>

La madre, el hijo y el pintor

Por Alfredo Bryce Echenique
La madre, el hijo y el pintor

Se había acostumbrado al sistema: de lunes a jueves, cuatro días con su madre. De viernes a domingo, tres días con su padre. Manolo tenía la ropa que usaba cuando estaba con su padre, y los libros que leía en el departamento de su madre. Una pequeña valija para el viaje semanal de Miraflores a Magdalena, de un departamento a otro. Su madre lo quería mucho los jueves, porque al día siguiente lo vería partir, y su padre era muy generoso los domingos, porque al día siguiente le tocaba regresar donde «ella». Se había acostumbrado al sistema. Lo encontraba lógico. «No soy tan viejo», le había dicho su padre, una noche, mientras cenaban juntos en un restaurante una mujer le había sonreído coquetamente. «Tienes diecisiete años, y eres un muchacho inteligente», le había dicho su madre una mañana. «Es preciso que te presente a mis amigos.»
Jueves. Sentado en una silla blanca, en el baño del departamento, Manolo contemplaba a su madre que empezaba a arreglarse para ir al cóctel.
—Es muy simpático, y es un gran pintor —dijo su madre.
—Nunca he visto un cuadro suyo.
—Tiene muchos en su departamento. Hoy podrás verlos. Me pidió que te llevara. Además, no me gusta separarme de ti los jueves.
—¿Va a ir mucha gente?
—Todos conocidos míos. Buenos amigos y simpáticos. Ya verás.
Manolo la veía en el espejo. Había dormido una larga siesta, y tenía la cara muy reposada. Así era cuando tomaban desayuno juntos: siempre con su bata floreada, y sus zapatillas azules. Le hubiera gustado decirle que no necesitaba maquillarse, pero sabía cuánto le mortificaban esas pequeñas arrugas que tenía en la frente y en el cuello.
—¿Terminaste el libro que te presté? —preguntó su madre, mientras cogía un frasco de crema para el cutis.
—No —respondió Manolo—. Trataré de terminarlo esta noche después del cóctel.
—No te apures —dijo su madre—. Llévatelo mañana, si quieres. Prefiero que lo leas con calma, aunque no creo que allá puedas leer.
—No sé… Tal vez.
Se había cubierto el rostro con una crema blanca, y se lo masajeaba con los dedos, dale que te dale con los dedos.
—Pareces un payaso, mamá —dijo Manolo sonriente.
—Todas las mujeres hacen lo mismo. Ya verás cuando te cases.
La veía quitarse la crema blanca. El cutis le brillaba. De rato en rato, los ojos de su madre lo sorprendían en el espejo: bajaba la mirada.
—Y ahora, una base para polvos —dijo su madre.
—¿Una base para qué?
—Para polvos.
—¿Todos los días haces lo mismo?
—Ya lo creo, Manolo. Todas las mujeres hacen lo mismo. No me gusta estar desarreglada.
—No, ya lo creo. Pero cuando bajas a tomar el desayuno tampoco se te ve desarreglada.
—¿Qué saben los hombres de esas cosas?
—Me imagino que nada, pero en el desayuno…
—No digas tonterías, hijo —interrumpió ella—. Toda mujer tiene que arreglarse para salir, para ser vista. En el desayuno no estamos sino nosotros dos. Madre e hijo.
—Humm…
—A toda mujer le gusta gustar.
—Es curioso, mamá. Papá dice lo mismo.
—Él no me quería.
—Sí. Sí. Ya lo sé.
—¿Tú me quieres? —preguntó, agregando—: Voltéate que voy a ponerme la faja.
Escuchaba el sonido que producía el roce de la faja con las piernas de su madre. «Tu madre tiene buenas patas», le había dicho un amigo en el colegio.
—Ya puedes mirar, Manolo.
—Tienes bonitas piernas, mamá.
—Eres un amor, Manolo. Eres un amor. Tu padre no sabía apreciar eso. ¿Por qué no le dices mañana que mis piernas te parecen bonitas?
Se estaba poniendo un fustán negro, y a Manolo le hacía recordar a esos fustanes que usan las artistas, en las películas para mayores de dieciocho años. No le quitaba los ojos de encima. Era verdad: su madre tenía buenas piernas, y era más bonita que otras mujeres de cuarenta años.
—Y las piernas mejoran mucho con los tacos altos —dijo, mientras se ponía unos zapatos de tacones muy altos.
—Humm…
—Tu padre no sabía apreciar eso. Tu padre no sabía apreciar nada.
—Mamá…
—Ya sé. Ya sé. Mañana me abandonas, y no quieres que esté triste.
—Vuelvo el lunes. Como siempre…
—Alcánzame el traje negro que está colgado detrás de la puerta de mi cuarto.
Manolo obedeció. Era un hermoso traje de terciopelo negro. No era la primera vez que su madre se lo ponía, y, sin embargo, nunca se había dado cuenta de que era tan escotado. Al entrar al baño, lo colgó en una percha, y se sentó nuevamente.
—¿Cómo se llama el pintor, mamá?
—Domingo. Domingo como el día que pasas con tu padre —dijo ella, mientras estiraba el brazo para coger el traje—. ¿En qué piensas, Manolo?
—En nada.
—Este chachá me está a la trinca. Tendrás que ayudarme con el cierre relámpago.
—Es muy elegante.
—Nadie diría que tengo un hijo de tu edad.
—Humm…
—Ven. Este cierre es endemoniado. Súbelo primero, y luego engánchalo en la pretina.
Manolo hizo correr el cierre por la espalda de su madre. Listo», dijo, y retrocedió un poco mientras ella se acomodaba el traje, tirándolo con ambas manos hacia abajo. Una hermosa silueta se dibujó ante sus ojos, y esos brazos blancos y duros eran los de una mujer joven. Ella parecía saberlo: era un traje sin mangas. Manolo se sentó nuevamente. La veía ahora peinarse.
—Estamos atrasados, Manolo —dijo ella, al cabo de un momento.
—Hace horas que estoy listo —replicó, cubriéndose la cara con las manos.
—Será cosa de unos minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
—¿Qué? —preguntó Manolo. Se había distraído un poco.
—Digo que será cosa de minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
Nuevamente la miraba, mientras se pintaba los labios.
Era un lápiz color rojo rojo, y lo usaba con gran habilidad. Sobre la repisa, estaba la tapa. Manolo leyó la marca: «Senso», y desvió la mirada hacia la bata que su madre usaba, para tomar el desayuno. Estaba colgada en una percha.
—¿Quieres que la guarde en tu cuarto, mamá?
—Que guardes ¿qué cosa?
—La bata.
—Bueno. Llévate también las zapatillas.
Manolo las cogió, y se dirigió al dormitorio de su madre. Colocó la bata cuidadosamente sobre la cama, y luego las zapatillas, una al lado de la otra, junto a la mesa de noche. Miraba alrededor suyo, como si fuera la primera vez que entrara allí. Era una habitación pequeña, pero bastante cómoda, y en la que no parecía faltar nada. En la pared, había un retrato suyo, tomado el día en que terminó el colegio. Al lado del retrato, un pequeño cuadro. Manolo se acercó a mirar la firma del pintor: imposible leer el apellido, pero pudo distinguir claramente la D de Domingo. El dormitorio olía a jazmín, y junto a un pequeño florero, sobre la mesa de noche, había una fotografía que no creía haber visto antes. La cogió: su madre al centro, con el mismo traje que acababa de ponerse, y rodeadas de un grupo de hombres y mujeres. «Deben ser los del cóctel», pensó. Hubiera querido quedarse un rato más, pero ella lo estaba llamando desde el baño.
—¡Manolo! ¿Dónde estás?
—Voy —respondió, dejando la fotografía en su sitio.
—Préndeme un cigarrillo —y se dirigió hacia el baño. Su madre volteó al sentirlo entrar. Estaba lista. Estaba muy bella. Hubiera querido abrazarla y besarla. Su madre era la mujer más bella del mundo. ¡La mujer más bella del mundo!
—¡Cuidado!, Manolo —exclamó—. Casi me arruinas el maquillaje —y añadió—: Perdón, hijito. Deja el cigarrillo sobre la repisa.
Se sentó nuevamente a mirarla. Hacía una serie de muecas graciosísimas frente al espejo. Luego, se acomodaba el traje tirándolo hacia abajo, y se llevaba ambas manos a la cintura, apretándosela como si tratara de reducirla. Finalmente, cogió el cigarrillo que Manolo había dejado sobre la repisa, dio una pitada, y se volvió hacia él.
—¿Qué le dices a tu madre? —preguntó, exhalando humo.
—Muy bien —respondió Manolo.
—Ahora no me dirás que me prefieres con la bata del desayuno. ¿A cuál de las dos prefieres?
—Te prefiero, simplemente, mamá.
—Dime que estoy linda.
—Sí…
—Tu padre no sabe apreciar eso. ¡Vamos! ¡Al cóctel! ¡Apúrate!
Su madre conducía el automóvil, mientras Manolo, a su derecha, miraba el camino a través de la ventana. Permanecía mudo, y estaba un poco nervioso. Ella le había dicho una reunión de intelectuales, y eso le daba un poco de miedo.
—Estamos atrasados —dijo su madre, deteniendo el auto frente a un edificio de tres pisos—. Aquí es.
—Muy bonito —dijo Manolo mirando al edificio, y tratando de adivinar cuál de las ventanas correspondía al departamento del pintor.
—No es necesario que hables mucho —dijo ella—. Ante todo escucha. Escucha bien. Esta gente puede enseñarte muchas cosas. No tengas miedo que todos son mis amigos, y son muy simpáticos.
—¿En qué piso es?
—En el tercero.
Subían. Manolo subía detrás de su madre. Tenían casi una hora de atraso, y le parecía que estaba un poco nerviosa. «Hace falta un ascensor», dijo ella, al llegar al segundo piso. La seguía. «¿Va a haber mucha gente, mamá?» No le respondió. Al llegar al tercer piso, dio tres golpes en la puerta, y se arregló el traje por última vez. No se escuchaban voces. Se abrió la puerta y Manolo vio al pintor. Era un hombre de unos cuarenta años. «Parece torero», pensó. «Demasiado alto para ser un buen torero.» El pintor saludó a su madre, pero lo estaba mirando al mismo tiempo. Sonrió. Parecía estar un poco confundido.
—Adelante— dijo.
—Éste es Manolo, Domingo.
—¿Cómo estás, Manolo?
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No recibieron mi encargo?
—Llamé por teléfono.
—¿Qué encargo?
—Llamé por teléfono, pero tú no estabas.
—No me han dicho nada.
—Siéntense. Siéntense.
Manolo lo observaba mientras hablaba con su madre, y lo notaba un poco confundido. Miró a su alrededor: «Ni gente, ni bocadillos. Tenemos una hora de atraso». Era evidente que en ese departamento no había ningún cóctel. Sólo una pequeña mesa en un rincón. Dos asientos. Dos sillas, una frente a la otra. Una botella de vino. Algo había fallado.
—Siéntate, Manolo —dijo el pintor, al ver que continuaba de pie—. Llamé para avisarles que la reunión se había postergado. Uno de mis amigos está enfermo y no puede venir,
—No me han avisado nada —dijo ella, mirando hacia la mesa.
—No tiene importancia —dijo el pintor, mientras se sentaba—. Cometemos los tres juntos.
—Domingo…
—Donde hay para dos hay para tres —dijo sonriente, pero algo lo hizo cambiar de expresión y ponerse muy serio. Manolo se había sentado en un sillón, frente al sofá en que estaban su madre y el pintor. En la pared, encima de ellos, había un inmenso cuadro, y Manolo reconoció la firma: «La D del dormitorio», pensó. Miró alrededor suyo, pero no había más cuadros como ése. No podía hablar.
—Es una lástima —dijo el pintor ofreciéndole un cigarrillo a la madre de Manolo.
—Gracias, Domingo. Yo quería que conociera a tus amigos.
—Tiene que venir otro día.
—Por lo menos hoy podrá ver tus cuadros.
—¡Excelente idea! —exclamó—. Podemos comer, y luego puede ver mis cuadros. Están en ese cuarto.
—¡Claro! ¡Claro!
—¿Quieres ver mis cuadros, Manolo? —Sí. Me gustaría…
—¡Perfecto! Comemos, y luego ves mis cuadros. —¡Claro! —dijo ella sonriente—. Fuma, Manolo. Toma un cigarrillo.
—Ya lo creo —dijo el pintor, inclinándose para encenderle el cigarrillo—. Comeremos dentro de un rato. No hay problema. Donde hay para dos…
—¡Claro! ¡Claro! —lo interrumpió ella.
Alfredo Bryce Echenique, Huerto cerrado

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0 (from 0 votes)

Deja un comentario