingos, los mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y el calor era muy fuerte. Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba con la mirada a alguien a quien cederle el asiento. Tendría que hacerlo, pues iglesia se iba llenando de gente, y quería salir de eso lo antes posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su lugar, a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.
Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba la mirada por toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol, habían empezado a ir a la playa. Las muchachas le impresionaban con sus pañuelos de seda en la cabeza. Esos pañuelos de seda, que ocultando una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo impresionaban al punto de encontrarse con las manos pegadas a la columna; fuertemente apoyadas, como si quisiera hacerla retroceder.
«Sansón», pensó.
Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una manera extraña.
Miraban hacia el altar con tal intensidad, que parecían estar viendo a Dios. La contemplaba. Imposible dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir que todo alrededor suyo iba desapareciendo, y que en la iglesia sólo quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano. Temía que ella lo descubriera mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer? «Debe hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus manos estaban más frías que el mármol de la columna.
La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía como si algo fuera a estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En las bancas, los hombres caían sobre sus rodillas, como si esa música que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los hombros, haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto y obligatorio. Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes, hasta que, de pronto, un profundo y negro silencio se apoderó del templo, y era como si hubieran matado al organista. «Tan negros y tan brillantes.» Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús había nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros de los fieles, y Manolo sintió que se moría de amor, y la gente ya quería salir para desearse «feliz Navidad».
Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado, él lo hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien aquella noche en la puerta de la iglesia, mientras Manolo no encontraba a la muchacha que parecía haber visto a Dios.
Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño baño que había en el primer piso. Cerró la puerta, y se dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí. Se miró en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar a sus padres y hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad con besos y abrazos! Trató de orinar. Inútil. Desde el comedor, su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y encontró a su perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando. Se agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al entrar, continuaba siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su lado. Avanzaba hacia los zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que, torpemente, se lanzó sobre ella para abrazarla. No logró besarla. «Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las reglas del juego. Los regalos.
Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar…», pensaba. «Ésos cariños.» Daría la vida por cada uno de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día establecido…» Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había marchado a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué loco soy».
Cenaban. El chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era difícil encontrar algo de qué hablar mientras se enfriaba. «No es el mejor panetón del mundo, pero es el único que quedaba», comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando, y no se atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban los estallidos de los cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado. Bebían el chocolate. «Tengo que ir a ver al perro. Debe estar muerto de miedo.» En ese momento, uno de sus hermanos bostezó, y se disculpó diciendo que se había levantado muy temprano esa mañana. Permanecían en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver a su perro. De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a acostar», dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció. Los demás siguieron el ejemplo.
En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera que lo hacía sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.
Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas.
Alfredo Bryce Echenique, Huerto cerrado

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 10.0/10 (1 vote cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: +1 (from 1 vote)
El camino es así, 10.0 out of 10 based on 1 rating

Deja un comentario